LA CALDERA: PRESENTE
La mudanza a Les Corts no fue un cambio de edificio. Fue un cambio de paradigma. El apoyo institucional cambió las reglas y La Caldera dejó de ser sede de nueve compañías y se convirtió en casa de acompañamiento a artistas emergentes y periféricos.
Texto_OMAR KHAN Fotos_TRISTÁN PÉREZ-MARTÍN
Madrid, 24 de diciembre de 2025
Ocupar desde 2012 el mismo espacio que, durante años, fue el Cine Renoir Les Corts, de películas de arte y ensayo en versión original, quizá ya era buen heraldo y estímulo para la nueva Caldera. Así, a unos 250 metros del Metro Les Corts, de la Línea 3 del Metro de Barcelona, se empezó a gestar un nuevo rumbo para lo que había nacido como el lugar de ensayo de nueve compañías pioneras de la danza contemporánea catalana. Desde luego, ahora ya no era eso.
“La mudanza de Gràcia a Les Corts es un momento crucial”, opina Javier Cuevas, actual director artístico de La Caldera. “Entra en relación con el Institut de Cultura de Barcelona y pasa a formar parte de la Red de Fábricas de Creación de este instituto, que hay que decir que es un modelo singular y único no solo en el estado español sino en el resto de Europa, porque estamos hablando de once estructuras de titularidad pública que asumen proyectos no de exhibición sino de creación, dividido por disciplinas, siendo beneficiada la danza desde La Caldera y El Graner, que pertenece al Mercat de les Flors, y con el que mantenemos vínculos”.
La nueva situación de La Caldera, ahora avalada con recursos públicos, desplazaba el objetivo inicial de ser casa, sede y espacio de nueve compañías. Claro que no fue un cambio radical ni de golpe. Ya Alexis Eupierre, uno de los socios originales y primer director artístico formal, venía liderando esta transición y ya se intuía el reconocimiento oficial, especialmente por el Premi Nacional de Dansa de la Generalitat de Catalunya 2006, otorgado por su labor como centro de creación de danza y artes escénicas contemporáneas.
“Entrar a formar parte de esta red pública le otorga un fondo y una dimensión”, prosigue Cuevas. “Se empieza a expandir el trabajo de apoyo al sector y las compañías fundadoras, de forma natural, empiezan a dejar de ocupar el espacio, que pasa ahora a ser un servicio público, que se materializa en la convocatoria de residencias, el establecimiento de relaciones con centros internacionales de creación, el acompañamiento a los procesos de los artistas y la participación activa en las programaciones de los festivales importantes de la ciudad: Grec, Dansa Metropolitana, Sâlmon o el If Barcelona… Paralelamente se ahonda en el trabajo comunitario con el barrio, se pone la danza al servicio de la gente, del bienestar, la salud, la mediación…”.
Esta descripción ya encaja con los objetivos y planes que se ha propuesto Cuevas al frente de la gestión artística de la institución. Insiste, y mucho, en que no se trata de hacer más sino mejor, y asegura sin titubeos que hablar del presente de La Caldera pasa necesariamente por reconocer la aportación y labor de Óscar Dasi, el primer director artístico que fue seleccionado, como él mismo, por concurso público.
“Al elegirse un curador mediante convocatoria se garantiza la presentación de un proyecto de dirección que es visible y se puede consultar, lo que supone también un ejercicio de transparencia. La gestión de Dasi dotó a esta casa de una singularidad que yo he recogido con mucho amor y reconocimiento. La idea ahora es abrir La Caldera para que entre más luz, nuevas formas de entender la danza y maneras de relacionarse a nivel nacional e internacional de una forma mucho más potente y eficaz”.

Alianzas y amigos
La Caldera hoy acoge más de treinta residencias al año, quince por convocatoria pública, y otras quince fuera de convocatoria, que se escogen consensuadas con los festivales y alianzas, incluido el apoyo del Instituto Ramon Llul y otras instituciones locales, nacionales e internacionales. Una de las claves de la gestión se basa en estas alianzas, en los amigos de la casa y los intercambios que hacen con ellos. “Estamos hablando de una media de inversión de entre cinco y seis mil euros por residencia, que incluye honorarios, no dietas como solían llamarse, alojamiento, transporte, una bolsa común de producción de la que los artistas pueden tirar para comprar recursos materiales, y nos sentimos especialmente orgullosas de mantener una bolsa a artistas en crianza o en situación de cuidado de personas dependientes”.
