EL CUERPO COMO TERRITORIO
‘A Place to Dance’, creación conjunta de Yinka Esi Graves & Poliana Lima se estrena esta semana en el Teatro Central Sevillano, antes de su llegada al Festival Dansa Metropolitana en el Mercat de les Fors, de Barcelona. Hablamos con ellas…
Texto_JUDIT GALLART Foto_MIGUEL ÁNGEL ROSALES / EL GRANER
Madrid, 25 de febrero de 2026
Poliana Lima (Brasil, 1983) despliega un mapa de sus últimos años de búsqueda con tres piezas programadas en el barcelonés Mercat de les Flors bajo el manto del Festival Dansa Mteropolitana: Oro Negro (2022, el 4 de marzo), The Common Ground (2024, los días 07 y 08 de marzo) y su nueva creación, A Place To Dance (13 y 14 de marzo), un dueto creado a cuatro manos junto a Yinka Esi Graves, que tendrá su estreno absoluto esta misma semana, los días 27 y 28 de febrero, en el Teatro Central de Sevilla. Un tríptico emblemático del trabajo de la creadora brasilera anclada en Madrid, que no mira hacia atrás sino que sigue latiendo; piezas vivas que encuentran en el público el lugar exacto para completarse, como si cada mirada terminara de escribir lo que ella solo puede empezar.
“Las piezas tienen sentido cuando tú las entregas a un público, ahí es donde ocurre el ritual del teatro”, afirma Lima como recordando que la danza no existe sin el calor de quienes la miran. Insiste en que no hay revisión ni retrospectiva, únicamente continuidad. Cuando habla de su trayectoria, lo hace desde una conciencia muy precisa, y es que la artista brasileña continúa moviéndose por las mismas preguntas: ¿quién soy?, ¿quiénes somos?, ¿qué es estar vivo?... pero el cauce ha cambiado, desembocando en nuevas formas de resonar en el cuerpo.
“Creo que voy pasando desde algo más personal a algo más abstracto, ahora presto más atención a los aspectos formales de las piezas”, nos confiesa en relación a una verdad que ya no es íntima sino compartida. En Oro Negro (2022) excavaba en el cuerpo como si fuera un estrato arqueológico, un cuerpo brasileño en el que se entremezclan múltiples herencias. Ese cúmulo de capas, dice, está inscrito en la carne, y es precisamente desde esa conciencia del cuerpo como archivo que se despliega. En cambio, The Common Ground pone a convivir trayectorias diversas sin renunciar a su singularidad. Un espacio común que nunca es uniforme, presentándose como un territorio en el que se inventa al andar.

Multicultural
A Place to Dance es un espectáculo creado junto a Yinka Esi Graves, artista multicultural que ha sido reconocida por su exploración de los vínculos entre el flamenco y la diáspora africana. “Contacté a Yinka antes de estrenar Oro Negro. Cuando supe que era una bailaora inglesa, que los padres son de Jamaica y Ghana, que vive en Sevilla y baila flamenco, me pareció que podríamos compartir mucho respecto a este cuerpo que está influenciado por múltiples vectores culturales que te dan diversas cosmovisiones”.
El proceso creativo de la pieza es definido por Lima como un territorio de suavidad y escucha, marcado por una afinidad que parecía preexistir al propio proceso. “Sentí que todo fue fácil, hay voluntad de escucha y de encuentro. Estamos mucho más pendientes de lo que nos es común que de lo que nos hace diferentes”, señala respecto a una pieza impregnada por el tono de encuentro y afinidad inesperada en la que ambas se sitúan dentro de un espacio poroso donde la danza es construida desde la escucha, el tacto y la respiración compartida, como si cada gesto fuera una forma temporal de sostenerse mutuamente, dando como resultado toda una celebración.
“A Place to Dance es un homenaje, una celebración del cuerpo y de la danza como sabiduría”. Pero también como un recordatorio de algo esencial: la danza como acto colectivo. En escena, dos cuerpos se revelan no como identidades cerradas, sino como territorios en tránsito, planteando el encuentro no como síntesis, sino como correspondencia. Y es en esa misma correspondencia que Lima encuentra un espacio en el que la danza se vuelve pensamiento, abriendo preguntas que ninguna teoría alcanza y donde el movimiento se convierte en una forma de comprender la realidad, esa realidad que, según ella, “se altera, nunca es fija, se mueve con nosotras”.

YINKA ESI GRAVES
POÉTICA Y POLÍTICA
Para Yinka Esi Graves (Londres, 1983), A Place to Dance es, ante todo, un lugar de apertura, un espacio donde el movimiento no pertenece solo a quienes lo ejecutan, sino también a quienes lo reciben. “Proponemos que cualquier sitio puede ser un lugar para crear un vínculo entre cuerpos e invitamos al público a compartir este espacio con nosotras”, señalala creadora de la exitosa The Disappearing Act, coreografía que consiguió hacerse un lugar en el muy prestigioso Festival de Avignon el año pasado.
La nueva obra, en la que DJ, músico, técnicos y bailarinas conviven en una misma respiración permite que todo ocurra a plena vista y sin zonas ocultas, como si la propia estructura escénica quisiera reclamar transparencia. Graves define el encuentro con Poliana Lima como una afinidad nacida del impulso en la que ambas se mueven desde un interior que no obedece a la estética, sino a la necesidad. “Trabajamos desde una singularidad, desde un deseo interior guiado por algo más sentido”, nos desvela.
Como mujer afro-británica en un territorio que suele leer el flamenco desde una matriz única y homogénea, hay en ella una claridad política y poética sobre las herencias que porta y con la que busca abrir grietas visibilizando lo que ha sido borrado. “La cultura de Poliana hereda algo de la gran población afrodescendiente brasileña, pero desde Brasil hay una aspiración hacia lo europeo y eso es una especie de negación”, observa, reconociendo en ello la experiencia de vivir en un cuerpo donde la herencia afrodescendiente es evidente, profunda, pero históricamente relegada al silencio.
A través de ese gesto, Graves defiende una danza que rehúye la estética como finalidad. “A Place to Dance invita a valorar el potencial de la danza más allá de lo estético. Para mí, bailar es abrir un espacio donde el cuerpo pueda desplegar su memoria sin filtros, sin jerarquías y sin las expectativas que históricamente han limitado la presencia negra en escena”. La pieza se convierte así en un territorio donde lo afrodiaspórico no es una alusión ni un subtexto, sino una potencia viva que sostiene la relación entre ambas intérpretes. Por eso A Place to Dance aterriza como toda una declaración, como un lugar para bailar, sí, pero también para reconocerse, escuchar(se) y reclamar un espacio donde las identidades híbridas puedan desplegarse sin negación ni reducción.




