COREOGRAFÍA ARTESANAL EN TIEMPOS DIGITALES
Russell Maliphant trajo a Teatros del Canal, en Madrid, su creación ‘Vortex’, homenaje a Jackson Pollock. Fuimos a verla y esto nos pareció…
Texto_OMAR KHAN Fotos_DEBORAH JAFFE
Madrid, 10 de enero de 2026
Resulta del todo entrañable el esfuerzo de Russell Maliphant (Canadá, 1961) por hacer una coreografía analógica de efectos visuales en la era digital. Su pieza Vortex, un encargo del prestigioso Sadler’s Wells londinense, que se presentó anoche y permanecerá hasta mañana en la Sala Roja de los Teatros del Canal, de Madrid, se autodefine como un homenaje a Jackson Pollock, el pintor que se hizo con la paternidad del expresionismo abstracto, así que en consecuencia difícilmente podría ser una obra narrativa, una vez descartada la opción del biopic. El intento apunta, según dijo su autor, a atrapar la espiritualidad atribuida al artista plástico norteamericano.
La coreografía se estructura en una serie de cuadros que accionan la danza de sus cinco [fantásticos] bailarines a partir de elementos concretos: un gigantesco lienzo móvil, que puede ponerse vertical u horizontal; un cubo que simula una de las técnicas del dripping –en la que se basa la pintura de Pollock-; los ingeniosos juegos de iluminación de Ryan Joseph Stafford que, sin embargo, acercan la figura de los bailarines más al cinetismo que al expresionismo o la simulación del pincel chorreante reconvertido aquí en un cilindro aéreo y giratorio que despide un polvillo…
No obstante, se requieren referencias más concretas y más exactas para poder identificar el universo Pollock. La placidez con la que transcurre la coreografía, sin momentos climáticos y siempre bajo una atmósfera zen, tampoco ayuda. La referencia que tenemos del acto de pintar en Pollock es que, en sí mismo, suponía una performance de acción, furia, energía, incluso violencia. Por eso, la opción espiritual de Maliphant no solo parece la menos adecuada sino que va en contra.

Artesanal
Por otra parte, ese interés en construir todos sus efectos de una forma artesanal es cierto que le otorga un aire nostálgico pero le pasa factura haciéndola parecer una coreografía de otro tiempo, con no pocas referencias a otras obras y otros creadores. Vienen a la cabeza desde las ingeniosas soluciones visuales de Alwyn Nikolais en los lejanos setenta, hasta el Nacho Duato que creaba su célebre cascada de cocaína en White Darkness a principios de siglo hasta las fabulosas máquinas de Yoann Bourgeois en tiempos más recientes.
Vortex es bonita, visualmente atractiva. Está muy bien bailada y aparecen muy bien planificadas y resueltas sus numerosas dificultades, pero no tiene la urgencia ni el pulso de Pollock ni la resolución escénica de las coreografías de nuestro tiempo. Maliphant, que bailó en su momento para DV8 y se hizo famoso como el partner habitual de Sylvie Guillem, después de que la diva abandonara la Ópera de París (con títulos como Broken Fall o Push), apuesta ahora por usos y recursos coreográficos de moda a finales del siglo pasado. No en balde trabajó con el prestidigitador escénico Robert Lepage, que le montó a él y a Guillem aquel prodigio llamado Eonnagata, estupenda obra… de otros tiempos.