Este año ha sido abrumador. Se han recibido más de 300 propuestas para optar a quince residencias. Y hay una diferencia que Cuevas subraya en relación a otras convocatorias, y es el cuidado y seguimiento, incluso de aquellos proyectos que no han sido seleccionados. “Desde el año pasado hemos activado una dinámica que propone la opción a los artistas que reciben un no, la oportunidad de tener una conversación con la dirección artística para hablar de su proyecto. No hay ninguna institución en este momento que esté haciendo esto, ninguna. A mí, como artista que he presentado proyectos, en mi vida he podido tener una conversación sobre por qué no he sido aceptado. Tras la convocatoria del año pasado mantuve personalmente cuarenta conversaciones de entre 45 minutos y una hora, con artistas que no consiguieron entrar”.
Los que obtienen una residencia lo logran porque responden a una batería de criterios, entre los que “la calidad” del proyecto no el único ni el primordial. “La calidad no es un concepto puro. La palabra calidad hay que cuestionarla y complejizarla, porque en una casa como ésta, donde se entiende la danza de una forma muy ancha, caben muchos estilos, formas y maneras de entenderla, pero nos interesan solamente aquellos proyectos que parten de una pregunta profunda, que permiten que la singularidad y la naturaleza del artista aflore en su máxima potencia. No nos interesan proyectos que respondan a unos criterios preconcebidos, a unos cánones o una moda. Recibimos dosieres llenos de referencias, teorías y citas, pero lo importante es ‘tú, como artista, ¿qué es lo que quieres?, ¿cuál es tu naturaleza?, ¿cuál tu singularidad?’”
Los que han sido seleccionados tienen la garantía de una economía, un tiempo, una sala de trabajo, un acompañamiento, asesorías y una serie de contextos para presentar el trabajo en proceso, como las llamadas Cápsulas de creación en crudo. “Llevamos en torno a cien aperturas en los últimos cinco años. Hacemos aproximadamente una apertura de proceso cada quince días, que son gratuitas, en las que siempre hay una conversación posterior, y acude público general y público de la danza. Estamos hablando de una masa crítica de gente que viene a ver trabajos en proceso, son entre 50 y 70 personas cada vez, y se arman unas conversaciones increíbles y riquísimas”.
Se intenta que el seguimiento y acompañamiento no se quede en la transacción de dar un dinero y prestar un espacio. Va más allá. “Pensamos juntas qué horizonte de prosperidad hay para cada trabajo, qué otros vínculos se pueden establecer desde La Caldera con otros contextos, que van desde el Festival Dansa València, a casas como Condeduque, en Madrid; el Mercat de les Flors o el Grec, en Barcelona, para imaginar todas juntas qué es lo mejor para cada pieza. El presente de La Caldera es atender lo pequeño y lo grande, atender el inicio del proceso y el final. Si necesitas entrar en un proceso de producción, hay posibilidad de residencia técnica porque tenemos una caja negra que lo permite. Luego, a través de la relación continua con los festivales de ciudad, ofrecemos un espacio de estreno importante, un contexto relevante para presentar el trabajo al público”.

Trayectorias
Hay artistas que han sido residentes y han generado un vínculo muy estrecho con La Caldera, al punto de tener conectada toda su carrera con esta casa. Pol Jiménez, uno de ellos. El joven bailarín y creador catalán, que se mueve en los terrenos de la danza española y el contemporáneo, es de los muchos que han sido algo más que residentes. “Mi relación con La Caldera empezó cuando ellos aún estaban en Gràcia y yo en el Institut del Teatre. Más adelante, entablé una cercana relación con Montse Colomé, que fue quien me catapultó al mundo profesional. Ella ha estado en todos mis procesos como un ángel de la guarda y allí sigue estando”, nos relata.
