TIERRA, ALGORITMO Y LÁSER
El Lucía Lacarra Ballet regresa mañana al Teatro Arriaga, de Bilbao, para el estreno de A.I. (Amalur Indarra), una propuesta en la que la madre tierra busca contraponerse a la inteligencia artificial. Hablamos con su creadora...
Texto_JUDIT GALLART Fotos_JESÚS VALLINAS / JOSÉ LUIS REGALADO
Madrid, 26 de marzo de 2026
El Teatro Arriaga de Bilbao se viste de largo para recibir el estreno absoluto de A.I. (Amalur Indarra), la nueva y ambiciosa apuesta del Lucia Lacarra Ballet, cuyo nombre, una vez que abandone los límites de Euskadi, será reconvertido a Amalur Infinita. Tras el éxito internacional de Lost Letters, la estrella guipuzcoana regresa al escenario que la vio debutar como directora para presentar una obra que huye de la narrativa lineal y se sumerge en un concepto de máxima urgencia: el conflicto entre la deshumanización tecnológica y la fuerza de la naturaleza. Las funciones, que tendrán lugar desde mañana hasta el sábado, justo antes de aterrizar en Vitoria con dos representaciones más en el mes de abril; suponen la consolidación de una compañía privada que, bajo el liderazgo de Lacarra y Matthew Golding, ha logrado realizar más de 60 funciones en apenas tres años, un hito en el panorama actual de la danza.
Lacarra no solo habita la escena, sino que firma la dramaturgia de una pieza que cuestiona el espacio que queda a la emoción en un futuro dominado por algoritmos. “En esta ocasión, fusionamos el tema de la inteligencia artificial con el del cambio climático, los cuales están muy relacionados ya que estamos tan ocupados pensando en las nuevas tecnologías, en el progreso, en el futuro, en vivir en otros planetas, que estamos olvidando el nuestro. La inteligencia artificial ha venido para quedarse, pero tenemos que aprender a utilizarla y no dejar que nos controle”, reflexiona Lacarra, afirmando que la defensa de las artes en vivo representa en la actualidad una nueva forma de resistencia frente a la perfección técnica y vacía de la inteligencia artificial. "Para que sea arte tiene que tener emociones, humanidad, quizás también esa imprecisión que tenemos los seres humanos".

Racionalidad vs Emotividad
La arquitectura de A.I. (Amalur Indarra) se sostiene sobre un diálogo coreográfico inusual en el que el coreógrafo murciano Juanjo Arqués une fuerzas con Golding para crear dos lenguajes diferenciados: uno racional y lógico para la civilización controlada, y otro orgánico y emotivo para Amalur, la diosa Madre Tierra presente en la mitología vasca. Una dualidad que se funde con la luz láser, protagonista física de la opresión tecnológica en el escenario; al tiempo que se deja arropar por el paisaje de las Bardenas Reales, escenario que será proyectado en formato de película durante el espectáculo y que fue elegido por Lacarra justamente por el carácter desolado que presenta, una clara evocación de esta tierra que paulatinamente estrujamos y destrozamos.
Este estreno no solo consolida el lenguaje híbrido de una compañía ya caracterizada por entrelazar danza, cine y artes visuales, sino que pone de manifiesto la titánica labor de gestión que hay detrás. Y es que Lacarra compagina los ensayos con la producción, los contratos y la dirección técnica, una agotadora nueva realidad para la bailarina que ya muchos artistas vienen experimentando con sus propios proyectos dentro de nuestras fronteras, aunque Lacarra reconoce disfrutar sobremanera la libertad que este rol le otorga en lo que respecta a las decisiones artísticas.
"Cuando eres bailarina, eres responsable de hacer bien tu trabajo y se acabó, si ocurre cualquier imprevisto a nivel técnico, logístico o de lo que sea, no es tu responsabilidad. Pero aquí, todas las decisiones y responsabilidades son nuestras y eso es muchísimo trabajo, aunque una vez que llegas a ese escenario, el nivel de satisfacción no se puede comparar".
En un tiempo donde lo virtual amenaza con devorar la experiencia sensorial, A.I. (Amalur Indarra) se planta en el escenario para recordarnos que el arte de la danza solo late cuando hay un cuerpo presente, imperfecto y capaz de conmoverse ante el rastro de la Tierra Madre. Una reivindicación del teatro como último refugio de lo auténtico, donde el láser y la carne conviven para invitarnos a reflexionar sobre qué estamos dispuestos a salvar de nosotros mismos.




