bloggif 69a19a21f2565GESTA SIN ÉPICA

Al ‘Cantar de gesta’, de Mucha Muchacha, estrenada anoche en el Centro Condeduque, de Madrid, le falta un hervor. Fuimos a verla y esto pensamos…

 

 

Texto_OMAR KHAN Foto_MARIO ZAMORA

Madrid, 27 de febrero de 2026

Expectación no faltaba y razones había. El colectivo Mucha Muchacha, de ascenso meteórico, estrenaba anoche en el madrileño Centro de Cultura Contemporánea Condeduque, que es ya es su casa, Cantar de gesta, su tercera pieza después de dos prodigios: Mucha Muchacha, propiamente dicha, que supuso su debut rutilante con una insólita y muy libre aproximación al flamenco y la insuperable Para cuatro jinetes, que ofrecía una reflexión muy profunda, pero desternillante (de allí su gracia) al papel del folclor en estos días de velocidad e internet. Coherente con esa línea de investigación su nueva creación se pregunta dónde ubicaríamos hoy el poema épico medieval y qué lugar ocuparía el héroe. En otras palabras: ¿cómo se hubiese gestionado, por ejemplo, la hazaña del Mio Cid si en aquella época hubiese existido Instagram?

La temática es una continuidad lógica de su investigación. No tanto la dramaturgia y puesta en escena. Con apenas dos espectáculos estrenados, ya podemos hablar de un lenguaje reconocible, un sello y una identidad, todo un logro para una compañía emergente. Y desde esa base podríamos decir que hay dos momentos que son legítimamente muchamuchacha en Cantar de gesta: el prólogo, una maravilla en la que las cuatro intérpretes (Ana Botía, Belén Martí Lluch, Marina de Remedios y Marta Mármol, posando en la foto), fuera del escenario y en un tono coloquial nos van soltando uno tras otro, ejemplos de chistes de la familia “sube el telón-baja el telón-¿cómo se llama la obra?”. La retahíla deviene en una reflexión sobre los sueños con el que las cuatro se van al escenario. El otro gran momento muchamuchacha llega al final con una canción bailable (nunca mejor dicho) desplegada a la manera karaoke, que hace que, aunque tardíamente, el espectáculo se venga arriba. Es un intento (lícito, hay que decir) de cerrar con el fiestorro con el que acababa Para cuatro jinetes.

El problema está entre medias. Hay un factor determinante que impide el desarrollo coreográfico: la aparatosa escenografía de Marta Lofi, un dispositivo de plástico inflable que lo abarca todo y no aporta mucho, que deja a las chicas arrinconadas en una pequeña plataforma roja para bailar. La danza propiamente, bloque largo y nuclear de la propuesta, transcurre allí apiñada con parsimonia y lentitud, y hay que estar muy atento e informado para captar y entender su ceremonial evolución que va de pequeños “gestos de gesta” en alusión medieval hacia una danza más libre y menos encorsetada que termina en el delicioso desparrame final. Solo desde el baile, a las muchachas les es difícil articular el discurso, y mira que lo intentan. Pero la labor es titánica e inútil, sobre todo si prescinden de la palabra (algo que abundaba en las dos creaciones anteriores y permitía explicarse) y no les queda casi espacio para bailar.

La cuidada iluminación de Benito Jiménez aporta información y conduce de alguna forma el devenir escénico y lo mismo la música, muy acertada, de Antropoloops, pero sobre todo la canción de Héctor Arnau, que se convierte en la aportación dramatúrgica más importante e imprescindible de la propuesta.

Saber qué pasó ésta vez, descubrir por qué a esta gesta le falta épica, probablemente lo desvela la ausencia en la ficha técnica de Celso Giménez, de La Tristura, que -ahora lo entendemos- era la clave dramatúrgica del éxito de los dos trabajos anteriores de Mucha Muchacha. Parece imnportante destacar que anoche el público parecía fascinado, y brindó una estruendosa ovación de pie al espectáculo.

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