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ÁFRICA BOOM

Cada vez con más fuerza, el movimiento de la nueva danza africana va apropiándose de los escenarios occidentales. Nos aproximamos al fenómeno…

 

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Texto_OMAR KHAN

Madrid, 7 de mayo de 2020

No parece casual que este año raro en el que el coronavirus dicta las normas, el mensaje del Día Internacional de la Danza que cada año impulsa la UNESCO haya sido encargado al artista sudafricano Gregory Maqoma, figura relevante dentro del emergente star system de la nueva danza africana junto a nombres cada vez más populares como Faustin Linyekula, Dada Masilo, Jeannot KumbonyekiMarlene Monteiro (ne la foto superior).

El interés que despierta en occidente la nueva creación africana parece eclosionar y su legitimación parece venir impuesta por los grandes festivales, que al final son los responsables de dictar normas y diseñar tendencias. Cabría recordar que aunque el butoh japonés existía desde los años 50 (Kinjiki, de Tatsumi Hijikata, considerada la primera obra butoh se estrenó en 1959) no fue hasta los años setenta cuando verdaderamente empezó a “existir” la danza contemporánea oriental para occidente, gracias a la gestión de festivales como Nancy y Avignon que programaron a Kazuo Ohno y lo convirtieron en estrella. Un fenómeno similar parece estar ocurriendo ahora con la danza africana.

El año pasado el Holland Festival, relevante cita escénica europea, puso el foco en África y cedió la dirección artística al creador escénico William Kentridge y al coreógrafo Gregory Maqoma, líder de la compañía Vuyani Dance Theater, quienes trajeron a Ámsterdam una muestra representativa de nuevos talentos africanos. A su vez, la Bienal de Lyon, que es a la danza mundial lo que Cannes al cine, también anunciaba que este otoño las compañías africanas dominarían su programación. El gran evento francés, que debido a la crisis del Covid19 se ha desplazado ahora a mayo del 2021, mantiene su foco africano, y su célebre desfile, el macro-evento de danza más multitudinario de Europa, estará centrado en la danza del continente.

 

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Cisne negro

Justamente fue la Bienal de Lyon del año 2012 [el último año que la dirigió su impulsor Guy Darmet], la que concienzudamente gestionó el éxito indiscutible del que hoy goza la coreógrafa sudafricana Dada Masilo (en la foto sobre estas líneas). Hasta entonces desconocida, la joven creadora de Johannesburgo fue la gran apuesta de la bienal aquel año con su versión africanizada de El lago de los cisnes, promocionada como “lo que hay que ver” entre los cientos de relevantes programadores de todo el mundo que suelen acudir a la cita de Lyon. Desde entonces no ha parado de girar por Europa y el mundo, llegando a crear lazos sólidos con importantes casas de danza, que han sido coproductoras de sus costosos montajes de Carmen y Giselle, todos bajo la misma fórmula de “clásicos africanizados”.

Este interés occidental por la danza africana en la actualidad comienza a tener ramificaciones insospechadas. La Fundación Bausch, en Alemania, ha creado una singular alianza con l’Ecole des Sables, el centro de enseñanza senegalés que dirige Germaine Acogny, conocida como la madre de la danza contemporánea africana. Una treintena larga de bailarines de esa escuela, procedentes todos de países de la región, se ha encargado ahora de un peculiar remontaje de La consagración de la primavera, quizá la obra más emblemática de Pina Bausch, que iba a tener su premier el mes pasado en el Holland Festival 2020. Aunque el encuentro de Ámsterdam ha sido suspendido por la crisis sanitaria, el éxito y larga vida de la producción está asegurado. La promesa de Pina Bausch africanizada suena tentadora para los cientos de seguidores de la famosa coreógrafa. La fuerza, potencia y sensualidad innata de los bailarines africanos redimensionará con seguridad la monumental obra, famosa justamente, por su gesto telúrico.

Y es que por toda Europa el interés por la danza africana va en crescendo. La española Aida Colmenero, que lleva años de fascinación por África, ha venido impulsando en Barcelona Africa Moment, un festival que a da a conocer el trabajo de jóvenes talentos africanos y que nos descubrió a prometedoras creadoras como la extravagante performer Nora Chipaumire, al tiempo que ella misma desarrolla su proyecto escénico y audiovisual Ella Poema, en el que monta unipersonales a intérpretes de distintos puntos de aquel continente.

 

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Nueva generación

¿Es una moda? Sí, en cierto sentido. La danza contemporánea africana ha estado allí desde hace años. La labor de Germaine Acogny se remonta a los setenta, cuando bailaba con Béjart y fundó la Mudra África, extensión de la escuela belga de su maestro. Y en el ala más experimental, hace décadas que la sudafricana Robin Orlyn (en la foto sobre estas líneas) viene escandalizando a Europa con sus atrevidas y coloridas propuestas de carácter político (su reciente creación And you see… estaba programada en el Mercat de les Flors para mayo y ha sido cancelada por el coronavirus). En círculos franceses han alcanzado cierta notoriedad creadores como el dueto Salia nï Seydou, de Burkina Faso, o la haitiana Kettly Noel, investigadora de sus raíces africanas.

Lo diferente, lo novedoso y atractivo del momento quizá tenga que ver con que ahora no son individualidades que triunfan sino que emerge en nuestros escenarios toda una generación de artistas africanos muy diferentes entre sí, que se hace creciente gracias al eco y aceptación que sus trabajos va teniendo en relevantes plazas occidentales.

Personalidades como la caboverdiana Marlene Monteiro, con su danza grotesca y salvaje; el congolés Faustin Linyekula, con sus experimentos a medio camino entre la performance y la danza tradicional para su compañía Kabako Studio, Dada Masilo y sus clásicos occidentales africanizados o Gregory Maqoma, con propuestas poéticas como su aclamado solo Beautiful Me aparecen como las cabezas visibles de una generación que sorbe de las viejas y nuevas tendencias de la danza occidental y las fusiona de manera natural con los pálpitos y ecos de las ricas y diversificadas danzas tradicionales y populares africanas, con las que todos ellos han crecido.

Pero va más allá. Curiosa resulta la manera cómo el pantsula, movimiento originalmente anti-apartheid, ha saltado de las calles de los barrios periféricos de Johannesburgo a los escenarios relevantes de la vanguardia occidental. Con sus contorsiones epilépticas y sus botas Converse All Stars como seña de identidad, el pantsula es un movimiento de danza urbana conocido como el hip hop africano, que ha ido trascendiendo y encontrando legitimación en occidente, al punto que su enseñanza ya se promueve en algunas escuelas europeas de danza contemporánea. Beyoncé supo verle el potencial y lo encumbró en un vídeo que se hizo viral, al tiempo que Gregory Maqoma lo reconvertía en fenómeno escénico cuando, en 2017, dirigió al grupo pantsula Via Katlehong en una exitosa propuesta que triunfó en los madrileños Teatros del Canal y en el Festival Dansa Metropolitana de Barcelona.

En una entrevista, Germaine Acogny recordaba que a su escuela de Senegal llegan muchos alumnos occidentales queriendo aprender los principios de las danzas tradicionales africanas que allí se imparten. Y los aprenden bien, aseguraba, pero nunca podrán hacerlo igual que los nativos, porque según su punto de vista hay algo no físico, que es telúrico, genético y autóctono en esa danza, y que es exclusivo privilegio de los nacidos allí. Es un asunto ancestral, de la tierra. Y quizá eso, que no tenemos ni podremos tener, es lo que se ha descubierto ahora tan fascinante para nuestras audiencias occidentales.

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