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LA IMPRONTA DE MATS EK

Maravilloso reencuentro anoche con uno de los coreógrafos más significativos del siglo pasado. El Royal Swedish Ballet nos obsequió en el Teatro Real su ‘Julieta y Romeo’. Allí estuvimos y esto nos pareció…

 

 

Texto_OMAR KHAN Fotos_JAVIER DEL REAL 

Madrid, 08 de mayo de 2026

Los que vengan estos días al Teatro Real, de Madrid, esperando ver en Julieta y Romeo del Royal Swedish Ballet la típica adaptación al uso de Romeo y Julieta, seguramente sufrirán una decepción. No es solamente el orden de los nombres lo que cambia en esta coreografía, que es más propiedad y autoría del creador sueco Mats Ek que de William Shakespeare. Seguramente a las nuevas generaciones no les suene mucho o nada su nombre, pero en los setenta y ochenta del siglo pasado todos estaban advertidos. Si ibas a ver un título clásico por el Cullberg Ballet, la legendaria agrupación de Estocolmo que Mats Ek entonces dirigía, en realidad no ibas a ver un clásico sino a constatar cómo el coreógrafo lo bombardeaba.

Una Bernarda Alba interpretada por un hombre feroz; cisnes calvos y machos; Aurora, bella durmiente, despertando en nuestros días embarazada; Giselle humana encarnada por la loca de un manicomio que se creía willi… todos los ballets conocidos aparecían desmitificados, distorsionados y bañados de realidad en creaciones atrevidas e ingeniosas que escandalizaban a los puristas y hacían delirar a las jóvenes audiencias. A punta de trasgresiones, Mats Ek se forjó un nombre y ocupó un lugar muy relevante en las vanguardias de su momento.

En 2016 el creador, hoy con 81 años y aspecto espléndido, según pudimos constatar anoche en los saludos que ofreció en el Teatro Real, decidió jubilarse y al unísono retirar los derechos de sus obras a todas las compañías que los tenían. Aducía que era igual de cansado supervisar los remontajes que crear nuevas obras. Quería descansar. Una decisión respetable y comprensible pero terrible al mismo tiempo, porque nos privaba de su genio e impedía a nuevos públicos acceder a su obra. No obstante, en 2013, había creado a petición del Ballet Real de Suecia, esta delirante adaptación de Romeo y Julieta, su última coreografía, que -afortunadamente- ha sabido sortear la prohibición.

 

 

Gestos exagerados

Julieta y Romeo es la quintaesencia de Mats Ek. Huye de la técnica del ballet clásico y la sustituye por la suya propia, un vocabulario corporal único y reconocible, de movimientos amplios y angulosos, acompañados de gestos exagerados, que en sí mismo posee códigos expresivos para el amor o el dolor, para la ternura o la ira. El coreógrafo se ubica en otro ángulo para narrar la historia conocida y desde su óptica la violencia se sobrepone al amor, el tema por excelencia de esta obra de Shakespeare. En su creación, el de los dos adolescentes no es un amor prohibido, es un amor amenazado. En los momentos íntimos (magnífica solución a la escena del balcón) no hay sublimación ni sensualidad, hay curiosidad por el sexo y por el otro. Se descubren, se disfrutan, incluso se huelen. Es todo carnal y terrenal.

Desde el inicio, Mats Ek nos hace saber que no estamos en la idílica Verona sino en una ciudad oscura, violenta y peligrosa, llena de callejuelas, pandilleros y asesinos. En algún sentido conecta por aquí con West Side Story, ese otro Romeo y Julieta tergiversado. En este sentido, el coreógrafo ha contado con una aliada extraordinaria, la diseñadora Magdalene Aber, que le ha creado la ciudad desde una escenografía modular de paneles metálicos deslizantes empujados por los bailarines que, con su sencillez minimalista, configura y reconfigura el espacio de una manera formidable.

El peligro y la violencia no dejan de acechar durante toda la representación, aunque hay momentos de ingenioso humor. De allí que el dueto de amor sea interrumpido brevemente por maleantes en motopatines eléctricos. La violencia aquí es cruda y seca, no es sugerida ni simulada. Tibaldo, tras matar a Mercucio aplastándole la cabeza contra un muro, mea sobre su cadáver. Pero a pesar de tanta brusquedad, hay mucha belleza en esta adaptación, aunque hay que admitir que termina siendo más brutal que Shakespeare y menos edulcorada que los ballets que ha inspirado durante décadas.

El equipo del Royal Swedish Ballet, numeroso y portentoso, encara con éxito las enormes dificultades que supone bailar este título, que rehúsa además de la recurrente partitura de Prokofiev y opta por una acertada selección de fragmentos de Tchaikovsky. Todo el elenco domina el estilo del coreógrafo, entendiendo que sus cuerpos han de ser narrativos. Y los solistas supieron otorgar la dimensión psicológica que exigen esos personajes para ser creíbles. Mats Ek anoche nos recordó que pertenece a una estirpe de coreógrafos en extinción, aquellos que saben contar historias complejas, emocionantes y, como en este caso, violentas, usando el cuerpo como palabras y el movimiento como poesía.

ARTÍCULO RELACIONADO ROYAL SWEDISH BALLET / REAL

 

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