Siempre ha tenido Pol Jiménez a esta institución como un referente. “Cuando pienso en un nuevo trabajo lo primero que se me viene a la cabeza es ir a buscar e investigar en La Caldera. Siendo muy joven, veía a la gente bailar allí, veía esos espacios y la manera como estaba organizado todo, y me decía a mi mismo que yo lo que quería era desarrollar mi trabajo en este lugar. Ahora veo que se ha hecho realidad. Además, ha sido un espacio abierto a la sociedad y se ha preocupado por el barrio. Es un espacio que sitúa el cuerpo y entiende la danza”.
Echando la vista atrás, Jiménez encuentra que todas sus piezas han estado, de una u otra forma, vinculadas a la casa de Les Corts. “Presenté mi pieza Katakana en la sala grande. También mi creación Oscilante y ahora, para mi nueva pieza, Café de copla, he sido residente. Y aunque la producción de La faunal se hizo fuera, debo destacar que Óscar Dasi me conectó para que pudiera presentarla en el Festival Dansa Metropolitana, siendo la obra que más he girado. Ya con Javier Cuevas en la dirección, he sido representante de La Caldera en un encuentro entre el mercado francés, artistas catalanes y espacios de creación, que se hizo en Teatros del Canal, en Madrid, lo que me dio la posibilidad de abrirme al mercado francés. Y ya llevo dos años girando por ese país”.
Y es que la proyección internacional de sus artistas residentes y cercanos es otra preocupación importante para Javier Cuevas y su equipo. Aparte de acciones como la que llevó a Jiménez por Francia, el Vermut de la Movilidad y la Internacionalización es el primer paso de una estrategia que involucra y compromete a actores internacionales en intercambios que buscan la visibilidad de las producciones más allá de nuestras fronteras. La dinámica es ingeniosa y amistosa. Envían a un grupo de comisarios y directores artísticos internacionales una caja con un vermut, patatas fritas, aceitunas y el dosier de los artistas, que será departido en una reunión online con los creadores, que tienen oportunidad de presentar y explicar sus proyectos. El objetivo final es conseguir colocar a los artistas en residencias internacionales a través de un sistema de intercambios y colaboraciones mutuas.

Emergentes, referentes y disidentes
A Javier Cuevas le gusta decir que La Caldera supone una constelación donde convergen artistas emergentes, referentes y disidentes, porque procura también prestar especial atención a esas personalidades consagradas y de larga trayectoria en las artes vivas del país que, por su misma condición (a veces, trascienden hacia lo disidente), no encuentran su lugar en un mercado insistentemente inclinado hacia una danza que se mueve dentro de coordenadas más convencionales. En este sentido cita el orgullo que siente que dos pioneras como Mónica Valenciano y Amalia Fernández sean habituales por Les Corts.
“A mí La Caldera me parece un lugar necesario. Yo no soy catalana ni residente en Cataluña, y en este sentido me parece que está aportando mucho, tanto a los locales como a los que somos de fuera”, comenta Amalia Fernández, creadora andaluza anclada en Madrid desde hace muchos años. “Aquí se ha generado un espacio que entiende muy bien el trabajo del artista y se le apoya desde muchos puntos de vista. Tienes acompañamiento artístico, logístico, emocional… es una maravilla”.
Aunque ha colaborado en muchas ocasiones con La Caldera, Fernández ha querido destacar de manera muy especial su proyecto del año pasado Neti Neti, por su singularidad. Se trataba de un proceso largo, en el que siete coreógrafas reflexionaban sobre la pregunta aparentemente básica “¿Qué es la danza para ti?”… Era una investigación, no una performance ni una coreografía, un proceso que a día de hoy se está reconvirtiendo en un libro que también será editado por La Caldera.
“Dieron apoyo total, no parcial, a un proyecto que no era exhibición ni iba a tener un resultado escénico, sino que apuntaba hacia una investigación”, valora la creadora. “De hecho es el primer proyecto de investigación grande de mi carrera y ha sido muy importante en mi trayectoria. Y La Caldera ha tomado el riesgo conmigo con un proyecto como éste que, a priori, podía tener sus luces y sus sombras, sus vías muertas y hasta la necesidad de desechar todo y volver a empezar desde cero”.






