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LA CALDERA: PASADO

Iniciamos una serie que recoge el pasado, presente y futuro de La Caldera en sus 30 años. En este episodio narramos los orígenes de una casa que fue sede de nueve compañías de Barcelona.

 

 

Texto_OMAR KHAN Fotos_TRISTÁN PÉREZ-MARTÍN / GUILSEY HOMET

Madrid, 24 de diciembre de 2025

Álvaro de la Peña, de Iliacán Danza; Alexis Eupierre, de Lapsus Dansa; Lipi Hernández, de Las Malqueridas; Inés Boza y Carles Mallol, de Senza Tempo; Toni Mira y Claudia Moreso, de Nats Nus Dansa; María Rovira, de Tránsit Dansa; Carles Salas, de Búbulus, la compañía de Sol Picó y la creadora independiente Montse Colomé…

Aún teniendo poco en común, a estas pioneras compañías y creadores de la danza contemporánea de Barcelona hace tres décadas, los unía la necesidad concreta y apremiante de un espacio. Bajo la gestión administrativa de Fani Benages llegaron a un acuerdo y se constituyeron como A.C.D.A.C (Asociación Cultural Para el Desarrollo de Actividades Coreográficas), mejor conocida como La Caldera. Tener un lugar suponía liberarse de un problema mayúsculo. Había en el edificio que habían encontrado tres plantas para nueve compañías, que se distribuyeron el tiempo a múltiplos de tres en tres franjas horarias. Como dice Álvaro de la Peña: “Nos juntamos para hacer las cosas más fáciles”.

Crearon una casa en un tiempo en que las residencias artísticas no existían en Cataluña ni como práctica ni como concepto. Todo surgía de manera natural. Era un espacio de muchos y acogía de todo: ensayos, por supuesto, pero también reuniones de trabajo y ocio, fiestas y celebraciones, encargos, comilonas, colegueo, debates, reivindicaciones y pare de contar. No había calefacción en los inicios y los ensayos gélidos estaban a la orden del día. Pero limitaciones como éstas no parecían limitaciones. Pasaban frío pero estaban en casa.

“No recuerdo ninguna inauguración. Cuando lo cogimos fue Álvaro de la Peña el que encontró el edificio, buscó cómplices, los encontró y enseguida usamos el espacio para ensayar, que era el objetivo principal” rememora hoy Montse Colomé. “Como decimos en Cataluña fue llegar al molino y empezar a moler. Lo que sí recuerdo fue cuando inauguramos la Sala Cero. Ya llevábamos un tiempo trabajando y cogimos la sala de la planta baja y la exteriorizamos. Invitamos a las instituciones, a los amigos… fue un buen momento.”

Y es que muy pronto aquello dejó de ser una casa y se convirtió en hogar y refugio. Para ellos y para los muchos artistas que se han beneficiado de La Caldera a lo largo de los últimos treinta años. Otras compañías jóvenes, bailarines y coreógrafos, docentes, conferencistas y moderadores, vecinos y curiosos en ensayos abiertos, conferencias, coloquios, talleres y ciclos… La Caldera de Gràcia no tardó en llegar a punto de ebullición. Y desde entonces y hasta hoy, ha sido y sigue siendo insoslayable e indisociable del movimiento dancístico catalán. Estos días celebra sus treinta años de permanencia. Lo que era, ya no es. Evolucionó y se transformó.

“Yo creo que he tenido muchísima suerte en la vida en general, pero con La Caldera más, porque me he encontrado con treinta años de historia y de arraigo en la ciudad y en el colectivo”, nos confiesa Javier Cuevas, actual director artístico de esta casa, a la que llegó hace año y medio, y le ha tocado la celebración de estos treinta años de permanencia. “Esta institución ha pasado por momentos muy diferentes, y es lo que pasa con una larga historia, que da lugar a momentos y cualidades muy diversas. En sus primeros tiempos funcionaba como un espacio de creación y producción para los artistas y compañías fundadoras pero hay un momento en que comienza a ser un trabajo más centrado en la comunidad de la danza, empezando a ofrecer servicios:  residencias, acompañamientos, laboratorio, trabajo de barrio…”

 

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Cuando se pueda 

Antes de La Caldera, los procesos de las nueve compañías fundadoras suponían un peregrinaje que los llevaba a ensayar donde se pudiera, a la hora que se pudiera y, qué duda cabe, en las condiciones que se pudiera, en locales de tamaños diversos y horarios enemigos de una agenda. Muchas aulas de escuelas de danza se reconvertían en estudios, después o antes de las clases. Área, Rocamora Teatro o los salones del entonces novísimo Institut del Teatre hacían las veces. Hasta finales de los años ochenta, lo más próximo a un estudio en condiciones en Barcelona lo ofrecía La Fàbrica, un espacio enorme de exhibición y ensayos fundado por Toni Gelabert. Era lo más parecido a lo que iba a ser La Caldera de Gràcia.

