CHRISTINE Y DAVID
Ayer, en la Sala Carme Teatre, en el marco del Festival Dansa València, la compañía La Taimada presentó ‘Opus’, solo contemplativo protagonizado por Christine Cloux. Fuimos a verlo y esto nos ha parecido…
Texto_OMAR KHAN Foto_JOSÉ JORDÁN / DANSA VALÈNCIA
Valencia, 18 de abril de 2026
Opus, presentada ayer en la Sala Carme Teatre, en el marco de la 39º edición del Festival Dansa València, es una obra coherente y representativa del universo de los trabajos recientes de la compañía catalana La Taimada, que codirigen Olga Álvarez, procedente de la danza, y Jordi Cabestany, de las artes plásticas. Dicho esto, cabe suponer entonces que el foco central de Opus está en la contemplación, temática que ha venido centrando sus investigaciones, y aquí es donde entra el elemento definitivo y más importante de la pieza, ese al que somos impelidos a mirar: Christine Cloux, una bailarina singular, muy activa y apreciada en la escena valenciana que, a sus 60 años, entra al universo de La Taimada desnuda y literalmente expuesta como escultura viviente sobre un pedestal. No hay más.
A mitad de representación nos asalta esta duda: ¿Qué diferencia al David, de Miguel Ángel, de la Christine de La Taimada? No será hacia el final cuando sabremos que la duda es inducida, eso quieren sus autores que nos preguntemos. La respuesta parece fácil y obvia, pero encierra una reflexión profunda sobre cómo procesamos e interpretamos lo que vemos. Por perfecto que sea, un cuerpo de mármol es mármol. Christine, no obstante, es carne, está viva y al final sea cual sea la sugerencia de sus poses (más sexuales, fotogénicas o rebuscadas) lo trascendente no es la pose sino la humanidad que emanan, aún fingiendo perfectamente ser mármol, a lo que se suma el hecho inequívoco de la brevedad de la vida frente a un hombre bello, apolíneo y duradero que permanecerá así porque está hecho de mármol. Este aspecto emerge más significativo e importante para nosotros, quizá porque somos congéneres de esta escultura simulada, teatralizada y coreografiada. No es pieza fácil, hay que advertir. Exige concentración y paciencia, dos cualidades muy menospreciadas y vilipendiadas en estos tiempos rápidos que vivimos, pero la experiencia tiene recompensa. En su aparente frialdad, nos da una aportación tremendamente cálida y humana que deriva del esfuerzo hierático (y verdaderamente admirable) de Christine Cloux haciendo de nuestra escultura particular, tan efímera y vulnerable como su vida… y la nuestra.




