bloggif 69faeb6bbd1d3LO QUE PINA BAUSCH NOS LEGÓ

La coreógrafa alemana vive en Nazarath Panadero y Michael Strecker, dos de sus bailarines, que conmovieron anoche en el Centro Párraga, de Murcia, con su emocionante dueto ‘My Home / No Home’. Allí estuvimos y así lo vivimos…

 

 

Texto_OMAR KHAN Fotos_KARL-HEINZ KRAUSKOPF

Murcia, 06 de mayo de 2026

Lo que nos queda de los grandes coreógrafos cuando mueren es su obra. Ese es su legado, la manera de seguir estando. Pina Bausch (Alemania 1940-2009) no es excepción. Tras su muerte dejó para siempre un buen puñado de títulos relevantes. De hecho, su compañía, la Tanztheater Wuppertal, aún activa, ha anunciado que vendrá la próxima temporada al Teatro Real, de Madrid, para presentar justamente sus dos trabajos de mayor relevancia: La consagración de la primavera y Café Müller. Dos clásicos del siglo XX, sin duda.

No obstante, nunca fue convencional Pina Bausch, y su legado, hoy podemos constatar, no se limita a la reposición de sus piezas. Ella hizo de su compañía una familia de lo más heterogénea, unos bailarines pocos parecidos los unos a los otros, a los que hizo un obsequio muy especial. No les enseñó una técnica, aunque era rigurosa con la expresión corporal. Tampoco unos pasos ni un manual de danza. Se esmeró por hacerlos creativos y curiosos, se esforzó para que fueran humanos y se mostraran por igual poderosos y vulnerables en  el escenario, les enseñó que los sentimientos fingidos carecen de autenticidad. Les inculcó una poética. Los hizo partícipes activos de sus creaciones. Eran sus bailarines/creadores en un tiempo pretérito en el que eso ni existía ni se entendía.

Y de esa forma, a lo mejor sin siquiera sospecharlo, perpetuó su legado más allá de las piezas que creó en vida. Anoche, en el Centro Párraga, de Murcia –abarrotado-, lo pudimos constatar. La española Nazareth Panadero, Premio Nacional de Danza 2014, y el alemán Michael Strecker, quienes bailaron durante décadas bajo la atenta mirada de Pina Bausch, vinieron a demostrarnos que la coreógrafa alemana sigue entre nosotros a través de ellos. Pero My Home No Home no es un remedo ni una fotocopia de las creaciones de Pina Bausch. En absoluto. De hecho es original y fresca, pero no sería posible si ellos dos no hubiesen sido bailarines de su compañía cuando estaba viva.

 

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¿Qué le susurra al oído?

El dueto, de gran elegancia formal, está hecho de trocitos de dos vidas. Nos muestra, quizá a lo largo de un tiempo, distintas postales de una relación nunca claramente definida. Desconociendo las circunstancias y las motivaciones, lo que sí conocemos es su vulnerabilidad, sabemos que se sienten desvalidos y se necesitan el uno al otro, aunque no todos los momentos juntos sean felices. Hay desamparo en estas vidas, hay tristeza en estos cuerpos con dificultad para mantenerse erguidos y a veces, también hay danza y felicidad. Ella parece dominante, tiene el poder de soplar y derribar su corpulencia. Pero él es solícito, la ayuda, la asiste, la comprende… se complementan.

Claro que no hay una anécdota de inicio-nudo-desenlace. Pero hay autenticidad y humanidad en las acciones de estos dos extraordinarios bailarines que saben cómo y dónde tocar las teclas sensibles de su audiencia, que ríe con sus ocurrencias y se conmueve con su sinceridad. Esa magia es la herencia que les dejó Pina Bausch, tan presente en este dueto, algunas veces de manera muy explícita. “La directora fumaba demasiado”, dice Panadero con su voz atronadora en un momento de la representación con el cigarrillo colgando en la comisura de los labios. Son momentos puntuales en los que desvelan que la casa, el home-no home del título, es aquella compañía alemana que ya nunca podrá volver a ser lo que fue.

Como ocurría en los trabajos más personales de Bausch, My Home No Home, no es linael ni lo pretende. Deja muchas interrogantes, suelta enigmas e intrigas que tenemos libertad absoluta para interpretarlas a nuestro antojo. ¿Qué momento de esas vidas evoca el paisaje nevado del vídeo? ¿Cuál es el motivo de esa súbita y violenta pelea en cámara lenta? ¿Qué es eso que él le susurra al oído? ¿En qué idioma se lo dice? ¿Es lo que ella repite a viva voz en alemán? ¿Quién es esa pareja en la Varsovia de 1939 a la que se hace referencia? ... Las respuestas, al final, no importan. Lo relevante es la emoción verdadera que emana en cada una de estas escenas.

El otro elemento gratificante, de los muchos que nos ofrece esta sencilla pero profunda velada de danza, es poder constatar que, a sus edades, Nazareth Panadero y Michael Strecker siguen siendo unos bailarines sensibles y portentosos, con una presencia escénica francamente arrolladora. Verlos anoche allí, tan vivos, tan vitales, tan seductores, tan bellos… nos hizo pensar que eso del edadismo en danza no es más que una estupidez inventada por un estúpido.

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