ouramdane

 

Aguas turbulentas

Arrancó lágrimas anoche Rachid Ouramdane con una obra sobre el tema de la inmigración que fue estrenada en la Bienal de Lyon y, tras una emotiva ovación, le dejó consolidado como uno de los grandes coreógrafos del momento.

 

Texto_OMAR KHAN Foto_PATRICK IMBERT

La Bienal de Lyon es a la danza lo que el Festival de Cannes al cine. Es el escaparate de danza más relevante, es capaz de crear tendencias y ser heraldo de la danza que se va a imponer, gracias principalmente a su extraordinario poder de convocatoria. Por Lyon corren ahora mismo, de un escenario a otro, enfebrecidos y enloquecidos, los programadores de los teatros más renombrados y los festivales de mayor a menor prestigio de todo el mundo. Van buscando títulos. Tradicionalmente estos ávidos cazadores de espectáculos esperan ansiosos encontrar aquí la que podrán subtitular en su país como “la obra definitiva de la temporada”. Aunque termina el próximo 30 de septiembre, parece claro que la Bienal francesa ya les ha dado un nombre: Rachid Ouramdane, que ha terminado por conmover y arrancar lágrimas a todos los que anoche vinieron al estreno de Franchir la nuit (Franquear la noche), obra terriblemente bella que aborda sin cortapisas la problemática de la inmigración estrictamente desde el punto de vista del inmigrante.

Ouramdane, nacido francés en Nîmes pero hijo de inmigrantes argelinos, es dueño de una trayectoria ya importante en la que el tema de la inmigración había sido abordado desde diversas ópticas. En su mayoría se trataba de obras de mediano formato que, ahora entendemos, eran la preparación para el gran salto que dio anoche en la imponente Ópera de Lyon. La esencia de su discurso sigue intacta pero ha demostrado lo que puede llegar a hacer con los medios adecuados (es director, desde 2016, del Centro Coreográfico Nacional de Grenoble).

La escena reproduce el mar. No un vídeo, una foto ni una abstracción del mar sino una enorme piscina con oleaje constante que baña y azota a una treintena de intérpretes, entre los que hay hombres, mujeres y muchos niños, en emergencia constante, en un deambular que angustia. No es, desde luego, una playa tropical con turistas tomando el sol con pasaporte y billetes en sus carteras. Es una playa siempre nocturna, oscura y amenazadora que supone un obstáculo en la huida a la desesperada de toda esta gente. De ahí, su título elocuente: Franquear la noche.

Aunque usada con relativa frecuencia, el agua en la danza suele ser festiva. Pero aquí no. En unos deslumbrantes vídeos –que le sirven de transición entre escenas- lo podemos corroborar. La lluvia incesante, el mar embravecido, los chorros a presión quizá prevenientes de un antidisturbio, son formas francamente agresivas del agua que atacan al inmigrante desamparado. Como lo es ese mar ennegrecido, tal vez el Mediterráneo, que también se pone intolerante y se traga a los desesperados.

Hay un tercer participante que es una ausencia. No lo representan ni lo citan, pero tanto el coreógrafo y los intérpretes como nosotros, espectadores, sabemos que fue allí, en esa playa, donde alguien tomó la imagen, espeluznante y emblemática, de Alan, aquel niño inmigrante sirio que terminó sus días muerto boca abajo sobre el mar en una costa turca, en 2015.

Es cierto que hay belleza a borbotones en Franchir la nuit, que el agua es un elemento clave en la estética del espectáculo, que esas versiones de canciones populares levantan el vello y que de manera muy consciente la postura del coreógrafo, aún haciendo un pronunciamiento inequívoco y feroz, no es de rabia ni rencor. Pero él sabe que nosotros sabemos perfectamente que lo ocurre en su escenario (como ese solo de desesperanza de un padre golpeando el agua) no está anclado a ninguna ficción ni delirio artístico. Son verdades contundentes salidas de una realidad que mientras la vemos desde nuestras numeradas, cómodas y secas butacas de la Ópera de Lyon, está quizá ocurriendo realmente en una costa europea. Esta noche. Ahora mismo. Ya.

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