montero

Uno para todos

Director del Nuremberg Ballet, colaborador de Acosta Danza, Premio Nacional de Danza en Alemania el año pasado, Goyo Montero no consigue traer su compañía a España. Por lo pronto, debuta mañana como coreógrafo invitado de Les Ballets de Montecarlo

 

Texto_BEGOÑA DONAT Foto_J. VALLINAS & G. BATARDON

Madrid, 24 de abril de 2019

Goyo Montero (Madrid, 1975) es y no es profeta en su tierra. Lo es porque en 2011 fue reconocido con el Premio Nacional de Danza en la modalidad de interpretación. Y no lo es, porque después de once años como director del estimulante Nuremberg Ballet, cargo que le ha hecho merecedor del Premio Nacional de Danza de Alemania 2018, mantiene la asignatura pendiente de traer a la compañía de gira por España. Hasta que las puertas de los teatros patrios se abran a su proyecto personal, el coreógrafo español engrosa su currículum de colaboraciones internacionales en Acosta Danza, la compañía de la estrella cubana que traerá dos creaciones suyas al Festival de Peralada este verano, el Mariinsky de San Petersburgo, el Stanislawski de Moscu, el Ballet Nacional del Sodre de Uruguay o una creación inminente para Les Ballets de Montecarlo, que se estrena mañana, 25 de abril, en el Principado. Se trata de Atman, una obra inspirada en la conexión del ser individual con el todo. La creación se presentará en el Grimaldi Forum, de Mónaco, conjuntamente con la propuesta Core Meu, nueva creación de Jean-Christophe Maillot, el director de la potente compañía monegasca.

Es hijo de un coreógrafo, Goyo Montero, y de una bailarina, Rosa Naranjo. ¿Por qué fue su maestra entonces Carmen Roche?

Mis padres siempre estuvieron pendientes, pero querían separar la paternidad de la formación. De hecho, recuerdo haber hecho de pequeño algunos ejercicios de barra con mi madre y no entender porqué se convertía en una persona más seria cuando me estaba enseñando. Carmen era íntima amiga de mis padres y fue más sencillo aprender con ella. Después me fui un año becado al Ballet Nacional de Cuba, pero mi base viene de Carmen.

¿Qué recuerdos tiene de su etapa en la isla a los 16 años?

Fue muy duro porque coincidió con el periodo especial, y la gente lo pasaba muy mal, así que aquella experiencia me enseñó mucho a nivel humano. En Cuba afrontan dificultades pero han desarrollado una gran capacidad de imaginación e innovación que les lleva a resolver en el momento.

Y ahora el círculo se cierra, porque ha sido nombrado coreógrafo residente del Acosta Danza. ¿Ha percibido cambios en Cuba?

La isla ha cambiado enormemente. Da la sensación de que si se abre demasiado rápido hacia el capitalismo se va a convertir otra vez en un parque de atracciones, así que espero que lo haga gradualmente. La inversión internacional le está dando oportunidades a la gente de Cuba para hacer negocios. Pero sigue transmitiendo esa sensación única de haberse parado en el tiempo y es un país con gran alegría y pasión, culturalmente enriquecedor. Los bailarines tienen una formación clásica y contemporánea increíble.

Otro círculo lo cierra mañana con Atman, una colaboración con Jean-Christophe Maillot, el que fuera presidente del jurado el año que usted consiguió el Prix de Laussane. ¿Qué le supone medir su creación con la suya en un programa para los Ballets de Montecarlo?

Los dos últimos años he hecho cosas tan bonitas, que si me planteo la presión que supone trabajar con Maillot o crear una coreografía para Marianela Núñez, como acabo de hacer en el Royal Ballet, me bloquearía. Así que intento llegar con mi material desde la humildad e implicar a los bailarines.

¿En qué medida es Maillot una inspiración?

Tiene 60 años y lleva 25 al frente de una compañía, pero sigue con el mismo fuego y pasión cada día. Lo bonito es que en el programa que compartimos vamos a proponer dos visiones del grupo muy distintas y complementarias: él va a centrarse en la alegría de bailar juntos y conectar, mientras que yo partiré de una visión más interiorizada, de la mirada al yo.

Esa exploración conecta con su dinámica al frente del Nuremberg Ballet, donde trabaja con grandes solistas y personalidades artísticas que se ponen al servicio del conjunto. ¿Qué importancia tiene para usted potenciar la personalidad de los bailarines?

En esta compañía intento que no haya categorías: son todos solistas. Intento rotar papeles y hacer muchos elencos para que todos tengan la oportunidad de estar delante. Un mismo trabajo interpretado por distintos bailarines parece a veces una coreografía diferente. Es lo mágico de la danza: un coreógrafo no puede trabajar solo, no es como un compositor, un pintor o un escritor. Cada vez me siento más libre en el estudio para dejar que un bailarín no haga exactamente lo que quiero, porque a partir de ahí surge otro camino que no has esperado y es más enriquecedor.

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