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HUMANISTA

El Ballet de la Ópera de Lyon recala el jueves 25 de abril en el Teatre El Liceu con un programa que incluye tres obras fundamentales de Kylián. La ocasión parece propicia para revisar la aportación del creador checo al ballet contemporáneo

 

Texto_CARLOS PAOLILLO Foto_MICHEL CAVALCA

Madrid, 23 de abril de 2019

El ballet contemporáneo parecer ser hoy un estilo ya plenamente establecido. Se trata de una manera, que en realidad pueden ser muchas, de abordar la tradición de la danza académica en tiempos de radicales transformaciones sociales y culturales. El siglo XX permitió la permanencia y  vigencia del arte del ballet, incluso mucho más allá de las visiones de la modernidad.

Afianzado en la codificación liberadora, plástica y musical del original neoclásico y  explorando en un complejo mundo de ideas y emociones humanas, un renovado ballet surgido hacia la segunda mitad del siglo XX logró la suficiente distancia y la necesaria influencia como para exhibir su propia autonomía.

Las voces orientadoras de esta consideración vigorizada de un arte escénico tradicional y, por tanto, poseedor de solidificados conceptos y formas estructuradas, superaron la impronta del siglo XIX e incluso la de la centuria siguiente, para enfrentarse con los exigentes desafíos de la posmodernidad en la creación. 

El advenimiento y la evolución de la danza moderna con la irreverencia de su impulso, la inconformidad con un cuerpo meramente lúdico y necesitado de una expresión profunda, que se tradujo en el desarrollo y la universalización de técnicas alternativas, aunado a la adecuación de la repensada noción de interdisciplinariedad en las artes y la incorporación a ella de tecnologías avanzadas, trajeron consigo un ambiente de inevitable transformación en los patrones del llamado ballet neoclásico. 

El nombre de Jiří Kylián (Praga, 1947) resulta determinante en la conversión del ballet en un hecho creativo de la contemporaneidad. El coreógrafo checo surge como fundamental dentro de la generación propulsora de adecuaciones y también rupturas con un pasado no tan remoto, aún fastuoso, que traería consigo las caracterizaciones de un ballet contemporáneo.

Este creador se constituye en cimiento de una corriente que traería asentamiento y decoro, al tiempo que conciencia del presente y visión del futuro, a una manifestación escénica que nació cortesana y en buena medida todavía se asumía como tal. Kylián constituye un universo de movimientos esencialmente humanista, vigoroso, dinámico y altamente personalizado.

Su ruta lo llevó a alcanzar el surgimiento de una nueva escuela coreográfica, la de los Países Bajos, consecuencia directa de su conducción artística en el Nederlands Dans Theatre (NDT), de La Haya, donde llevó las riendas desde 1976 hasta 1999. Con esta afamada compañía desplegó ampliamente sus capacidades creativas, mostrándose como admirador de una tradición que recibió como legado, a la que dotó de contenidos y matices de inquietante contemporaneidad, en sintonía con su contexto cultural y los procesos globales.

Su danza es interna y serena. También violenta y arrolladora. La especificidad de su lenguaje, que combina lirismo, teatralidad e intrínseco sentido plástico, le otorgó una notoriedad paradigmática.

La obra de Kylian puede ser analizada como una unidad dentro de la más sorprendente diversidad. El dinámico sentido de la composición que ostenta, su visión de la pareja, que se convierte en tríos o cuartetos prodigiosos, y su rico e indagado vocabulario, síntesis de sus intereses e ideales, singularizan su presencia y su influjo en la danza occidental. Con Jiří Kylián el ballet contemporáneo se configuró en estilo.

El programa de las próximas actuaciones del Ballet de la Ópera de Lyon en el Liceo de Barcelona, del 25 al 28 de abril, incluyen tres de sus obras fundamentales:Petite mort (1991, Mozart, en la foto), estrenada en el Festival de Salzburgo, auténtico referente de Kylián,  creada para doce bailarines que manipulan con singular destreza igual número de floretes, que más que objetos fungen como compañeros de baile, en una suerte de equilibro perfecto entre expresiones barrocas y contemporáneas; Bella figura (1995, Foss-Pergolesi-Marcello-Torelli-Vivaldi), planteamiento existencial que se debate entre dimensiones ilusorias y reales; y Wing  of wax (1997, Von Biber-Cage-Glass-Bach), sobre las ansias humanas de vuelo, a partir de mito de Ícaro, poseedor de un tratamiento de depurada abstracción.

Estas creaciones de Kylián poseen un denominador común: belleza traumática y levedad corpórea, contrastada con profunda  introspección de movimientos, una característica extensible a buena parte de su extenso y reconocible catálogo de obras, donde figuran coreografías fundamentales no ya del NDT sino del ballet contemporáneo del siglo XX. Sinfonía de los salmos (1978), Sinfonietta (1978), Forgotten Land (1981), Stamping Ground (1983) o, entre tantas otras, Falling Angels (1989).

 

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