LA CALDERA: TRANSICIÓN
Óscar Dasi, el que fuera director artístico de La Caldera durante siete años y liderara la transición, nos cuenta cómo fue la aventura
Texto_OMAR KHAN
Madrid, 24 de diciembre de 2025
¿Qué motivo le impulsó a hacerse cargo de la dirección artística de La Caldera?
Cuando dejé La Porta a finales del 2012 estaba agotado por los años de gestión y desgaste que había supuesto sostener el proyecto. Pero curiosamente seguían intactas la curiosidad y la necesidad de generar contextos de investigación alrededor del cuerpo y las prácticas artísticas, así que, con la complicidad de amigas y amigos impulsamos espacios completamente desvinculadas del sistema de ayudas/subvenciones. Cuando supe de la convocatoria para La Caldera me pareció que era el mejor lugar donde volcar, poner en práctica y seguir desarrollando todas esas experiencias.
¿Qué razones impulsaron el cambio?
Me parece importante indicar que La Caldera, ya en su época de Gràcia, venía impulsando actividades y proyectos que iban mucho más allá de lo que cabría esperar de una sede de compañías de danza al uso: entrenamientos abiertos para profesionales, talleres y stages con importantes artistas y pedagogos nacionales e internacionales, una convocatoria abierta para acoger proyectos en residencia, programaciones públicas, colaboraciones o cesiones de espacio con otras entidades, aunque la prioridad principal fuese cubrir las necesidades de espacio de las compañías que integraban el proyecto. También es cierto que si antes se hacía porque se quería, a partir del acuerdo de cesión del espacio por parte del Ayuntamiento, se convertía en un compromiso. Según tengo entendido, el acuerdo inicial era que los socios de La Caldera podrían disponer de un máximo del 50% del espacio para sus propias producciones/proyectos, pero me gustaría apuntar que durante los años en que yo estuve, la ocupación de socios estuvo siempre por debajo, entre el 18 y el 20%.
¿Cómo era La Caldera cuando llegó?
Cuando llegué hacía relativamente poco que había abierto su nueva sede en el barrio de Les Corts y me encontré con una parte del equipo agotado, con mucho cansancio acumulado por todo el esfuerzo que supuso el tránsito y sus implicaciones. Así que, para empezar, la prioridad fue cuidar, intentar sanar, escuchar y atender a las personas que formaban el equipo. En ese momento se estaba haciendo un estudio de gestión por parte de una empresa especializada y me preguntaron qué objetivos de cambios me planteaba a tres años vista y yo les contesté que para mí había dos cosas que era importante conseguir. Por un lado, equilibrar el presupuesto entre lo destinado al mantenimiento de la estructura y al de la actividad, al 50/50, de forma tal que una parte sustancial de la economía revertiera directa o indirectamente en las artistas y sus proyectos. Y por el otro, convertir a La Caldera en un centro de referencia, donde las artistas quisieran venir porque sabían que era un espacio donde se iban a sentir cómodas, cuidadas, donde se ofrecían las condiciones para desarrollar su trabajo. Ahora puede parecer evidente, pero cuando llegué las residencias se ofrecían y entendían como un intercambio con las artistas, que generalmente se traducía en ofrecer un taller gratuito o presentar ‘a taquilla’ el trabajo acabado. Esto se fue cambiando año a año, aumentando paulatinamente la aportación económica a las residencias, ofreciendo micro-ayudas a la producción, incluyendo sus propuestas en los numerosos marcos de programación organizados en La Caldera y en muchos otros contextos de carácter educativo o social, siempre con honorarios dignos. Cabría recordar que después de la crisis del 2008 las administraciones públicas (en nuestro caso Generalitat y Ayuntamiento) presionaban para que los centros de creación cobrasen a las artistas un alquiler por los espacios de residencia.
¿Cuál cree usted que ha sido la aportación más relevante de su gestión?
Personalmente estoy convencido de que dentro de los procesos de creación de las artistas, a partir de las prácticas que desarrollan en sus investigaciones, aparecen conocimientos, saberes y herramientas sensibles especialmente útiles para habitar el mundo contemporáneo, necesarias para poder encontrar respuestas a los retos que nos plantea. Este convencimiento me llevó a imaginar un centro de creación cuya prioridad es estimular, compartir y difundir esos saberes que, al partir del cuerpo, son comunes y susceptibles de ser accesibles/aprovechables por toda persona despierta y sensible. Con la complicidad y el compromiso de las artistas y de todo el equipo ideamos y experimentamos nuevas maneras de hacerlo posible, generando contextos en los que se difuminaban premeditada y sistemáticamente las categorías de público, participante y accionador, con resultados sorprendentes y reveladores. Entender un centro de creación de danza como un espacio de acción y activismo, para nosotras tenía y tiene todo el sentido porque, no nos engañemos, en estos momentos el campo de batalla son los cuerpos y nuestras capacidades sensibles.
Su llegada marca un punto de inflexión en La Caldera… ¿cómo lo asumió?
Yo fui la primera persona en asumir el papel de director artístico por convocatoria y, como era de esperar, me encontré con algunas reticencias y, sobre todo, hábitos y dinámicas establecidas durante años con las que tuve que dialogar, gestionar y, en lo posible, intentar sanear. No siempre fue fácil, pero en general se me dejó hacer y sentí que se reconocía y respetaba el trabajo realizado. Es cierto que en algunos momentos resultó bastante agotador, pero ya pasó y sinceramente, creo que mereció la pena.






