BÉJART VIVE… VIVA BÉJART
El Ballet Béjart Lausanne vuelve a conquistar París. Un programa emblemático en la descomunal La Seine Musical de la capital francesa reaviva la pasión por el fallecido creador marsellés. Anoche brilló con luz propia la española Elisabet Ros. Allí estuvimos…
Texto_OMAR KHAN Fotos_GREGORY BATARDON / ADMILL KUYLER
París, 13 de maro de 2026
Si aún viviera, Maurice Béjart (Marsella 1927 – Lausanne, 2007) estaría pletórico. No solamente sigue vivo y activo su repertorio desde la que fuera su compañía, el Ballet Béjart Lausanne, con sede en Suiza, sino que su idea de hacerla popular y asequible para todo el mundo en locales de gran capacidad (le encantaba llenar estadios) encontró continuidad anoche en la Seine Musicale, de París, descomunal recinto para grandes eventos y conciertos de la capital francesa, donde el ingenio del creador se desplegó a través de un programa muy ilustrativo –una especie de guía Béjart- conformado por las piezas Béjart et Nous, El pájaro de fuego (foto inferior) y, desde luego, Bolero (foto superor), la que fue su obra maestra, la más emblemática de todas, un clásico a día de hoy.
Acudió un gentío a la cita –y habrá funciones hasta el próximo domingo- pero es verdad que no había muchos jóvenes, era más bien una audiencia senior seguramente ávida por revivir la experiencia, gente que lo más probable es que ya era conocedora y admiradora de Béjart en sus momentos de mayor esplendor. Pero estaba lleno.
A su vez, para la compañía suiza era también un momento especial. Después de la salida de Gil Román, su director artístico desde la muerte del maestro marsellés, por un incidente ocurrido hace dos años justamente en París (TRAS 17 AÑOS), era la gran ocasión para promocionar a Julien Favreau, también exbailarín de Béjart, ahora al frente de la institución.
De su gestión nace la coreografía-collage Béjart et Nous, un verdadero acierto, en tanto que permite descubrir dónde radicaba el éxito del gran coreógrafo con una audiencia ajena al ballet, ese público popular que tanto le adoraba y vitoreaba. Se trata de un compendio de trece extractos de trabajos mayores del creador, inteligentemente escogidos.

Compendio Béjart
Abre Béjart et Nous con Concierto en Re para violín con catorce bailarines, lo que permite apreciar su máxima habilidad: el manejo de grandes grupos y su otro gran empeño, el de crear con esmero para varones en un momento en el que las compañías de ballet y los coreógrafos se inclinaban más por el reinado de las ballerinas. El college incluye su innovadora manera de abordar el pas de deux, con duetos delirantes y humorísticos como el de la muy divertida Héliogabale de aires tribales y trogloditas, o la más lírica, porque también era poético Béjart, In chambré separé. La selección incluye atrevimientos (para la época) como el dueto masculino Tango de Faust o su pasión por el elemento exótico colado por su particular estilo como Las danzas griegas para equipo femenino. También su inclinación por músicas populares del pop y rock (no olvidar Le Presbytere que mezclaba Queen y Mozart), destacando el explosivo final de Béjart et Nous, con un psicodélico extracto de Le Jerk, con música de Pierre Henry.
Y desde luego, su también particular manera de abordar los solos, destacando muy por encima Ne me quitte pas, creada a partir de la canción de Jacques Brel, y bailada con el necesario arrojo y desgarro por Elisabet Ros, la bailarina catalana que por derecho se ha convertido en la estrella de la compañía. A sus cincuenta y largos años, la que fuera estrella del extinto Ballet de Zaragoza, demuestra que vale más la emoción y la entrega que la pirueta de infarto, algo en lo que creía firmemente Béjart aunque no por ello, dejara de usar los más difíciles pasos y posturas de la técnica clásica.
Fue el primer gran momento de Elisabet Ros en la noche porque el segundo, ya un clásico, fue interpretar una vez más y con el mismo brío, entrega y adrenalina de antes, el maravilloso de solo de Bolero, un papel codiciado por estrellas en el que otrora brilló la musa de Béjart, el argentino Jorge Donn, al que se lo llevó el sida en el auge de la pandemia. Con verdadera pasión y resistencia, la intérprete catalana sostuvo el extenuante soliloquio sobre esa mesa roja, desde donde es adorada y deseada por un séquito de 32 bailarines varones perfectamente sincronizados a su alrededor.
Puede que en los trabajos de Béjart el tiempo pase factura, que pese en algunos una estética demodé del neoclásico en boga en los años ochenta, pero no en Bolero. Impresiona su vigencia, su capacidad de emocionar, su prodigio en la composición, su medido timing y belleza formal, con esa mesa roja y sillas flamencas que recuerdan las tabernas españolas. Por eso, no es ya su coreografía emblemática sino un emblema de la coreografía del siglo XX.
Entre medias, la deliciosa Pájaro de fuego, un ejemplo de sus ballets narrativos de enorme belleza y precisión. Brilló aquí, el jovencísimo Konosuka Takeoka como el pájaro rojo. Y ese es otro aliciente del trabajo de Béjart, que tiene roles que consagran estrellas. Todavía hoy.




