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EL (BUEN) RIDÍCULO

Arrancó el Festival Madrid en Danza con los intentos de la italiana Silvia Gribaudi por mostrar belleza y ser bella. Allí estuvimos, nos reímos y así os lo contamos…

 

Texto_OMAR KHAN Foto_MATTEO MAFFESANTI

Madrid, 7 de abril de 2021

Tiene gracia Graces. Su nombre viene de la celebérrima escultura Las tres gracias, de Antonio Canova, que ha inspirado la delirante coreografía de la creadora italiana Silvia Grubaudi, que abrió esta tarde el Festival Madrid en Danza, en Teatros del Canal. Pero tiene este título familiaridad sonora con el “grazie” italiano y nuestro “gracias”. No parece casual. Casi hasta el borde de la irritación, los cuatro bailarines (tres chicos guapísimos a modo de tres gracias y ella, que evidentemente no encaja ni como gracia ni como guapísima) no paran en toda la representación de darnos las gracias y hacernos reverencias. Por haber venido, por reírnos y aplaudirlos, por darles ideas para definir la palabra “prosperidad” (alguien sugirió Pfizer como sinónimo), por estar allí…

No tardaremos en descubrir la ironía tras este servilismo. De todas las maneras posibles, el cuarteto va a tratar de complacernos, va a intentar, con tesón y buena voluntad, darnos lo que se supone queríamos ver cuando pagamos por un espectáculo de danza. Lo  intentan con el techno y la vanguardia, la obstinación repetitiva y agotadora del minimalismo, con el perfeccionismo del ballet y finalmente, con el musical acuático. Lo bueno es que no son buenos. Y fingir que no son excelentes, siéndolo, es todo un reto interpretativo que el cuarteto, especialmente Gribaudi, resuelven eficazmente por la vía del humor y la ironía, el sarcasmo y el (buen) ridículo.

Avanzada la representación, tanta adulación incomoda. Y puede que allí esté el mensaje, en la diferencia que hay entre lo que quiere el público, siempre ávido exigente e inclemente, y lo que el artista, humana y generosamente, puede hacer para complacer esta voracidad. Y eso engloba esa necesidad inoculada de pedirle a la danza belleza: en el movimiento, en la puesta y, especialmente, en los cuerpos que bailan, porque históricamente está clavada en nuestro subconsciente una norma absurda que dice que los bailarines han de ser bellos. Tan bellos como las tres gracias. Pero Gribaudi y sus gracias masculinas han venido a traernos una alternativa, la opción de una belleza contraria. La que ellos mismos emanan como personas y también como artistas serios que profesionalmente ejercen el ridículo.

Funciones hasta el 11 de abril. Sala Negra, Teatros del Canal.

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