MAILLOT HUYE DE LA INDIA EN SU SORPRENDENTE ‘BAYADERA’
El director de Los Ballets de Montecarlo estrenó anoche, en Mónaco, una atrevida versión del conocido ballet exótico. Fuimos a verlo y esto nos ha parecido…
Texto_OMAR KHAN Fotos_ALICE BLANGERO / HANS GERRITSEN
Montecarlo, 28 de diciembre de 2025
Astutamente Jean-Christophe Maillot se ha saltado ese (nuevo) obstáculo de la “apropiación cultural”, un asunto muy de nuestros días que hoy persigue y condena supuestos plagios y miradas occidentalizadas en obras explícitamente exóticas como La Bayadera, título clave del repertorio académico decimonónico, cuya ingeniosa adaptación el coreógrafo francés ha estrenado anoche en el Grimaldi Forum, de Mónaco, con su agrupación Los Ballets de Montecarlo, la potente compañía presidida por la Princesa Carolina de Mónaco, presente ayer en el estreno.
Maillot ha escenificado un imposible. Agregando un más que acertado posesivo al título, Ma Bayadère es eso, su propia y personal visión de un clásico conocido y reconocido por el público. Desde luego se toma licencias y, sin traicionar lo esencial, inventa, encaja y transgrede. Ingeniosa e inteligente resulta su reinvención hecha desde el recurso del ballet dentro del ballet en el que, como hiciera Antonio Gades con Carmen, a una compañía que está montando La Bayadera le ocurre lo que en el ballet se cuenta, fundiendo -o confundiendo- una narrativa con la otra.

Ballet en el ballet
Maillot siempre ha tenido vocación de cineasta y ha sentido verdadera fascinación por los ballets narrativos de relatos complejos. Con esa experiencia aborda ahora esta historia de amores imposibles pero aquí sin fuerzas sobrenaturales, con el añadido de meternos en un mundo que conoce bien: las entrañas de una compañía de ballet con sus rivalidades, pasiones, choques de ego y arrogancias varias.
Otorga a un instrumento de trabajo como la barra de ballet un auténtico protagonismo, convirtiéndola en el ring de rivalidades, peleas y enfrentamientos entre los personajes, pero también en lugar espiado, el punto de encuentro para el amor y en territorio de desahogo para el dolor y la rabia. Parece una manera elegante de insistir y recordarnos que no estamos en La India exótica sino en un ballet que narra la peripecia de montar un ballet. Por este camino desecha los clichés de La India y los reduce a unos pocos elementos significativos: un elefante o algunos trajes típicos, muchos de ellos colgados en perchas.
Resulta curioso y revelador que la única escena en la que se reproduce con fidelidad un trozo completo del ballet original -el episodio de La danza infernal- se haya negado a coreografiarlo y lo haya cogido prestado (con licencia) de la versión del célebre coreógrafo ruso, hoy anclado en Norteamérica, Alexei Ratmansky.

Sin bayaderas muertas
En la defensa de su dramaturgia, creada a cuatro manos junto a Geoffroy Staquet, toma decisiones drásticas con respecto al original como eliminar el elemento religioso-fantástico que destruye el templo al final, minimizar el solo del Ídolo de Bronce, matar a Nikiya –aquí la bailarina Niki- en un accidente laboral en vez de la mordedura de la serpiente que le ha colocado su rival Gamzatti –aquí la estrella del ballet Gamza- o, la más trasgresora, convertir el acto de las sombras, en el original protagonizado por los espíritus de bayaderas muertas, en una intervención celestial de toda la compañía, fantásticamente resuelta.
Construye el ballet en dos actos perfectamente diferenciados. El primero se ubica en la realidad de los ensayos y el segundo, el de las sombras, es una ensoñación -no opiácea- del protagonista. Todo blanco e impoluto, en medio de una niebla persistente, Solor –aquí Solo, bailarín estrella- hundido en el dolor tras la muerte de su bayadera, imagina una compañía de ballet en armonía, donde Niki vive y baila, y no hay enfrentamientos ni trifulcas.
Aunque centra la acción en los cinco personajes en conflicto, abundan los números corales, todos muy espectaculares (hay hasta 50 bailarines en escena). Destaca en fuerza y ferocidad Romina Contreras en el papel de Gamza, mientras que en el sentido opuesto, hay fragilidad y dramatismo en el personaje de la Niki construida por Juliette Klein, que lució especialmente acertada en su solo en la barra de ballet. Del lado masculino, Ige Cornelis como el desenfadado Solo, otorga naturalidad y picardía a un personaje más crecido que en el original de Petipa.
Maillot se aleja del relato fantasmal y le inyecta una buena dosis de realismo a La bayadera. Se permite hacer un homenaje auténtico al ballet y a los que lo hacen posible sobre el escenario en un primer acto festivo y reivindicativo. Pero da cuenta de una imaginación privilegiada y gran sentido de la composición en el segundo, ese acto tan blanco, tan pulcro y tan bello, otorgándose licencias poéticas con la única finalidad de deslumbrarnos y seducirnos. A fe que lo consigue…






