ENCUENTRO HISTÓRICO EN VALENCIA CON LAS PIONERAS DE NUESTRA DANZA
Ayer en La Nau se celebró un (re)encuentro con muchas de las artistas que impulsaron la danza en nuestro país, y se asistió al estreno de una pieza creada por dos de ellas, María Muñoz y Mónica Valenciano. Te lo contamos…
Texto_OMAR KHAN Fotos_PATRICIA VARGAS / RADIAL OFICINA CREATIVA
Valencia, 29 de marzo de 2026
Hace cincuenta años, cuando Franco murió plácido en su cama, ya la ideas de la modern (y la posmodern) dance norteamericana habían impactado en Europa. Ya Pina Bausch había iniciado en Alemania la revolución que supuso la danza teatro y Marina Abramovic había instaurado la performance, poniendo su cuerpo en peligro en aquellas acciones extremas. Pero nada de eso había permeado en España. Como a tantas cosas, a la danza contemporánea también llegamos tarde.
Al igual que en Estados Unidos, pero mucho más tarde claro, por aquí también fueron principalmente mujeres -bailarinas y coreógrafas dando palos de ciego-, las que quitaron maleza y abrieron camino. Muchas de ellas, hoy con sus pelos canos pero su actitud inalterable, y casi todas en activo, se reunieron ayer en Valencia para reflexionar sobre aquellos días en los que prácticamente y de la nada, se reinventaron como artistas. Hablaron del pasado sin nostalgia, evaluaron el presente con recelo y sopesaron a las nuevas generaciones y el futuro con cautela.
Enmarcado en el amplio programa estatal España en libertad. 50 años, se orquestó así esta jornada intensa y fructífera, dentro del capítulo Plazas y Performances, que fue organizado por el periodista Pablo Caruana, quien tuvo muy buena receptividad y poder de convocatoria, consiguiendo reunir en el espacio La Nau, de la Universidad de Valencia, a un importante puñado de innovadoras y pioneras de aquellos inicios, junto a algunas creadoras jóvenes, que se sentaron en sendas mesas de reflexión, una por la mañana y la otra por la tarde, para culminar todas en un momento especial, el estreno de QUE SI PUÒ FARE, QUE SI PUÒ DIRE, un dueto que reunió por primera vez en un escenario a María Muñoz, de la compañía Mal Pelo, y a la impulsora de la danza experimental Mónica Valenciano, dos bailarinas y creadoras pioneras de una misma generación, pero con intereses y personalidades diametralmente opuestas.

Espíritus rebeldes
La jornada, intensa, resultó conmovedora. Aunque se realizó con cierta modestia, gran trascendencia tenía este (re)encuentro de espíritus rebeldes, mujeres que apostaron por la danza como una forma de vida en tiempos que casi nadie por aquí entendía qué hacían ni lo que se proponían. Allí sentadas estuvieron ayer Rosángeles Valls, Lipi Hernánedez, Gracek Menéu, Elena Córdoba, Cristina Andreu, Mariantónia Oliver, Olga Mesa, Julia Irango, Rocío Pérez y Ana Buitrago, artistas que en aquellos años contribuyeron a la formación de una conciencia de danza, que allanó el camino a creadoras más jóvenes como las que fueron invitadas a contrastar ideas y maneras de hacer: Luz Arcas, Javiera Paz y Clara Pampyn.
Antes de comenzar el debate, muy oportuna e intencionadamente Rosángeles Valls, la que fuera directora de Ananda Dansa, la compañía más emblemática en los inicios de la danza contemporánea valenciana, quiso hacer un recordatorio del complejo contexto en el que ella comenzó su aventura creativa. “A mi no me dieron mi título porque me negué a hacer el servicio social, donde te enseñaban a coser, cocinar y esas cosas del hogar. Yo era vegetariana y budista, y lo que menos me interesaba era eso, así que el título de danza lo obtuve cuando me casé, porque era necesario tener marido para que te lo dieran, y mi escuela de danza la gestionaba él, porque yo no podía, yo era mujer. Al inicio de Ananda Dansa me enfrenté a programadores que eran todos hombres que venían del teatro de texto y no sentían ninguna necesidad de programar danza ni de abrirse a algo que no les interesaba”.

