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¿QUÉ HA SIDO DEL INCENDIARIO SERGEI POLUNIN?

Lo pillamos en el pasado Festival de San Sebastián reconvertido en actor y en apariencia reconciliado con la danza. Nos contó que bailará Rasputín y muchas otras cosas. Lee la entrevista, no tiene desperdicio…

 

Texto_BEGOÑA DONAT Foto_RANKIN

San Sebastián, 4 de noviembre de 2020

Por momentos, la leyenda del piano Nina Simone aborrecía el instrumento al que entregó su vida desde los cuatro años. A rachas lo detestaba, llegó a arrumbarlo durante su etapa en África, pero siempre volvía a él. Sergei Polunin (Jersón, Ucrania, 1989) lleva desde los ocho bailando y su relación de amor-odio ha llegado más lejos, a la autoinmolación. A los 20 años se convirtió en el bailarín principal más joven del Royal Ballet. Los expertos lo comparaban con Nijinsky, Baryshnikov y Nureyev por su virtuosismo y potencia físicas y la altura de sus saltos. Pero el eslavo arruinó su carrera a golpe de titular homófobo, sexista y estupefaciente. Vetado en Occidente, el apodado cisne negro de la danza trata de redimirse ahora a través del cine.

Tras papeles menores en Asesinato en el Orient Exprés, Gorrión rojo y El bailarín, presentó en el pasado Festival de San Sebastián el drama erótico (cómo no) Passion Simple, donde asume el coprotagonismo.

La directora de su película, Danielle Arbid, siempre regala el libro de Passion Simple a los amigos que acaban de enamorarse. ¿Piensa imitarla?

No me leí el libro. Soy disléxico. Así que mi interpretación se ha basado en un acercamiento intuitivo. Mis trabajos se basan en un proceso experiencial, me enfrento a ellos y mi ADN se adapta rápidamente. Me he dedicado a la danza durante 25 años, así que lo sé todo sobre el baile, pero el cine no es mi medio. Las películas me parecen de otro planeta. Es una vivencia muy extraña. Tampoco me he leído el guión. Lo intenté. Luego, al llegar al rodaje y fijarme en toda la gente implicada para montar el set, sentí que tenía que estar a la altura. Era extremadamente aterrador, pero al mismo tiempo me hacía estar absolutamente presente.

Es un filme muy físico, ¿cómo le ha ayudado su carrera como bailarín?

Las escenas eróticas son muy coreográficas. Hacía tiempo que no bailaba, así que me puse en forma para preparar mi cuerpo como cuando entreno para la danza. Estuve bebiendo coñac, que me hacía relajarme para actuar y también para aparecer desnudo. Se supone que mi personaje está borracho, así que era apropiado. Pero para mí, todo lo que tenga que ver con el movimiento es natural. He aprendido desde niño a controlar mi cuerpo, y las escenas de amor son puro lenguaje corporal. Hablar es lo que me resulta más difícil.

¿Cuál es su relación actual con la danza?

Es buena. He tenido etapas. Para alcanzar la armonía has de alinearte tanto psicológica como físicamente y a veces he estado presente en cuerpo, pero no en mente. Ahora he recuperado mi buena forma física después de la cuarentena. Me siento fuerte y equilibrado.

¿Va a alternar ambas carreras?

Sí. La danza me da oportunidades. En el cine estoy empezando. Esta es la primera película en la que no interpreto a un bailarín. De hecho, pensaba que nunca rodaría un filme en el que mi personaje no estuviera ligado a la danza.

 

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Reconstrucción

Polunin transmite candidez. Sonríe con dulzura y se sonroja con facilidad. Su cuerpo profusamente tatuado está cubierto por una camisa de manga larga que no permite ver la tan cacareada impresión en su pecho del rostro del presidente de Rusia, Vladimir Putin. Tan sólo está a la vista un pequeño tatuaje de una paloma de la paz junto a su ojo izquierdo. La estampa se da de bruces con la imagen de enfant terrible que ha cultivado en redes. En paralelo a sus pinitos en el cine, ha reactivado su carrera en el ballet con su propia compañía, Polunin Ink. Este año pasado produjo Romeo y Julieta, Caperucita Roja y el lobo y también Rasputín, que el 7 de mayo de 2021 está programada en el anfiteatro de la ciudad israelí de Cesarea con él como protagonista.

¿Qué le ha llevado a interpretar a Rasputín, un personaje tan icónico como controvertido?

Me gusta cómo lo ha planteado la coreógrafa japonesa Yuka Oishi. Ante todo, Rasputín, del mismo modo que los zares, son seres humanos, no importa si son de alto o de bajo rango. Rasputín era un místico, conectado con Dios, pero también un manipulador, con un fondo muy oscuro: se emborrachaba y practicaba sexo. Así que interpretar esa luminosidad y esas tinieblas lo hacen muy humano.