Contadas compañías, entonces estables, como la de Cesc Gelabert o Mudances, de Ángels Margarit, disponían de espacio propio. Es así como una antigua fábrica de cinturones en el 43 de Torrent d’en Vidalet, en pleno barrio de Gràcia barcelonés, sería la sede de estas nueve relevantes compañías y -ellos aún no lo sabían-, aquello estaba llamado a ser algo más grande que un local de ensayos.

“Al principio, costaba compartir el espacio porque era una época en que todas las compañías trabajaban bastante”, prosigue Colomé. “Muy despacito fuimos abriendo miradas y nos convertimos en una primera fábrica de creación, que no llamábamos así porque aún no existía la nomenclatura, pero fue un espacio en el que pudimos demostrar que los bailarines nos podemos organizar y también desarrollar un proyecto. Las expectativas del inicio eran tirar para adelante como salas de ensayo, pero sucedió que teníamos a Alexis Eupierre, que de los socios era el más lanzado, el que siempre quería hacer cosas e iba un paso por delante de todos nosotros”.

 

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Aproximarse a la Comunidad

Aunque siempre estuvieron por allí creadores jóvenes que eran acompañados por los veteranos en sus procesos y asistidos en sus necesidades y angustias, La Caldera se preocupó primero, de manera formal, de establecer relaciones comunitarias, de atraer y poner a bailar al barrio. Prestar servicio, generar un sentido de pertenencia en las dos direcciones, siempre con la danza como denominador común. La Sala Cero fue clave. Se crearon espacios dentro del mismo edificio para co-working, surgió un espacio lúdico llamado La Principal. Y se estableció el Espai Caldera Barri de trabajo comunitario, donde Montse Colomé (en la foto) encontró un lugar que iba ser determinante en su desarrollo como artista.

“Yo, un poco, me he sentido la oveja negra del grupo. Muy bien tratada pero oveja negra”, nos confiesa. “Era la única que no tenía una compañía e iba haciendo mis pequeños proyectos, tenía más interés por establecer una relación social entre La Caldera y el barrio, y lo conseguí gracias a Beatriu Daniel, ya con Alexis Eupierre como director artístico. Ella fue nuestra primera gerente oficial y le dio un empuje, una nueva mirada hacia el exterior. Junto con Jordi Vidal llevamos durante mucho tiempo las actividades de barrio y esto fue una experiencia muy importante y emotiva que conservo en la memoria”.

Pero nada dura para siempre, aunque a veces las cosas cambien para mejor. Las circunstancias empujaron a un cambio radical. En principio, tenía que ver con el espacio físico, una mudanza necesaria, casi obligada, de Gràcia a Les Corts. Montse Colomé nos cuenta cómo fue esta transición.

“Cuando estábamos en Gràcia era una Caldera más nuestra pero, por desgracia, teníamos un vecino que nos hacía la vida imposible y tuvimos que marcharnos de allí. Fue entonces cuando el Ayuntamiento, viendo que éramos gente seria que podíamos desarrollar un proyecto como aquel, y sobre todo gracias al impulso de Alexis Eupierre y Cristina Riera, nos cedió este nuevo espacio en Les Corts. Hoy mucha gente tiene nostalgia de Gràcia pero son cambios como los de la vida misma, empezamos de una manera, nos subimos las mangas y trabajamos por el proyecto. Ahora, que ocupábamos un espacio cedido por una institución púbica, pues las cosas tuvieron que variar. Nos volvimos más institucionales, tuvimos que pasar por unos caminos establecidos y empezamos a tener una dirección artística. El primer director fue Alexis Eupierre, que era socio, pero luego quisimos que hubiera un concurso abierto y que desde estas miradas externas se empezara a hacer otro viaje, de otra manera. No obstante es muy placentero ver la cantidad de gente que viene ahora, sobre todo residentes que dejan sus huellas”. 

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