EN EL ORIGEN DEL MAL
La joven compañía de Alicia Narejos reflexiona sobre la naturaleza maligna en ‘Mal’, la coreografía que esta semana estrena en Murcia. Nos lo ha contado…
Texto_OMAR KHAN Fotos_MIGUEL BOHÓRQUEZ
Madrid, 18 de enero de 2026
Tras nueve años pensando en el mal, Alicia Narejos finalmente lo va a materializar en un escenario. Será en el Teatro Circo Murcia este sábado 24 de enero y se trata de la producción más ambiciosa de su muy joven compañía madrileña. Inicialmente, Mal, que así se llama esta propuesta para tres bailarines y un artefacto inquietante que vigila y acecha, fue en un principio su trabajo de fin de grado en el Conservatorio Superior de Danza María de Ávila, en Madrid. Transmutó luego en pieza corta, tuvo largos períodos de inacción, quiso ser minimalista pero no lo consiguió y fluctuó sus elencos hasta que le llego el momento.
“La idea me persigue”, confiesa la creadora. “Cuando gané una Residencia de Investigación en Teatros del Canal decidí finalmente montarla. La larga duración de todo este proceso ha terminado siendo un factor interesante porque ha permitido una reflexión sobre lo que pienso yo ahora, nueve años después, de los mismos conceptos que sustentan la obra”.
Esos conceptos no se centran solamente en lo más obvio, el binomio bien-mal, sino en asuntos relacionados con la culpa y el autocastigo que desde nuestra infancia nos son inoculados. “Hemos intentado desmontar el mal” nos explica. “Nos preguntamos ¿qué es el mal?, ¿se nace malo?, ¿somos puros y el mal nos corrompe? ¿puede un niño, símbolo de inocencia, ser malo? … y estas preguntas nos llevaron a preocupaciones de la gente joven hoy en día, que afronta problemas como el bullying”.

Tres niños
Nada es obvio en Mal. Ha querido su autora huir de los tópicos y ubicarse en un plano menos realista, aunque su propuesta se enmarque dentro de las coordenadas de la danza teatro. El punto de partida son tres niños, encarnados por ella misma, María Rufo y David Vilarinyo, y la figura de autoridad. “No son caricaturas de niños”, advierte, “pero se desarrolla en el mundo de la infancia, ahondando en la relación con la autoridad, sean figuras de poder como los padres o los maestros, o entes como el estado o la sociedad, que en un principio estaba simbolizado en un maniquí que se hacía demasiado evidente, así que pasó a convertirse en este artefacto vigilante que nos diseñó el arquitecto Pablo Batista. Buscamos expresamente esos puntos disfuncionales en la educación, investigamos en los totalitarismos, en qué momento se forman, en la naturaleza del conflicto”.
Incipiente coreógrafa, Alicia Narejos ya traía fundido en su cuerpo y mente el binomio del bailarín-creador desde sus días del conservatorio. Su experiencia como bailarina es larga y en su trayecto ha tenido la suerte de toparse con coreógrafos que les exigían ese componente creativo. Así fue con Muriel Romero, actual directora de la Compañía Nacional de Danza (CND), para la que trabajó cuando dirigía su propia compañía Instituto Stocos, y así sigue siendo para Antonio Ruz, con quien mantiene una relación próxima, ahora mismo girando como bailarina en sus producciones Norma y Pharsalia, coreografía bélica con la que han ido recientemente a Corea y Bogotá. “Hoy veo la creación indivisible de la interpretación. El bailarín actual es también creador, o por lo menos, improvisador. Estos coreógrafos con los que he trabajado como intérprete me han pedido siempre la participación”, concluye.






