LA FUERZA DEL COLECTIVO
La Compañía Nacional de Danza (CND) estrenó anoche en el Centro Danza Matadero el díptico ‘Struere’ conformado por piezas de Kor’sia y La Phármaco. Fuimos a verlo y esto nos ha parecido…
Texto_OMAR KHAN Fotos_ALBA MURIEL
Maadrid, 27 de mayo de 2026
STRUERE
Muriel Romero, actual directora de la Compañía Nacional de Danza (CND), materializó anoche una de las promesas importantes –y más esperadas- de su gestión al frente del ente público. Estrenó en el madrileño Centro Danza Matadero (con funciones hasta el 31 de mayo) Struere, su primer programa de encargo a coreógrafos nacionales. Aunque las estéticas, lenguajes y modos de Kor’sia, bajo dirección de Mattia Russo & Antonio de Rosa, exbailarines de la CND, y La Phármaco, de Luz Arcas, se hallan en las antípodas, el díptico consiguió lógica y coherencia a través de dos creaciones que versan sobre lo colectivo, sobre la fuerza de la solidaridad y cooperación entre humanos.
Nada que objetar a la selección de los creadores, directores de dos de las más interesantes y personales compañías del momento. Difícil reto, no obstante, para unos bailarines que vienen de bailar Balanchine y Forsythe. Pero supieron solventarlo, lo que habla de la robustez de una compañía que se autoproclama versátil. Se sintieron más cómodos en Tablero, de Kor’sia, quizá porque el tándem Rosa & Russo entienden esos cuerpos (que son como los suyos, ellos vienen de allí, no hay que olvidar) y tienen mayor experiencia creando para compañías de este tipo. Un poco menos, en Masa, de Luz Arcas, aunque resolvieron con entereza el escollo más complejo: la sincronización, coordinación y sintonía grupal que les exigía la pieza.

TABLERO
Tablero se erige como una reflexión sobre la huella del pasado que hay en todo lo presente. Su primer bloque, deslumbrante y dinámico, se mueve como un puzle gigantesco luchando por configurarse. Cada bailarín carga un tablón y cada tablón intenta ser parte de un todo. Es como la representación de la génesis, la configuración del sedimento desde donde se construyen las cosas. Desde el minuto uno está llena de anacronismos y referencias a tiempos pretéritos de una España pretérita –ese gaitero, esas meninas, ese caballero medieval- que poco a poco van justificando su presencia como lo que son hoy día: vestigios de un pasado ineludible en la comprensión de nuestro presente.
En este sentido, la pieza viene a ser como esos robustos edificios medievales intactos de nuestro tiempo que en la actualidad son oficinas, museos o templos dotados por dentro con aire acondicionado, electricidad, internet… toda la modernidad y confort del siglo XXI encerrado en una construcción de hace centurias.
Pero la pieza de Rosa & Russo incide también en lo humano y lo social. Sin perder su sentido épico, cabalga sobre conceptos como tribus, clanes, sociedad, pertenencia, identidad, comunidad… hay peleas de espadachines y danzas grupales de bailarines vistiendo zapatillas Puma, que recuerdan nuestras tribus urbanas. Pasado y presente conviven para recordarnos que todo tuvo un origen y ha pasado por una evolución.
En lo formal, Tablero es hija legítima de Kor’sia. Prevalece su estética y su sensibilidad para la puesta en escena, que convierte a la coreografía en un espectáculo visualmente potente y seductor. Desde el complejo juego con los tablones del primer bloque, que mantiene el escenario como un espacio inestable en permanente transformación y construcción (recuerda One flat thing (reproduced), de Forsythe, y muy especialmente, The Great Tamer, de Papaioannou) hasta esa imponente figura equina que, ya hacia el final, cabalga por la escena con un caballero medieval que bajo su armadura esconde lo impensable: una mujer guerrera, pasando por esos trajes con vestigios de otros tiempos, hasta la imponente música de Alejandro Da Rocha, responsable de la enrarecida atmósfera, todo en Tablero se mueve cómodamente en el marco del gran espectáculo visual.

MASA
Fidedigna a su título, Masa mueve al conjunto de bailarines de la CND como eso, como una masa, un bicho gigantesco, un ente único de mil cabezas conectadas con una misma idea. Ofrece Luz Arcas una reflexión sobre el comportamiento colectivo y, coreográficamente, juega a las distintas posibilidades de transformación y mutación de esa masa, lo que supone el principal reto de los intérpretes, que solventan con eficacia la dificultad que les supone, en cuanto a lo físico, ese “todos a una” que le impone la coreografía, aunque muchos de ellos no parecieran cómodos ni comprometidos con las exigencias emocionales, de interiorización y de fondo, de una coreógrafa ubicada a años luz del entrenamiento que cultivan cada día los cuerpos disciplinados de esta compañía.
Masa, que transcurre prácticamente a ras de suelo, consigue imágenes potentes. Logra ser inquietante. Se hace oscura y tétrica en esos momentos de trance y está llena de sugerencias. Es muy idónea en su planteamiento conceptual y visual. No obstante parece incapaz de trascender ese planteamiento y no consigue avanzar. En este sentido, es como el prólogo de algo muy interesante que luego no se nos muestra. Pareciera el primer acto de una coreografía a la que le faltan todavía dos más. Es verdad que dura poco más de media hora, lo que probablemente limitó la idea –a todas luces más ambiciosa- de Arcas y quizá por eso, nos termina enseñando solo al heraldo pero no las consecuencias de lo que ha venido a anunciar.
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