INTERPRETACIÓN Y EVOCACIÓN
Hasta esta noche podrá verse en el Mercat de les Flors ‘La Quijá’, de Paloma Muñoz, quinta entrega del proyecto #CÈL·LULA. Fuimos a verla y esto nos pareció...
Texto_JORDI SORA i DOMENJÓ Fotos_TRISTÁN PÉREZ-MARTÍN
Barcelona, 05 de octubre de 2024
Se ha inaugurado temporada en el Mercat de les Flors con la quinta #Cèl·lula, la apuesta programadora de su directora Àngels Margarit que incluye apoyo económico y residencia para las compañías catalanas y así poder lograr crear obras de gran formato. Una interesante propuesta de Paloma Muñoz, extremeña afincada desde hace años en Barcelona. La Quijá, que podrá verse hasta mañana, es una creación original, que incluye un buen elenco de diez bailarines y repleto de reminiscencias y simbolismo. Justo así se abre la pieza, como en un sueño, con humo de escena, en el cual van apareciendo como memoria viva personajes que remiten a la cultura de su origen y que se hacen presentes. Para homenajear, eso siempre es bonito; pero sobre todo para participar en la búsqueda del sentido actual de esas imágenes de la tradición y el pasado.
Efectivamente, con los recuerdos (los vividos y los que te narraron) hay dos operaciones posibles: la añoranza por un tiempo que sabes seguro imposible de recuperar; o bien una apropiación para que, convenientemente transformados, te acompañen en adelante. Parece que Paloma Muñoz, desde la contemporaneidad urbana, prefiere hacerlos bailar al son de música electrónica y pedirles que desplieguen talento, fantasía y movimiento de grupo.

Un pasado devastado
Por supuesto que las imágenes retrotraen a un pasado devastado. No podía ser de otra forma por la lejanía desde la cual se mira aquel paisaje; por las circunstancias que obligan a los colectivos humanos a trasladarse de un sitio a otro; por la inmaterialidad de su existencia, solo recuerdo; y por las propias condiciones climáticas. Se trata del desierto que hay entre las comarcas de la Serena y la Siberia, en Extremadura, al lado de su pueblo. Con la necesidad vital de recuperar aquella idealización, para permitir al cuerpo recuperar una energía perdida en el desplazamiento. Todo desde la mirada simbólica, pues a nadie se le escapa que es en el nuevo emplazamiento en el que surge esa necesidad de evocación.
No es uno, sino diversos los dibujos coreográficos que la creadora despliega en las diferentes partes de que se compone este fresco del recuerdo. Todos repletos de inteligencia, personalísimos, con una profundidad múltiple. Si bien se trata de una pieza coral, los intérpretes desarrollan códigos propios que van desde el movimiento de alteridad, en el que parecen extraídos de un museo; a la locura flexible y el movimiento desbocado, reflejo de la dificultad argumental de la obra. Aunque desde una elegancia de conjunto, un sentido conducido y un elaborado material que, sin excepción, bailan al detalle. A destacar un ejercicio con las bocas, y que tiene su origen en una colaboración con el Niño de Elche: La Quijá remite a una cavidad de los huesos encontrados en aquel desierto, que hacen sonar fantasmagóricamente y que evoca ese paisaje.
Todo ejercicio de memoria es una traición a la realidad. Y parece que son conscientes de ello, al acabar en su última escena con algo perfectamente reconocible, sin fisuras, para relacionar la creación con aquel contexto y dotarlo de una caracterización concreta. Hasta en ese punto se evidencia que toda la pieza trata de una fantasía enraizada entre el deseo de pasado y la constancia de futuro. Y en ese juego imposible de espacio y tiempo inconmensurables, gana la creadora con una obra que es, sin duda, muy destacable.
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