CENICIENTA… SENCILLA Y DESCALZA
Bailaron anoche en los Teatros del Canal, de Madrid, Los Ballets de Montecarlo, con ‘Cenicienta’, en adaptación libre de Jean-Christophe Maillot, director artístico del potente equipo monegasco. Fuimos a verlo y esto no ha parecido…
Texto:OMAR KHAN Fotos_ALICE BLANGERO
Madrid, 27 de marzo de 2026
Uno de los principales aciertos y hallazgos de Cenicienta, el ballet de Jean-Christophe Maillot que anoche bailaron Los Ballets de Montecarlo en los Teatros del Canal, reside justamente en el diseño del personaje principal, que huye de la dualidad harapienta/ princesa asentada por Disney, para presentarnos a una Cenicienta modesta y sencilla, encantadora, inocente y atada a su pasado, la única descalza en un universo donde ellas bailan en puntas, sean humanas o hadas. Cuando acude al baile, un simple vestido blanco, y en vez de zapatillas de cristal, los pies aparecen bañados de purpurina. Como ya es usual en sus adaptaciones de obras conocidas y reconocidas por el público, el coreógrafo francés evita la historia tal y como se conoce, y la reinventa con el fin de dotar de humanidad a unos personajes que dejan de ser estereotipos de cuentos.
En este sentido, aparte de la protagonista, la madrastra y sus dos hijas están muy lejos de la caricatura grotesca de la madre malvada y las dos hijas feas y tontas. Son tres personajes antipáticos con unas circunstancias que obligan, de forma natural, a rechazar a Cenicienta. Tampoco es que el ballet sea un ejercicio de realismo pero intenta humanizar –incluso al Hada Madrina- y recolocar las piezas en función de la renovación e innovación inyectada a los personajes. Estrenado en 1999, este ballet sigue representándose con frecuencia por la potente compañía monegasca, lo que lo hace ya emblemático y representativo, quizá junto a Romeo y Julieta, del universo creativo y narrativo de Maillot, que despliega aquí una vez más sus dotes de cineasta capaz de narrar desde el ballet historias de connotaciones muy humanas.

Coloridos vestuarios
En apariencia sencilla, la puesta en escena se mueve dentro de la funcional escenografía de Ernest Pignon Ernest, unos paneles móviles que representan y sugieren las distintas estancias, al tiempo que la espectacularidad usual de Los Ballets de Montecarlo recae aquí en el suntuoso y colorido vestuario, todo un prodigio de creación del diseñador Jérôme Kaplan. Austera y predominantemente blanca para tratarse de un cuento de hadas, Cenicienta destaca por la elegancia, el buen gusto y un alejamiento explícito de Disney y sus numerosos imitadores, optando por un universo propio en el que destacan figuras casi inexistentes en el original como la madre biológica de Cenicienta creada a semejanza del Hada Madrina.
La danza es ágil, eficaz y portentosa a lo largo de los tres actos, siempre vinculada a la narrativa de los acontecimientos y bajo los designios de la música de Prokofiev, que hay que decir que no siempre encaja satisfactoriamente en lo narrado. En su totalidad el elenco, incluido el cuerpo de baile, mantiene un nivel altísimo de excelencia durante toda la representación. No obstante destacan por encima de la media dos bailarinas en roles muy contrastados. Por un lado, Anissa Bruley que construye una Cenicienta desde la credibilidad y lo terrenal como una jovencita que se debate entre la resignación de ser lo que en desgracia le ha tocado y la ilusión y aspiración de convertirse en princesa. Y por el otro, Katrin Schrader, impecable en la técnica, en el agraciado papel de un Hada Madrina interconectada/fusionada aquí con la madre ausente que, en la tónica de todo el relato, se balancea entre el realismo y la fantasía.
Esta Cenicienta tiene 28 años de rodaje en escenarios (a España ha venido a varias ciudades en distintos momentos) y se corresponde con un período temprano de la obra de Maillot. Si se compara con títulos narrativos suyos recientes (Coppél.I.A., Ma Bayadere) notamos que con los años se ha ido haciendo más preciso en la narración, con historias complejas mucho más nítidas y fáciles de seguir, pero como se demostró anoche en Teatros del Canal, en Cenicienta ya está perfectamente desarrollada la estética que hermana a todas sus creaciones, las constantes de su danza (ese interés por engrandecer los equipos masculinos, por ejemplo) y su obsesión por delinear personajes más humanos que los arquetipos de los cuentos de hada. El público abarrotó la Sala Roja de Canal, y dispensó un cálido saludo al final de la representación.



