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ELLA Y ELLAS

Con la representación de Ella, de Lucía Marote, concluye esta noche en Teatros del Canal, el ciclo Abierto en Canal, que presentó en estreno absoluto las nuevas creaciones de sus seis artistas en residencia. Anoche fuimos y esto nos pareció…

 

Texto_OMAR KHAN Foto_LARA MARTÍNEZ

Madrid, 29 de septiembre de 2019

Desde una abstracción tramposa, Lucía Marote (en la foto), joven creadora costarricense anclada en Madrid desde 2003, termina por contarnos una treintena de historias. Sin recurrir a un solo tópico del feminismo, lo femenino ni lo feminazi, temas candentes en estos días de choque entre el  #metoo, movimiento ya indetenible, y las fuerzas machistas que, entre otras cosas (todas negativas y retrógradas) quieren negar la violencia de género, aparece una coreógrafa que usa como arma arrojadiza la voz virtuosa, aquí manipulada y reinventada, de Ella Fitzgerald y la sensibilidad de una treintena de bailarinas que, siendo ellas mismas, en estado de danza, hablan con contundencia y firmeza sobre la posición de la mujer en la sociedad y la historia personal de cada una de las que se han subido al pequeño escenario de la Sala Negra de Teatros del Canal, donde esta noche concluye el ciclo Abierto en Canal, con la segunda y última función de Ella.

Bastante alejada de cualquier obviedad feminista, y muy al margen de todo dramatismo, Marote se monta una fiesta contagiosa de la reivindicación. Centra la obra en seis veteranas bailarinas, y las acompaña con una veintena de intérpretes de todas las edades, mujeres que participaron en los talleres que Marote montó durante el proceso creativo de esta obra que tuvo como detonante la voz de Ella Fitzgerald y la exploración de lo que la coreógrafa sentía cada vez que la escuchaba y cada vez que hacía que sus bailarinas la oyeran. Desde esta libertad creó una obra que termina hablando justamente de la libertad. De la libertad de sentimiento, de movimiento, de acción, de pensamiento...

Los segmentos corales traen jolgorio. Las mujeres bailan libres, sin patrones ni reglas (aparentes). Susurran, gritan, chillan si les da la gana. Los segmentos con las seis bailarinas profesionales en cambio dosifican el mensaje. Son portadoras de emociones menos desbocadas. La insistencia y persistencia giratoria de una destacable Clara Pampym, dando vueltas sobre sí misma en un largo y obstinado ejercicio de obstinación, parece hablar de perseverancia. La danza caricaturesca, delirante y contagiosa de una desmelenada y suelta Begoña Quiñones parece exaltar el derecho a la diversión. Cada una de ellas –Mar López, Natalia Fernandez, Verónica Garzón, Iris Muñoz- parecen querer destacar un lado de su personalidad, todo en positivo, todo hacia la luz. Y de fondo pero omnipresente, tanto para ellas como para el público, la voz distorsionada pero reconocible de la otra gran protagonista, Ella Fitzerald, detonante y culpable de todo este festín sensorial de mujeres legítimamente libres.

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