Entiendo entonces que está en una fase de amor y no de odio con la danza…

Durante muchos años he vivido esa dualidad. Viví un momento terrible y cuando salí, me sentí bien siendo bailarín. Yo sentía que estaba siendo forzado a bailar, pero no era así. No tenía nada que ver con estímulos externos, sino que no me encontraba bien siendo bailarín ni pensaba que la danza fuera parte de mí. Y pasó algo kármico y me sentí libre.

Transmite una imagen de ave fénix, como si tuviera la necesidad de quemarse periódicamente y resurgir de tus cenizas…

Siempre que llego a una etapa en la que no puedo seguir ascendiendo, considero que no hay nada más interesante que hacer y he de destruir todo lo que he logrado para poder construir en otra dirección.

¿Y a qué altura está ahora?

En estos momentos estoy contento conmigo mismo. Tengo un hijo y está siendo una experiencia extrema. Me está purificando. Me está haciendo ser mejor persona, reparar en cosas que estaban mal en mí. Al mismo tiempo, en Occidente tengo muy mala reputación y tengo prohibida la entrada a mi hogar, Ucrania, así que no me resulta fácil trabajar allí. Pero confío en que podré hacerlo y estoy feliz por encontrarme en esta posición en la que solo puedo crecer. Por el contrario, he sido capaz de construir buenas relaciones con Rusia.

¿Ya le ha visto bailar Putin?

Sí, unas pocas veces. Y le gusto. Por supuesto, si lo he apoyado. Pero quiero romper con la política para poder dedicarme a asuntos humanitarios.

De hecho ha puesto en marcha una fundación para jóvenes bailarines…

Sí, ese es mi gran proyecto vital, largamente acariciado. Ya contamos con 20 niños. Bailar fue una oportunidad que recibí de niño a través de una fundación, y quiero hacer un esfuerzo a gran escala para devolverle ese favor al mundo.

¿Se arrepiente de algo?

Siempre me guío por mi intuición y siempre he seguido un plan. Sabía qué iba a pasar con cada una de mis acciones. Planeé mi ejecución y funcionó. La segunda parte ahora es reconstruirme.

 

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MÁS TERRIBLE QUE ENFANT

Texto_OMAR KHAN Foto_ LINDA NYLIND (THE GUARDIAN)

Es autodestructivo Polunin. Hace lo que sabe que va a destrozar su reputación y después le viene eso que describe como una revelación o epifanía que le hace virar el rumbo de su vida. Una de esas acababa de pasarle al ucraniano cuando llamó al diario británico The Guardian, presuntamente para pedir disculpas a miles de fanáticos enardecidos por sus declaraciones a favor de Putin, por haber bailado en Crimea, ciudad ucraniana anexada a Rusia, lo que ha provocado que sea declarado terrorista en su propio país, o por sus comentarios homófobos que hicieron que el Ballet de la Ópera de París suspendiera su actuación en El lago de los cisnes. Pero, leída aquella entrevista, no es perdón lo que pide. Se reafirma diciendo lo repulsivo que le parece que dos hombres se besen y posa a torso desnudo dejando ver con orgullo la cara de Putin ocupando su pecho (foto sobre estas líneas). La provocación como leit-motiv.

Talento tiene y mucho, pero buena parte de su celebridad no viene del ballet, del que tanto ha renegado (“Lo asocio a dolor, aburrimiento y explotación”, ha dicho) sino de asuntos más mediáticos como su disfraz de enfant terrible, su tormento filosófico, sus extravagancias y aquellos pregonados coqueteos con las drogas. Así salió por la puerta trasera del Royal Ballet, donde se le consideraba al mismo nivel que Nureyev o Baryshnikov. Se reinventó entonces con el vídeo del millón de likes (Take me to the Church, de  David Lachapelle –reproducido abajo-) y se volvió a hundir con el Putin affaire. Después de Dancer (Steve Cantor, 2016), un documental sobre su vida que era puro marketing para sus miles de fanáticas, ahora prueba suerte en el cine como actor, en apariencia modélico, y bailarín ocasional, pero en algún lugar de la nube siguen flotando sus tuits de odio como: [A los bailarines amanerados] “Los hombres son lobos, leones. Deja de ser débil. Sé un hombre, sé un guerrero”. [A los bailarines con sobrepeso] “Si ves a un gordo suéltale un bofetón. Le será de ayuda para perder peso”. [Sobre política] “Me gusta Donald Trump porque dice la verdad”. [Sobre el hecho de haberse tatuado la cara del mandatario ruso] “Desde niño siempre he adorado a Putin”.

 

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