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La era Cunningham

Hace exactamente diez años el mundo de la danza contemporánea lloraba la muerte de uno de sus más grandes innovadores. Después de Cunningham ya nada fue igual. El pasado abril hubiese cumplido 100 años. Hoy, hemos querido recordar sus aportaciones

 

Texto_OMAR KHAN Fotos_CUNNINGHAM FOUNDATION

Madrid, 26 de julio de 2019

Los años 30 llegaban a su fin y estaba Martha Graham impartiendo un taller de verano en el Mills College, de California, como parte de los programas de divulgación de la Bennington School of Dance, de Vermont, donde era docente, cuando se fijó en un alumno atlético, joven y emprendedor, del que se quedó prendada. El chico se llamaba Merce Cunningham y no tardó Graham en animarle a instalarse en Nueva York e invitarle a formar parte de su compañía. Para él creó el papel del acróbata en Every Soul is a Circus (1939). También fue inspiración para el importante rol de El Predicador, en su clásico Appalachian Springs (1944), pero ya para esa fecha, Cunningham, un despierto e inteligente bailarín que había nacido en Centralia, un pueblo de Washington, en 1919, había empezado a cuestionarse la filosofía y la técnica de la danza Graham. Pensar se le daba bien y de los postulados de la danza moderna de su mentora sentía especial aversión por aquel que dice que cada movimiento tiene un significado.

No creía Cunningham que el cuerpo fuera un vehículo para contar historias ni tampoco que el movimiento sirviera para expresar sentimientos. El movimiento no significa nada. Es eso, un movimiento, y como tal pertenece a la danza, una disciplina que se basta por sí misma, que no necesita estar supeditada a una escenografía y una música ni tiranizada por una narrativa. Nada puede ni debe obstruir la integridad de la danza. Sobre esta base de pensamiento, de amor honesto por una disciplina a la que quiso devolver su esencia, trabajó Merce Cunningham hasta el último día de su vida, el 26 de julio de 2009, hace hoy diez años. Se pensaba que la danza moderna de Graham había alcanzado el techo con sus postulados de vanguardia pero en muy poco tiempo, Cunningham, el alumno rebelde, fue más allá, dio un paso aún más arriesgado, y fundó la posmodernidad.

La compañía de Merce Cunningham se fundó en el Black Mountain College, de Carolina del Norte, en 1953 con cinco bailarines y contaba con la colaboración de amigos artistas, destacando el músico John Cage, que fue su pareja sentimental y de creación. Los tiempos no eran fáciles para los artistas de vanguardia y el equipo giraba por todo Estados Unidos apretujado en una destartalada camioneta Volkswagen. Los bailarines, un manager que solía ser el pintor Robert Rauschenberg, que fue diseñador residente desde 1954 hasta 1964, los equipos, los instrumentos, las escenografías y todo el equipaje viajaban apiñados durante trayectos larguísimos, a veces para ofrecer una única función a un público que era menos de la mitad de la sala. Las críticas tampoco eran demasiado sobresalientes. Una en Nueva York apuntaba: “Anoche el coreógrafo Merce Cunningham ofreció un programa con sus propias coreografías y si alguien sensato no le detiene piensa hacerlo de nuevo esta noche”.

En 1964, cuando llevaba ya más de una década sembrando por todo Estados Unidos sus preceptos de una nueva danza, libre y autónoma, llegó por fin la primera gira internacional. París, el primer punto del tour europeo, fue un desastre pero Londres fue otra cosa. A sus presentaciones en el Sadler’s Well asistieron Frederick Ashton, Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev, y todos quedaron fascinados por la nueva manera de entender la danza. La prensa se desvivió en elogios, las tres semanas de representaciones consiguieron agotar las localidades y los ecos del éxito llegaron a Estados Unidos, donde comenzó, por fin, a ser muy valorado.

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Danza al azar

El azar, la noción del espacio ocupado por un cuerpo y la asimilación de los imprevistos son algunas ideas sobre las que se construye el lenguaje Cunningham, avalado por una técnica de danza hoy universal. Creía que el encuentro de los elementos que tradicionalmente se aglutinan alrededor de una coreografía como música, trajes, escenografía o iluminación era incidental. Para él, era un encuentro espacio-temporal pero no el resultado de un proceso conjunto porque Cunningham rechazaba vehemente las ideas de acción-reacción o clímax-anticlimax en la danza. Los componentes conviven juntos en el momento de la representación pero cada uno conserva su propia independencia e idiosincrasia, especialmente la danza. Nada está premeditado en la danza Cunningham. Su preocupación por el espacio fue fundamental. En 1964 durante su primera gira internacional decidió que el escenario no era el único lugar para la danza y se lanzó a la conquista de los espacios urbanos. Museum Events Nº 1, representada libremente en un museo de Viena, marcó el inicio de los events, estos acontecimientos de calle, de los que llegó a organizar más de 800 en toda su trayectoria, aparte claro, de las más de 200 coreografías de sala que ideó para su compañía.

A su manera y sin traicionarse, Cunningham siempre intentó ir más allá. Era curioso y nunca desdeñó las posibilidades de las nuevas tecnologías, buscando siempre la manera de ponerlas al servicio de la danza. Firmó algunas vídeo-creaciones cuando casi nadie en el mundo de la danza experimentaba con audiovisuales. Y en el año 1991 comenzó a interesarse por los ordenadores. Descubrió el programa informático Life Forms y a partir de sus bondades creó Trackers (1991), que asomaba ya las inquietudes que quedaron espectacularmente desplegadas en Biped (1999), su gran creación tecno-digital. Al momento de su muerte seguía creando. Nearly Ninety (2009), obra póstuma cuyo estreno europeo fue dentro del Festival Madrid en Danza, era una pieza monumental que seguía fielmente los mismos postulados, principios y estética de sus inicios. Tenía 90 años cuando murió aquejado entre otras por la artrosis, la enfermedad más cruel que puede padecer un bailarín.

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