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EN UN LUGAR DE MONTEVIDEO…

Culmina mañana 8 de agosto, en el Festival de Santander, la gira de El Quijote del Plata, coreografía de Blanca Li para el Ballet del Sodre uruguayo, que ha recorrido los festivales de Peralada, Almagro, Sagunto y El Escorial, donde fuimos a verlo. Esto nos ha parecido…

 

Texto_OMAR KHAN

Madrid, 7 de agosto de 2019

Aunque su formación es básicamente en contemporáneo (estudió Graham en Nueva York), y el arco de sus referentes oscilan desde el hip-hop al flamenco, Blanca Li no ha sido del todo ajena al mundo del ballet. Dirigió, de hecho, la Komische Oper de Berlín a inicios de este siglo. Y ahora, El Quijote del Plata, la devuelve a aquellos tiempos.

La llamó un día Igor Yebra, actual director artístico del Ballet Nacional del Sodre, de Uruguay, donde vino a sustituir a Julio Bocca, y le propuso montar para ellos una pieza alrededor de la figura de un hidalgo uruguayo muy particular: Arturo Xalambrí, el más obseso coleccionista de ediciones de El Quijote conocido. Un hombre que, a su manera, fue también quimérico Quijote. Voluntad y ganas de ponerlo en pie había. Tiempo no. Pero a Blanca Li le gustan estos riesgos y retos, y aceptó el encargo que aparte de la premura traía el agravante de que se trataba de una compañía de ballet, acostumbrada a los modos y formas del repertorio académico.

No ignoró esta circunstancia y ha creado para la troupe uruguaya un ballet en toda regla, personal y en buena medida autoral, pero plagado de guiños a las formas y usos del ballet académico. La estructura responde de manera directa a las de los títulos académicos. Xalambrí ha convertido su fabulosa biblioteca en lecho de muerte, acompañado por su hija, y desde allí va repasando los capítulos más fascinantes de su libro favorito, que se materializan ante ellos en forma de ballet. No muy lejanos a Clara y El Cascanueces, que se quedan para ver las danzas en el País de Caramelo o Las bodas de Aurora, en el que los príncipes recién casados son espectadores de los bailes que hacen para ellos. Desde luego hay pas de deux, justamente en el episodio de Las bodas de Camacho, el mismo que inspiró a Petipa (del cual Li afortunadamente huye), y también una aproximación, muy a su manera, a los llamados actos blancos (los espectros de las bayaderas, los cisnes de Lago) con un séquito de viudas visualmente deslumbrantes, en el mejor estilo Blanca Li.

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Y es que, a pesar de cierta rigidez derivada quizá de la misma estructura que se ha impuesto, la coreografía tiene sus momentos más brillantes cuando aflora ese ingenio y humor inequívocos que han caracterizado siempre el trabajo de la coreógrafa andaluza anclada en París. El equipo de bailarines masculinos convertidos en molinos, la presentación de La Novia, envuelta y arropada por la enorme cola de su propio vestido, las viudas en procesión y ese grand finale en el que se fusiona El Quijote de ficción con Xalambrí, son cimas de un ballet que resulta tremendamente entretenido y que pasa veloz gracias a la agilidad de sus secuencias y su cambio constante de situaciones. Con todo, Blanca Li se ha mostrado bastante prudente con el equipo uruguayo, dejándoles apoyarse principalmente en los recursos de la técnica clásica, que es la que dominan. Y todos salen airosos.

El Ballet del Sodre afronta nuevos tiempos y se encamina hacia nuevos rumbos de la mano de Igor Yebra. Los títulos académicos, en tiempos de Bocca, han sido su zona de confort, pero visto lo visto, tienen todo el potencial para salirse y navegar confiados por otros rumbos. Les falta un poco de desprendimiento, de seguridad y soltura, pero esa timidez es solo cuestión de ajustar la mentalidad. El cuerpo ya lo tienen a punto.

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