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Provocación

Naves Matadero, de Madrid, se prosterna ante Robyn Orlin, la polémica e incendiaria creadora sudafricana, presentando una exhibición y el solo And you see… desde mañana 22 y hasta el 24 de marzo. Anoche estuvimos con ella y esto nos contó...

 

Texto_OMAR KHAN Foto_ JÉROME SÉRON

Madrid, 20 de marzo de 2019

Provocación es una palabra que sospechosamente siempre aparece cerca del nombre de Robyn Orlin (Johannesburgo, 1955). Desde hace ya unas tres décadas, esta artista insólita -blanca, judía e hija de luchadores anti apartheid-, ha venido sacudiendo conciencias occidentales con sus piezas sorprendentes e inclasificables hechas y pensadas para este lado del mundo, en las que nos habla, con humor y amor, de asuntos sociales terribles que asolan su país como segregación, colonialismo, sida, pobreza y miseria, temas que muchos no quieren oír cuando van al teatro, pero también de algo tan universal como la condición humana. Sus creaciones, de largos títulos imposibles de memorizar, admiten bailarines de cualquier influencia, estilo y tamaño. Cuerpos voluminosos, colores estridentes y denuncias contundentes son señas de identidad de Orlin, creadora ampliamente conocida en Europa pero no tanto en España.

Por eso resulta del todo interesante el foco Orlín organizado por Naves Matadero, de Madrid, que incluye hasta el 24 de marzo la instalación Babysitting Series, que por primera vez reúnen en un mismo espacio los vídeos que ha venido realizando desde hace 20 años en museos del mundo (Louvre, Lille, Berlín), teniendo como protagonistas a los vigilantes de las salas, que para ella son como niñeras de obras maestras, y el estreno, desde mañana 22 de marzo y hasta el 24, de su pieza And You See… Our Honourable Blue Sky And Ever Enduring Sun… Can Only Be Consumed Slice By Slice, un solo que bajo el solemne Requiem de Mozart y con el tema de los siete pecados capitales, interpreta el muy potente bailarín y actor sudafricano Albert Ibokwe Khoza.

“Hace tres años estaba deprimida por todo lo que pasaba en el mundo. Ahora estoy desecha viendo la realidad de Sudáfrica, Estados Unidos y en general, en todas partes”, reflexionaba anoche Orlin en un encuentro con el público en Matadero. “Fue entonces cuando conocí a Albert, un artista joven, culto, con conciencia, que entiende lo que ha sido el apartheid en Sudáfrica, que tiene sentido de la identidad y que representa la esperanza de una nueva generación. Y decidí crear esta pieza para él”.

Pecados capitales

Improvisaron, discutieron, buscaron temas. Y llegaron a uno muy terrible. “Quedamos paralizados cuando por alguna razón empezamos a investigar la situación de las lesbianas negras en Sudáfrica, que son asesinadas y apaleadas por su condición sexual. Pero desde allí nos fuimos a otro lado, y notamos que los debates siempre terminaban relacionados con los siete pecados capitales, algo del todo curioso si se tiene en cuenta que él no es cristiano y yo soy judía. Pero no nos cerramos a la posibilidad, trabajamos sobre eso y este es el resultado”.

Asegura que tras buscar muchas músicas optaron por “colonizar a Mozart” llevando el Requiem a su territorio. El resultado es una creación, desestabilizadora y provocadora como todas las suyas, que tiene como pilar a Ibokwe Khoza, conocedor de las danzas tradicionales pero atraído por las vanguardias. El diario Libération, tras ver el espectáculo, lo llamó “ogro lujurioso, codicioso y grotesco”. En las capas de celofán que le envuelven, en la mueca grotesca, en la ambigüedad sexual de sus gestos, en los chillones colores, en la estridencia general de la propuesta, se esconden las claves del trabajo escénico de Orlin. “No me interesan los objetos, me interesan las personas. Lo que busco en mis performers, sean profesionales o no, es siempre lo mismo: la humanidad”, subraya.

No tiene una compañía Robyn Orlin. Radicada en Europa, va y viene de Johannesburgo, donde está el núcleo e inspiración de sus producciones, pero trabaja por proyectos. Y aunque ha alcanzado la cima de la danza más radical que se hace y se ve en Europa, llegando a ser invitada por el Ballet de la Ópera de París, no ha gozado de los mismos beneficios que los artistas de aquí. “Mi carrera la he desarrollado a base de decisiones difíciles. No soy propiamente una coreógrafa, ni una bailarina ni una artista plástica, no soy profesional de la ópera ni directora escénica. No he sido nada de lo que soy. De joven, me fui a Londres y a Chicago con becas. He vivido en distintas ciudades pero al no ser de París ni de Berlín, donde ahora resido, casi nunca he tenido acceso a las ayudas públicas. En Sudáfrica tampoco. Todas estas limitaciones me han llevado a pensar que los artistas tienen que buscarse a sí mismos y evadir el narcisismo”.

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