MÁS ABREU QUE NUNCA
Daniel Abreu triunfó anoche en el estreno en Teatros del Canal de su pieza Capítulo, un trabajo que marca un claro punto de inflexión al alejarse de aquello que acostumbra a mostrar, pero a su vez siendo más él que nunca. Así lo vivimos...
Texto_JUDIT GALLART Fotos_marcosGpunto
Madrid, 27 de febrero de 2026
Anoche, la Sala Verde de los Teatros del Canal pareció detenerse en un tiempo distinto, como si el vacío del escenario fuera en realidad una página en blanco esperando el primer trazo de una confesión. Y es que Daniel Abreu no solo presentó su nueva pieza, sino que se abrió paso con la determinación silenciosa de quien despeja un sendero entre la maleza hacia un nuevo camino. Había algo en esa atmósfera que trascendía lo puramente escénico, una vibración de umbral, de cierre de un ciclo vital que el coreógrafo tinerfeño ha decidido transitar con la honestidad de quien ya no teme a su propia fragilidad. Antes incluso de que el primer cuerpo se tensara bajo los focos, se percibía que lo que estábamos a punto de presenciar no era un capítulo más en su vasta cronología, sino una reescritura necesaria.
En Capítulo, Abreu no propone un relato con una historia coherente, sino una multitud de apartados -como la vida misma- que exigen la atención constante del espectador. Y es que en todo momento son muchas las cosas que invaden la escena, generando un profundo diálogo entre música, movimiento, iluminación y demás elementos técnicos como las proyecciones, aunque quizás estas últimas podrían haberse integrado con mayor sutileza y definición visual, de modo que acompañaran la potencia del conjunto sin restarle profundidad ni matiz ya que, en algunos momentos, parecían no alcanzar el mismo nivel de cuidado estético que el resto de la propuesta.
Entre escenas bautizadas por colores -rojo, blanco, gris, verde- el creador va apareciendo como una presencia casi fantasmal para recitar un texto cargado de simbolismo sobre acciones enmascaradas y gestos que mueren, sobre un mundo envuelto en múltiples cambios externos, pero carente de cambios internos en el que nos hemos tornado mercancía maltratada. Un manifiesto que llegaría como una fisura abierta en el muro de un sistema de trabajo que el coreógrafo reconocería como agotador, y que anoche empezó a transformar en una nueva forma de estar y de expresar.

El paisaje canario
Las referencias al paisaje canario mantienen su arraigo en el repertorio de un creador donde la naturaleza reclama insistentemente su espacio. Con una atmosfera altamente onírica bañada por ese mar de nubes que comúnmente envuelve la cumbre del imponente Teide, la escena queda inundada -como no podía ser de otra manera- por diversas ramas y troncos, ese tan noble material que obliga a los cuerpos a entablar el diálogo con lo rígido y lo orgánico.
En otro pasaje, la iluminación rojiza lograría transportarnos a una calima abrasadora, un cargante polvo en el aire capaz de asfixiar el movimiento y difuminar los contornos. Es en este entorno sofocante donde la danza se vuelve más ritual, tribal incluso, quedando marcada por un ritmo percutido constante que guía las cabezas de los intérpretes en un asentimiento incansable que bascula entre el perdón y la resistencia. Movimientos ondulantes envuelven al espectador en un baile comunal donde los cuerpos se buscan, juegan y se guían entre sí ante la necesidad urgente de unión y sostén mutuo.
Los cuatro intérpretes que arropan a Abreu sostienen la pieza con una entrega admirable, pero anoche hubo un cuerpo que parecía convocar la luz hacia sí. Emiliana Battista ondulaba con un magnetismo denso, un vaivén casi lunar que atrapaba la mirada antes incluso de comprenderlo. En ese contoneo latía ya el impulso del vuelo pues, de pronto, su figura se alzaba ágil y precisa sobre los tablones que dos compañeros ofrecían como umbral inestable. Caminó sobre la madera como quien aprende un nuevo alfabeto del equilibrio, meciéndose en su filo y abrazando las tablas con las piernas en un gesto —mitad riesgo, mitad juego— que lograría convertir la materia en oleaje y el escenario en un territorio suspendido.
En esta pieza, que volverá a representarse hoy y mañana en los teatros de la calle Cea Bermúdez, el trabajo de Abreu marca un claro punto de inflexión, pues no es lo que nos acostumbra a mostrar, pero a su vez es más él que nunca, lo que deja claro que, si esta es su nueva dirección, sin duda va por el camino correcto.



