¿ME ESTÁS ESCUCHANDO?
Estrenó la veterana Jone San Martín anoche, en el Centro Danza Matadero de Madrid, su confesional creación ‘sORDA’. Fuimos a verla y esto nos ha parecido…
Texto_OMAR KHAN Fotos_ÁLVARO LÓPEZ DEL CERRO
Madrid, 08 de febrero de 2026
Ahora que sabemos que la relevante bailarina vasca Jone San Martín (Donostia, 1966), comenzó a padecer sordera progresiva desde los 30 años, crece la admiración por su constancia, tenacidad y honestidad como intérprete –hoy también coreógrafa- que sigue sobre los escenarios. Nos enteramos de ello porque nos lo contó bailando anoche en el estreno absoluto de sORDA [título elocuente], en Centro Danza Matadero, de Madrid, un solo acompañado de música electrónica en directo que parece querer ser, a un tiempo, confesión, exorcismo, sanación y reafirmación. Muy valiente, la verdad. Suponemos que también liberador para ella.
El diagnóstico clínico de su mal auditivo, contado en jerga médica inescrutable, lo escuchamos a viva voz pero también lo vemos bailado, en el mejor momento de la velada. Cuando nos enteramos de que una de las causas ha sido la “exposición crónica a ruidos fuertes sin la protección necesaria” es inevitable no rememorar aquellas coreografías, especialmente ruidosas si no estridentes, que bailó para William Forsythe en el extinto Ballet de Frankfurt. Imposible que no venga a la cabeza el estruendo inicial de la música de Thom Willems en la más célebre, In The Middle Somewhat Elevated (1987), diseñada justamente para pegar un sobresalto abrupto al espectador. Ahora reflexionamos… capaz también de taladrar los tímpanos de los bailarines.
Tampoco insinuamos que Forsythe, el gran renovador del ballet clásico, tenga la culpa, pero parece imposible no asociar la estridencia de aquellos trabajos con lo que anoche se nos planteaba. Y Jone San Martín nos lo planteaba haciendo lo que mejor sabe: bailando.

Ruido y silencio
La llegada a la sala –oscura y con una música techno en directo que, literalmente, hace vibrar el cuerpo- contrastaba tremendamente con el cambio brusco a una escena excesivamente iluminada con una bailarina que danza plácida en un silencio apenas roto por un metrónomo lejano. Se sentía al instante la intención. Quería hacernos experimentar a conciencia los contrastes sobre los que ella basa su obra: ruido/silencio, luz/oscuridad.
La pieza es un intenso soliloquio bailado. Ella sigue siendo espléndida bailarina. En ese cuerpo armónico sigue estando vigente la huella del ballet clásico, permanecen claros los vestigios de Forsythe, al que para siempre será indisociable, y prevalece la idea revolucionaria de la libertad creativa del cuerpo escénico.
Al final de la representación hubo encuentro con el público. Se despejaron algunas dudas y se entendió la relevancia que para San Martín tiene este trabajo, tan confesional y personal. Entre muchas otras reflexiones dijo: “No tengo un mensaje específico, es una propuesta artística, lo que tenemos son preguntas y muchísimas ganas de jugar. sORDA está inacabada, no está sellada”.
Y todo ello se siente en lo que anoche nos presentó. Quizá debió trabajar más con el norte de darnos un mensaje específico a nosotros, los espectadores, porque aunque al final se entiende el planteamiento, durante el transcurso no deja de ser críptico en sus formas, a ratos insondable, difícil para un espectador no habituado a ciertos códigos de la danza más experimental. También se siente inacabado. Allí lleva razón.
Quizá necesita implicarnos más en el discurso, llevarnos tal vez a una zona no más cómoda, pero sí más cálida y emocional, desde donde mirar (y sentir) la implicación emotiva de todo lo que nos está planteando, lo que significa ser una bailarina a la que le ha ido mermando, nada menos, que la audición. Hay amagos de humor y ella tiene gracia, algo que pudo ser un camino, pero tampoco se decanta por allí. El resultado es seco porque, sospechamos, hay una barrera que la misma propuesta parece haberse esmerado en diseñar.



