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UNA BAYADERA (LITERALMENTE) BRILLANTE 

Decir que brillaba no es una metáfora. El Ballet de la Ópera de Múnich, en todos los sentidos, deslumbró anoche en el Teatro Real, donde bailó la versión de Patrice Bart del famoso clásico. Fuimos a verlo y esto nos ha parecido…

 

 

Texto_OMAR KHAN Fotos_JAVIER DEL REAL

Madrid, 31 de mayo de 2024

La Bayadera es quizá el primero en la lista de los grandes ballets clásicos de segunda. Coreografía ambiciosa, de corte exótico, narra las vicisitudes de un triángulo amoroso en La India remota que implica a Gamzatti, la caprichosa hija del Rajá, a la bayadera Nikiya, la principal danzante del templo, y al guerrero Solor. La coreografía, muy eficaz, trae la impronta de excelencia de todas las creaciones de Petipa pero la partitura de Minkus, especialista en música de ballet, ofrece un acompañamiento discreto, rutinario e insulso en el que no sobresale ni un tema. Y la trama argumental, bueno… hay que admitir que es un poco complicada y rebuscada.

No obstante, lo verdaderamente trascendente es que La Bayadera contiene el más emblemático de los llamados actos blancos –escenas largas, etéreas y corales de carácter irreal- colocándose por encima de los otros dos más célebres: el de las Willis, en Giselle, y el de El lago de los cisnes. Ésta fue la razón que dio nueva vida a este ballet, que nos llegó incompleto, cuando Nureyev lo rescató del olvido en su versión para el Ballet de la Ópera de París, en 1982.

Siempre se dice que la calidad y grandeza de una compañía se puede medir por su acierto a la hora de abordar y solventar las complicaciones técnicas y emocionales de los actos blancos. Si damos por cierta esta aseveración, el Ballet de la Ópera de Munich, demostró anoche en el Teatro Real, de Madrid (con funciones hasta el domingo 02 de junio), lo grande que es. El equipo femenino de la agrupación alemana dirigida desde 2022 por Laurent Hilaire, ex estrella de la Ópera de París, hizo alarde de perfeccionismo dominando a un tiempo fuerza, flexibilidad y control en las piernas sincronizadas de sus 24 bailarinas en arabesque descendiendo por la rampa. Verdaderamente impresionante.

Pero la solvencia del equipo alemán, en el que hasta 2016 brilló como luminaria la bailarina vasca Lucía Lacarra, se pudo verificar durante toda la representación, llena de vistosos momentos corales. Lo mismo su equipo de solistas, siempre por encima de la media, encabezados por la fiereza de una fantástica Maria Maranova en la antagonista Gamzatti, Madison Young en La Bayadera y, muy limpio y preciso, Osiel Gouneo en Solor, aunque el que despuntó en fuerza y perfeccionismo fue Antonio Casalinho en el breve pero exigente solo virtuoso de El ídolo de bronce.

 

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Colorido, muy colorido

El Ballet de Múnich bailó anoche en Madrid la ya célebre versión de Patrice Bart –que también fue estrella de la Ópera de París-, estrenada por ellos mismos en 1998. Resulta del todo lícito, necesario incluso, que se versionen y revisen estos clásicos para que conecten con la estética de cada momento y atraigan nuevos públicos. Pero cuidado con lo que sustituyes a la idea original.

En este caso, la escenografía y trajes de la exbailarina de la compañía Kumico Sakurai, resuelve desde un diseño decorativo orientalista de dibujos y gráficos, para nada realistas, las distintas estancias en que se desarrolla el ballet. Esta solución rebaja considerablemente el peligro que supone hoy día La Bayadera, acusada –quizá erróneamente- de apropiación cultural y prácticas colonialistas. Sin embargo, se ha quedado antiguo, ochentero y desfasado.

Barroco, confuso, en exceso colorido y en (muchas) ocasiones de mal gusto, el montaje, muy espectacular eso sí, está lleno de cicloramas, estandartes, banderas y banderolas, arcos, pilares, artilugios, colgajos, carruajes, telas y telones, trajes gigantescos, gorros escultóricos, vestidos imposibles, tutús malamente coloreados, atrezzo y más cositas, con un tono permanente de fiesta navideña acentuado por brillos y brillis-brillis que resplandecen por todos lados. A medio camino entre la estética hippie hare krishna y el constructivismo, este escenario en permanente transformación, aturde.

Si la elección estética es desmarcarse del naturalismo y las convenciones, la coreografía quizá no debió quedarse tan fiel al original, podar los excesos narrativos de la mímica e intentar, desde la danza, conectar más con la imponente, insoslayable y (literalmente) brillante propuesta visual. A pesar de todo ello, hay que reconocer la eficacia del dispositivo escénico en el trágico desenlace, con una solución plausible y creíble al terremoto que destruye el templo y mata a todo ser vivo en el escenario.

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