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HOMOFOBIA EN GEORGIA

El 7 de febrero llega a las carteleras españolas Solo nos queda bailar, película que hace radiografía a una compañía de danza tradicional georgiana y denuncia la homofobia reinante en el país caucásico. Levan Akin, su director, nos cuenta en exclusiva la aventura

 

Texto_BEGOÑA DONAT

(Cannes) 30 de enero de 2020

“La danza georgiana está basada en la masculinidad. No hay sitio para la fragilidad”. Así machaca el profesor de baile al protagonista de una de las películas revelación del año psado, Solo nos queda bailar. El tercer largometraje del director sueco Levan Akin sondea la opresión de la que es objetivo el colectivo LGTBI en la ex república soviética a través del pulso personal de su protagonista, un bailarín de la escuela nacional de danza de Georgia que descubre su atracción por otro intérprete.

Antes de su estreno en nuestra cartelera este próximo 7 de febrero, este drama iniciático ya ha sido muy bien recibido en los festivales españoles en los que ha participado. La propuesta se ha alzado con el Gran Premio del Público y el Premio Ocaña a la Libertad en el Festival de Cine Europeo de Sevilla, el Premio al Mejor Actor y la Espiga Arco Iris en la Seminci de Valladolid, y el Premio del Público, al Mejor Intérprete y a la Mejor Película en el Festival LesGaiCineMad.

“Rodar esta película ha sido muy arduo para mí. No he recibido ningún apoyo oficial por el asunto que trato”, compartía Akin con susyQ en el pasado Festival de Cannes, donde la película participó a concurso en la prestigiosa Quincena de los Realizadores.

Para desarrollar su guión, el cineasta mantuvo entrevistas con miembros de la aporreada comunidad gay de Georgia: “Muchos estaban muy asustados, pero les dije que no iba a revelar sus nombres”. De hecho, para evitar recelos, fingió que su intención era filmar un documental sobre la danza georgiana, de forma que pudo realizar una profunda investigación sobre las tradiciones del país caucásico.

“El baile de Georgia es como una performance, como el kabuki en Japón, parte de un punto de vista narrativo y se desarrolla en forma de expresión corporal. Se enraíza en el folklore y dependiendo de la región, difiere, porque a esta región le sucede como al País Vasco, que está rodeada de montañas y cada zona se desarrolla de manera diferente, así que hay varias microculturas”, explica Akin, nacido en Estocolmo en 1979, pero hijo de padres georgianos procedentes de Turquía.

El director apreció que el estilo de las danzas es dinámico, enérgico y rápido. Los intérpretes realizan saltos y piruetas. Y las tramas recrean matrimonios, guerras, cortejos y trances de supervivencia, con ensalzamiento de valores como el rigor, la resistencia, el honor y la gloria.

“Durante la era soviética visitaron espacios tan emblemáticos como La Scala de Milán o el Royal Albert Hall de Londres, pero cuando cayó el comunismo en los noventa, perdieron los fondos públicos, así que su proyección internacional se desvaneció. Ahora actúan principalmente en Ucrania y Rusia. En ocasiones, también en Europa, pero no en grandes sitios”, aclara.

En el elenco hay actores profesionales y no profesionales. El protagonista, Levan Gelbakhiani (en la foto), nominado a mejor actor en los Premios del Cine Europeo, es un bailarín de contemporáneo que aprendió danza georgiana de niño “porque todos los críos lo hacen”. Para dar veracidad a la trama de autodescubrimiento, el director incorporó anécdotas y sensaciones vividas por antiguos bailarines LGTBI, que le transmitieron qué significaba exponer su orientación sexual en el contexto de las compañías de danza del país. “Los profesores lo sabían, pero si eras discreto, no pasaba nada”, revela Akin, que añade que una de las anécdotas que aparecen en el filme, acerca de un bailarín que fue llevado a un monasterio en las montañas para “curarse de su desvío”, es una historia real y su protagonista tiene un pequeño papel en la película.

Solo nos queda bailar, que fue la candidata para representar a Suecia en los Premios Oscar 2020, es la primera realizada por Akin en la lengua de sus ancestros. Su motivación surgió tras ver una noticia en 2013 donde medio centenar de jóvenes que decidieron celebrar el Día Internacional del Orgullo Gay en Tiflis fueron sitiados en un autobús por parte de los participantes de una contramanifestación fomentada por la Iglesia ortodoxa. El director no se ha librado de la presión. Durante el rodaje, recibió amenazas, y tras el estreno en festivales, varios medios georgianos lo llaman Satanás. El apelativo le hace sonreír e incluso vanagloriarse: “Algo debo de haber hecho bien”.

Solo nos queda bailar se estrena el 7 de febrero en cines de toda España, distribuido por Avalon.

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