EL COREÓGRAFO QUE SABÍA DEMASIASO
Hasta hoy se presenta el Ballet de Hamburgo en el Teatre El Liceu con' Nijinsky', una pieza singular en el catálogo de John Neumeier. Fuimos a verla y esto nos ha parecido…
Texto_OMAR KHAN Fotos_DAVID RUANO
Barcelona, 15 de abril de 2026
John Neumeier parece el último reducto vivo de una estirpe de coreógrafos a punto de extinción. Heredero de creadores de envergadura, incluido su mentor John Cranko en el Sttutgart Ballet, el norteamericano, a sus 84 años, sigue activo aunque ya no sea el director artístico del Ballet de Hamburgo, la agrupación que lideró desde 1973 y sobre la que edificó su legado, una buena cantidad de coreografías de inequívoco estilo neoclásico que han tenido especial predilección por llevar a la danza las obras teatrales de Shakespeare.
No obstante, de manera muy puntual hace ya veinticinco años, quiso liberarse de ese patrón a la hora de aproximarse a la vida de Nijinsky. El resultado fue esta pieza de dos horas que hasta hoy se estará representando en el Teatre El Liceu, de Barcelona, donde ya el Ballet de Hamburgo, en 2009, había bailado su emocionada adaptación de La muerte en Venecia. A pesar de que se trataba de una biografía, la del malogrado bailarín estrella de Los Ballets Rusos de Diaghilev a inicios del siglo pasado, el coreógrafo renunció a la narrativa lineal de una vida y se decantó por activar sobre la escena lo que estaba ocurriendo en la cabeza ya atormentada y delirante del bailarín, a punto de caer en la locura, durante su última presentación pública en un hotel suizo en 1919.
El arranque del ballet es naturalista y narrativo, típicamente Neumeier, y nos muestra a los aristócratas reunidos en el hotel para ver la que sería la última actuación de Nijinsky que tras su entrada triunfal con aires de emperador, en un ejercicio de teatro dentro del teatro (o danza dentro de la danza, más exactamente), todo deriva hacia lo onírico e irreal, se difumina el presente y el pasado, los personajes que interpretó y algunos de los que creó para sus obras (el fauno, el arlequín, el esclavo de oro) se le aparecen cruzados con gente de su vida, entre ellos su impulsor y amante Diaghilev, sus padres, su hermano muerto, su hermana coreógrafa, las divas con las que bailó, los bailarines a los que dirigió y su mujer Romola, un personaje en el que la coreografía coloca su acento a modo reivindicativo. Y a un mismo tiempo, quiere describir la tensión de toda la sociedad europea que entraba en la Primera Guerra Mundial. Son quizá demasiados elementos para ser reorganizados en una coreografía que huye de la narrativa convencional.

Más que un admirador
Neumeier, en su vida, no es simplemente un admirador de Nijinsky. De niño se interesó leyendo un libro sobre su vida, y desde entonces, se le hizo obsesión. Posee una colección importante de bocetos, pinturas y objetos relacionados con él, y lo ha estudiado en profundidad. Desde el rigor absoluto y la abundante información que posee ha hecho su ballet Nijinsky. Todo lo que aparece en escena, que es mucho, es verídico, pero está contado desde la locura y el delirio, desde una mente enferma. El punto de vista es atractivo, es arriesgado, y su puesta en escena espectacular, de gran potencia visual.
Pero por contradictorio que parezca, tanta información, tanto dato veraz, tanta insistencia en que todo aparezca como realmente fue cercena la libertad necesaria de una obra de carácter onírico. No basta con descolocar las piezas, poner a un personaje de ficción bailando con uno real ni alterando el orden de los acontecimientos. Si quieres ser irreal debes alejarte de lo real. Y es lo que falla en esta dramaturgia. Sabe tanto, quiere ser tan fiel, que se olvida de su premisa creativa.
En este sentido, el resultado es una creación majestuosa y muy bien bailada, cuidada en los más mínimos detalles que, sin embargo, pide a sus espectadores tener una información que seguramente no poseen, para acceder a su discurso. Resulta muy difícil para alguien que no ha estudiado a Nijinsky identificar los tantísimos personajes –ficticios y reales-, las situaciones y anécdotas, que desfilan por el escenario. El desorden cronológico no ayuda y termina siendo todo bastante confuso. Quizá Neumeier sabe tanto de Nijinsky que no es el más adecuado para acercarse a él de una forma que no sea académica, rigurosa o convencional. A su Nijinsky le falta riesgo y le sobran datos.
A su favor habría que decir que, aunque no se entienda muy bien lo que ocurre, hay mucha belleza e ingenio en esta puesta en escena. Hay muy buena danza, especialmente grupal, y todo discurre muy entretenido. Puede que no sepamos que el significado real de esos círculos gigantes de neón que ocupan el escenario son la representación de las formas circulares que obsesionaron a Nijinsky durante sus años de locura, pero qué duda cabe, ese poderío de maquinaria teatral es de lo más deslumbrante. Lo más probable es que los espectadores no salgan del espectáculo sabiendo más de Nijinsky que antes, a pesar de que están allí todos los datos y acontecimientos, pero se lleva la sensación de haber visto una gran producción.
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