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SEÑALES DE HUMO

Rafaela Carrasco profundiza en la figura de la cigarrera huyendo de los estereotipos que durante años han envuelto a estas operarias con el estreno anoche de Humo, en el Centrio Danza Matadero. Allí estuvimos...

 

 

Texto_JUDIT GALLART

Madrid, 17 de abril de 2026

Anoche, la atmósfera del Centro Danza Matadero se volvió densa. No estábamos ante el aire romántico de los azahares sevillanos, sino frente a una neblina en la que quedaría envuelta una auténtica narrativa de resistencia femenina, pues Humo (con funciones hasta el domingo), la nueva creación de Rafaela Carrasco, no es solo un espectáculo flamenco, sino toda una operación de rescate histórico que actúa a su vez como un ejercicio de justicia poética. La creadora sevillana, siempre inquieta en su búsqueda de nuevas estructuras prosaicas, se aleja de la pirotecnia para sumergirse en el ambiente espeso y cargado de una vieja fábrica de tabacos.

Allí, entre el rastro de un suelo de baldosas a cuadros deteriorado y el humo que llena la escena, se levanta un monumento a la cigarrera, esa figura que durante décadas sostuvo la economía de ciudades como Sevilla, Cádiz o Madrid. Y es que las cigarreras fueron mucho más que operarias, pues figuraron en la historia de España como las pioneras del movimiento obrero femenino, presentándose como mujeres que trabajaban de sol a sol y que, ante la injusticia, no dudaron en amotinarse para reivindicar sus derechos laborales. Sin embargo, la cultura popular, con la Carmen de Bizet a la cabeza, terminó por sepultar su realidad bajo el estereotipo de la femme fatale, mujer seductora, peligrosa y libre solo a través del erotismo. Una imagen deformada que Carrasco ha logrado romper en su afán por devolvernos a la operaria real.

Las intérpretes inician la obra con linternas bajo sus caras, emergiendo de la oscuridad como si fueran fantasmas de una memoria que se niega a desaparecer. La música de Bizet, aunque presente en toda la pieza, suena aquí de otra manera, filtrada por una mirada que prefiere la fuerza colectiva a la tragedia individual, rozando incluso lo satírico haciendo sonar las notas de esta más que aclamada pieza musical con carnavalescos kazoos.

 

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Pulso de la resistencia

Aquí, el zapateado no actúa solo como elemento de percusión, sino como el martilleo de las máquinas y el pulso de una resistencia diaria. En gran parte de la pieza, las intérpretes no necesitan más acompañamiento que sus propias voces, cuerpos y zapatos, logrando una honestidad matérica que sobrecoge al fusionar el cante flamenco de Gema Caballero con el lirismo vocal de Marta Estal. Y es que el elenco de este espectáculo no tiene desperdicio. Nombres como Cristina Soler, Julia Gimeno, Magdalena Mannion, Carmen Coy, Nazaret Oliva, Alejandra Gudí y Cristina San Gregorio conforman un organismo vivo y compacto que, lejos de funcionar como un cuerpo de baile al uso, se presentan como una cuadrilla de operarias en perfecta sincronía.

La coreografía alterna momentos corales aplastantes, donde el grupo se mueve como una sola máquina de vapor, con solos donde cada una reivindica su individualidad sin perder el cordón umbilical que la une al resto, siendo justamente en ese "femenino plural" donde la pieza alcanza su verdadera dimensión política. La puesta en escena es de una belleza cruda. Trajes rojos y blancos, claveles que se incrustan en el suelo como flechas y coloridos mantones dejan de ser tópicos folclóricos para convertirse en el uniforme de guerra de unas operarias amotinadas. El gran ventanal tras la escena refuerza esa sensación de encierro fabril, donde el humo constante funciona como metáfora del tiempo que se consume entre las manos de estas mujeres.

Con Humo, Carrasco ha logrado algo especialmente difícil como es la resignificación de una figura arrolladora que no necesita de la mirada masculina para definirse, marcando una absoluta ruptura con el estereotipo y huyendo de la seducción gratuita para reivindicar la unión como engranaje central de la fortaleza colectiva. Una oda a la solidaridad de clase, a la mujer que fuma porque puede y que trabaja porque debe. Al salir de Matadero, lo que queda es la sensación de que, por fin, las cigarreras han dejado de ser un mito exótico para volver a ser lo que siempre fueron: mujeres trabajadoras que, desde su puesto en la fábrica, comenzaron a cambiar el mundo.

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