BALLET DE LOCOS
Aunque parece narrativo y convencional, John Neumeier puede alejarse mucho del ballet al uso, especialmente en su ‘Nijinsky’, su gran homenaje al malogrado bailarín, que esta semana recala en El Teatre El Liceu, de Barcelona, con el Hamburg Ballet. Te lo contamos...
Texto_OMAR KHAN Fotos_KIRAN WEST
Madrid, 06 de abril de 2026
No se ha valorado lo suficiente el ojo entrenado e inteligente de John Cranko a la hora de escoger bailarines que estaban llamados a ser grandes e innovadores coreógrafos. El creador sudafricano, que dirigió el Sttutgart Ballet con vocación futurista, empujó por los mismos canales la carrera de dos creadores norteamericanos que parecían en las antípodas. Primero fue John Nuemeier (en la foto con el Ballet de Hamburgo), que llegó a Stuttgart en los sesenta recomendado por la musa de la compañía Marcya Haydée, y pronto se desveló coreógrafo, emigrando como director artistico del hoy extinto Frankfurt Ballet en 1969, para en 1973 hacerse con la dirección del Hamburg Ballet donde hasta hoy, ha estrenado unas 160 creaciones que colocaron a esta compañía en la cumbre.
El otro fue William Forsythe, que bajo la tutela de Cranko creó para su compañía de Sttutgart su primera obra Ulrich (1976), antes de irse como director del mismo Frankfurt Ballet, en 1983, el año en el que Neumeier cumplía una década en Hamburgo.
Aunque parecía que un abismo estilístico y formal se abría entre las ideas de Forsythe y las de Neumeier con respecto al ballet, hoy -a más de cuatro décadas-, podemos constatar que aquel abismo no era tan profundo. Desde luego, no son comparables las aportaciones de uno y otro, en tanto que Forsythe supone una ruptura total y radical con los postulados y estética del ballet y Neumeier, conocido como un artifice del ballet narrativo, es más bien un innovador moderado que apostó por el neoclásico, pero ambos comparten no solo nacionalidad, orígenes en el ballet, espíritu europeo y el hecho de haber sido impulsados por Cranko, sino haber luchado y abogado por una visión nueva y renovadora de una danza académica que se negaba rotundamente a trascender más allá de Petipa. Inclinándose hacia uno u otro lado, las companías de ballet de repertorio sufrieron una transformación y actualización necesaria en Alemania, Europa y el mundo, en buena medida gracias a Forsythe y Neumeier.

Nijinsky, el loco
Convertir novelas y obras teatrales en ballet ha sido obsesión y filosofía de John Neumeier (Estados Unidos, 1942), quien fuera director artistico del Hamburg Ballet alemán desde 1983 hasta el año pasado, permaneciendo aún como coreógrafo residente. Su interés por Shakespeare le ha convertido en el coreógrafo que acumula más adaptaciones de sus obras teatrales. En 1974 debutó como coreógrafo en Hamburgo con Romeo y Julieta, a la que siguieron Sueño de una noche de verano, Hamlet, Otelo o Como gustéis, entre otras, además de llevar al ballet títulos literarios como La dama de las camelias, Peer Gynt o La muerte en Venecia. Nijinsky, que fue creada en 2000 y supone el regreso esta temporada del Hamburg Ballet al Teatre El Liceu de Barcelona con funciones previstas del 12 al 15 de abril, es, no obstante, una excepción. Aunque pretende ser un biopic del malogrado bailarín que brilló en Los Ballets Rusos de Diaghilev en el París de principios del siglo XX, ni es tal cosa ni encaja de manera exacta en el principio de ballet narrativo al que se alude cuando se habla de Neumeier.
Hay un dato relevante, a saber. Desde que era niño en su Milwaukee natal, John Neumeier empezó a obsesionarse con Nijinsky a partir de una biografía que leyó. La fascinación creció y en afán coleccionista se hizo a lo largo de los años con el mayor número de dibujos y bocetos existentes de Nijinsky, así como también de cartas, objetos relacionados con él y la compañía de Diaghilev... una potente colección que hoy está a disposición del público en Hamburgo, desde la Fundación Neumeier.
Resulta lógico, pues, que como coreógrafo también se haya interesado por el célebre intérprete. Temprano en su carrera, en 1979, ya hizo un ballet llamado Vaslav, pero aquella obra fue solo el preámbulo. Nijinsky, estrenada en la conmemoración de los cien años de la muerte del celebrado bailarín, es la pieza definitiva. También la que más se aleja de sus modos y constantes, quizá porque no es la adaptación de una novela ni una biografía al uso sino la materialización escénica de una obsesión. La fragilidad de la condición humana y el derrumbe de las fronteras entre cordura, locura y alucinación creativa prevalecen frente al simple relato de una vida accidentada.
La coreografía arranca como un ballet narrativo convencional y sitúa la acción en 1919, en el hotel suizo de Saint Moritz, donde va a ocurrir la última presentación pública de Vaslav Nijinsky antes de que la esquizofrenia se llevara su lucidez. En su primera aparición, el personaje tiene la actitud de un monarca pero lleva un traje que parece una camisa de fuerza, heraldo de la locura por venir.
A partir de entonces, la coreografía se construye por completo en un territorio concreto y abstracto a la vez: la mente perturbada del bailarín y coreógrafo, un lugar en el que convergen sin orden ni concierto las fantasías del artista y la realidad vivida, un puzle extraño y fascinante, que solamente un obseso de la vida del bailarín como Neumeier podría construir.

Una mente febril
Todo lo que se ve y se siente en Nijinsky tiene correspondencia con una vida estudiada de forma pertinaz por al autor. Neumeier exige al espectador colocarse dentro de una mente que desvaría. No hay una secuenciación lógica ni cronológica. Desfilan en igualdad de condiciones personas de su vida, personajes de ficción que interpretó, momentos de ballet que coreografió e imágenes obsesivas surgidas de su mente enferma como los círculos que no dejó de pintar mientras estuvo encerrado en el manicomio, representados aquí como grandes aros de neón de belleza superlativa que cuelgan en el espacio. La obra termina con la misma escena inicial en Suiza, pero encogida. Ahora todo es más pequeño como si quisiera subrayar que minimiza lo realista y engrandece lo surrealista.
Pulula por esta mente febril el empresario Diaghilev, al que se retrata con los tintes pedófilos de su pasión por el bailarín efebo, Romola, aristíocrta con la que Nijinsl se casó pero que apenas conocía o Bronislava, su hermana coreógrafa, pero también el espectro de la rosa o el Fauno, personajes que bailó, además de secuencias en las que se le ve dirigiendo frenético e histérico a un cuerpo de baile exhausto incapaz de seguirle el ritmo a una de sus creaciones, quizá La consagración de la primavera. Y en esta fantasía no ignora los ecos y referencias a la I Guerra Mundial, con los que probablemente nos quiere hablar del efecto perturbador y enloquecido que dejan todas las guerras en la gente corriente.
La opción de un ballet poco convencional para relatar a Nijinsky encaja con los principios de un genio malogrado en su juventud y esplendor, que quería innovar y romper con las estructuras convencionales del ballet a inicios del siglo XX. Lo paradójico, qué duda cabe, es que con este ballet, Neumeier se alinea con una vanguardia más en sintonía con el ballet que impera a inicios del siglo XXI, que renuncia a la narrativa y opta por la sugerencia. O la locura, tal vez…




