REBELIÓN FEMENINA
Anoche, vibró con fuerza en el Centro Danza Matadero, Maldonne, última creación de la ascendente coreógrafa francesa Leïla Ka, cuya visceral intensidad logró habitar tanto cuerpo como espacio sin pedir permiso. Esto nos pareció...
Texto JUDIT GALLART Fotos_DUY LAURENT
Madrid, 15 de febrero de 2026
Anoche, vibró con fuerza en el Centro Danza Matadero, Maldonne, última creación de la ascendente coreógrafa francesa Leïla Ka cuya visceral intensidad logró habitar, sin necesidad de pedir permiso, tanto cuerpo como espacio. Antes de que las luces se apagaran, el pulso electrónico ravero se elevó como una advertencia de que lo que vendría a continuación no sería delicado, sino profundo y febril en plena ebullición de sentido.
Es entonces cuando repentinamente el sonido se detiene y la iluminación daría paso a una escena desnuda ocupada por cinco mujeres dispuestas a exponer la carne de la feminidad misma. Cinco cuerpos que repiten una y otra vez una misma frase coreográfica como si cada gesto fuera una pregunta al universo sobre quién decide qué es ser mujer.
Por momentos, dos figuras se encuentran en idéntico movimiento, en otros es solo una sola de las intérpretes las que inicia a destiempo la misma sucesión de pasos que sus acompañantes, y así, como engranajes que se desajustan y recomponen, el ritmo termina por parecernos respiración, latido y destino.

Cuarenta personalidades
Vestidos estampados, lisos, largos, con volantes, hasta un total de cuarenta entran y salen de la escena como si de una galería de identidades se tratase mientras sus portadoras juegan con ellos, los muerden, acarician, emplean como látigos contra el aire o utilizana modo de paño para limpiar el suelo. No se trata de un simple vestuario, sino testimonios de contradicción, de deseo, de rebelión y de abrazo al caos.
Con un espacio sonoro compuesto por una mezcla audaz de música tecno, el Invierno de Vivaldi envuelto en pasajes corales y el fantasma dramático del éxito Je suismalade, los largos silencios que produce la interrupción sonora aterrizan en escena como fracturas donde la danza respira por sí misma -en sentido literal-, convirtiendo cada caída en un desafío y cada elevación en un acto de resistencia.
Y entonces ocurre: pierdes la cuenta de lo que miras, y te encuentras observando no solo movimiento, sino valoraciones de fuerza y fragilidad, como si cada gesto fuera un acto de fe en la posibilidad de existir más allá de los mandatos sociales. Una pieza que no celebra ni victimiza la feminidad, sino que la cuestiona, la confronta y la reinventa. Es en esa oscilación constante entre la rabia y la delicadeza, entre la pulcritud y el impulso de romper con todo lo impuesto que Maldonne no ofrece respuestas, pero sí una sacudida.
No busca gustar, sino incomodar en su exposición del agotamiento que supone tener que representar todo el tiempo el ser mujer. Y es que cuando cae el último silencio lo que queda no es un aplauso complaciente, sino una pregunta incómoda latiendo en el pecho: ¿cuántas versiones de nosotras mismas hemos tenido que vestir —y desvestir— para sobrevivir?



