4000 METROS DE SEDA
La curiosa creación ‘Inhale, Delirium, Exhale’ es una propuesta escénica inclasificable de la creadora belga Miet Warlop, que mañana y pasado derramará cataratas de seda en el escenario del madrileño Centro de Cultura Contemporánea Condeduque. Te lo contamos…
Texto_OMAR KHAN Foto_REINOUD HIEL
Madrid, 03 de marzo de 2026
Miet Warlop (Torhout, 1978) es de alguna manera heredera del boom de la nueva danza belga. Una voz nueva y diferente del teatro europeo, que más que una coreógrafa o una directora teatral es una prestidigitadora escénica, la dueña de un abracadabra personal y fascinante que se ha caracterizado por crear un teatro de objetos a lo bestia, en lo que podríamos llamar una magnificación del truco teatral.
Aunque sus creaciones están muy cerca de la plástica y las artes visuales no hay que engañarse respecto a la naturaleza escénica de sus producciones. No obstante, tampoco pertenece por derecho al mundo de la danza, pero sus investigaciones más recientes –de enorme fisicalidad- la han ido conduciendo hacia el extremo más híbrido de lo dancístico. Inhale, Delirium, Exhale, su nueva creación, que llega mañana al madrileño Centro de Cultura Contemporánea Condeduque, con función adicional el día 05 de marzo, es ejemplar. Con sus cascadas de cuatro mil metros de seda, la obra dejó asombrada a la audiencia que la vio y vitoreó en el Festival Temporada Alta, de Girona, en noviembre del pasado año, donde pudimos verla.
Lo que por lo general es un efecto puntual dentro de un espectáculo, se convierte aquí en la dramaturgia y único interés. Es verdad que la pieza te puede llevar a la ensoñación, al asombro, a adivinar personajes e incluso a leer historias pero difícilmente es una pieza narrativa. Se trata de un insólito ejercicio de dominio teatral, de una acción escénica superlativa, una macro performance en definitiva, que pone en movimiento toda la maquinaria del escenario para construir lo que podríamos llamar una poética de la seda.

Cataratas de colores
Los rollos de tela de colores varios caen como cataratas sobre el escenario, y un equipo eficaz de cinco intérpretes, solícitos, perfeccionistas y veloces, se encargan de ordenarlos, reacomodarlos y recogerlos. Les ayuda una maquinaria (un recurso recurrente en Miet Warlop), unos rodillos que recogen las telas pero hay también unas máquinas de disparar pelotas, que a su vez las lanzan por los aires en un juego constante de orden-caos. El cuidado cromático, el elemento sorpresa, la meditada secuenciación de las escenas, la iluminación expresiva y la imponente música de Deewee procuran un espectáculo audiovisual de enorme potencia.
La intención, en palabras de Warlop, de “representar la turbulencia interna de un proceso creativo” encaja perfectamente con esta propuesta de apariencia abstracta que, sin embargo, como la mente de un artista embriagado por la creación, pasa por muchos estados, con momentos de efervescencia y delirio, y ratos de quietud, contemplación y reflexión. Hay belleza en estado puro en muchas de las imágenes. El accionar de ventiladores que dibujan los cuerpos de los bailarines como seres fantásticos tras las telas, la caída, expansión y rápida desaparición de sedas que se escurren o se enrollan, la simulación de mares y sabanas… todo aquí es sugerente y bello.
Son mundos fantásticos que se construyen y diluyen ante nuestros ojos en una performance inclasificable de una tremenda exigencia física, donde la danza emerge del esfuerzo que hacen los intérpretes para controlar las telas que vuelan, los rollos que caen, las subidas y bajadas súbitas de la parrilla, en un escenario en perenne transformación, que procura un espacio inestable, cambiante, incluso amenazante, que se presenta a la vista no “simulando ser” sino siendo exactamente lo que es: la tramoya que permite el deux-ex-machina, un enjambre de tubos, poleas, cuerdas y contrapesos que se activan con el propósito de derramar cientos de metros de seda de manera compulsiva, que exigen ser recogidos para que la acción avance.
La maquinaria procura caos y desorden, los humanos ponen orden y lógica. Bonita y optimista metáfora de la existencia.