Los referentes
El debate se abrió con una pregunta interesante. Si por aquí, en aquellos estertores de los años setenta, no había nada ¿cuáles fueron, entonces, los referentes de estas creadoras? Resulta curioso aunque no sorprendente que el nombre de Pina Bausch apareciese como una referencia internacional importante. A Cristina Andreu, que fuera directora de La sonrisa de Caín, le había impactado 1980, en el Mercat de les Flors y Elena Córdoba tiene una impresión todavía muy nítida. “Cuando vi a Nureyev y a Margot Fontayne bailando La sílfide en La Zarzuela, se me desmontó un mito”, nos relataba. “En cambio, años más tarde vi Café Muller, de Pina Bausch, y eso me hizo comprender la pasión que yo tenía”.
En cuanto a las referencias en España, el nombre del bailarín y coreógrafo francés, entonces anclado en Cataluña, Gerard Collins, fue varias veces nombrado. “Con él aprendí que tenía capacidad para ser libre”, sentenciaba Lipi Hernández. Albert Vidal, Carles Santos, Toni Jodar o Carlos Marquerie, presente ayer en la sala, fueron otros nombres inspiradores. Muchos catalanes, quizá porque Barcelona era un foco relevante de la incipiente danza contemporánea española.
Gracek Menéu, líder de Vivans Dansa, una de las primeras compañías valencianas, lo reconoce abiertamente. “Para mí el referente ha sido Cataluña. La forma en que se organizaban, los proyectos que tenían, allí había muestras, lugares de encuentros, muchos artistas. Yo me maravillaba”.
Ante la pregunta sobre las instituciones y espacios de encuentro de aquellos primeros días, también hubo consenso. El Festival Dansa València, creado en 1988 como una ventana para la nueva danza de toda España, ha sido un referente de gran importancia, así como también la Sala Pradillo, de Madrid o el Centro de Nuevas Tendencias, organismo oficial que lideró con tino el ya desaparecido Guillermo Heras. Pero sin duda, la iniciativa de La Caldera, en Barcelona, que empezó como sede de nueve compañías y terminó como el centro de residencias que es hoy, ha sido muy inspirador. Lipi Hernández, de Las malqueridas, fue miembro fundador.
“El primer ejercicio fue de convivencia, habían ocho como tú y había que pactar con ellos como hacer las cosas juntos”, rememora. “Recuerdo que al principio nos echábamos ocho horas discutiendo para decidir si debíamos tumbar un tabique. Luego lo abrimos hacia el exterior y lo llamamos Centro de Creación. Fue un referente para mi, allí me di cuenta de que podíamos inventarlo todo nosotras, sin depender de lo que nos dijeran otros”.
También hubo reflexión sobre la problemática del público para la danza. “Ese problema no existe, es mentira”, zanjaba Cristina Andreu, que fue directora de la compañía La sonrisa de Caín. “El problema lo ha generado el programador porque con la danza ha conectado siempre gente de cualquier edad y trayectoria, pero yo he escuchado demasiadas veces a programadores decirme aquello de ‘tu espectáculo me gusta pero no es para mi público’”.

El presente y el futuro
Ya por la tarde, se abrió el debate sobre el presente, el futuro, las nuevas generaciones… ¿Cómo ven, cómo viven, estas pioneras los frutos de lo que una vez sembraron? Un poco mal, parece. “Preocupa la precarización, no ya de la cultura sino de la vida. En esta profesión casi nadie se puede hoy permitir el lujo de investigar, rozar, probar, perderse o equivocarse. Hoy, lo que producimos con el cuerpo debe responder a una inmediatez, no hay lugares para compartir ni preguntar al otro. En los años dosmil todavía teníamos un margen, pero hoy ya no”, opinaba Ana Buitrago, una de las impulsoras de las vanguardias escénicas de nuestro país.
Era el momento de escuchar las voces y opiniones de artistas de generaciones muy posteriores, que tampoco, hay que decir, se mostraban demasiado optimistas. En opinión de la directora de La Phàrmaco, Luz Arcas, “lo publicitario está manejando el arte y una pieza funciona si la puedes vender por Instagram y la personalidad artística es un eslogan. Yo tuve suerte porque sorbí de estas generaciones anteriores a la mía, en las que el artista tenía un espacio de libertad”. Un espacio que fue también reivindicado por otra veterana, Olga Mesa, impulsora de la experimentación en Madrid, radicada en Estrasburgo desde hace años.
“Vivimos en algo que parece pero no es”, comentaba. “Este mundo de internet y las modas son un peligro. Me pregunto cómo podemos ayudar a los jóvenes, me gustaría echar una mano porque creo que el cuerpo y el pensamiento del cuerpo son una práctica. Me preocupa irme de este mundo sin haber conseguido pasar los mensajes”.
Mariantonia Oliver, otra veterana que desde hace años lucha desde Mallorca en un entorno rural, ponía el acento en las perspectivas de futuro. “Yo trabajaba por las noches, ensayaba en el pasillo de una biblioteca, nos inventábamos todo porque no había nada, en cambio veo mucho acomodo en los jóvenes de hoy. He estado con gente joven que se queja dentro de su acomodo. Yo en el futuro me veo andando, me veo en movimiento porque el futuro no existe, el futuro es lo que hacemos ahora. Yo creo que la creación es una actitud de vida y puedes crear de mil maneras. Tenemos que ayudar a los jóvenes a que se sientan valientes y hacerles entender que el futuro está en lo que generas tú ahora con lo que piensas”, concluía.
Fue, pues, un encuentro bonito. Una reunión de cuerpos pensantes, los de unas mujeres fantásticas que sembraron en un desierto con la convicción de que nacerían flores y ayer lo rememoraron en su jardín…
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