MARCOS MORAU DISTORSIONA EL BALLET Y PARÍS LO OVACIONA
En ‘Ètude’, su primera obra para el Ballet de la Ópera de París estrenada anoche, el coreógrafo valenciano crea una pieza insólita desde su propio imaginario y el exigente público de la Opera Garnier parisina le regala una ovación. Allí estuvimos y así lo vivimos…
Texto_OMAR KHAN FOTO_YONATHAN KELLERMAN / ÓPERA DE PARÍS
París, 12 de marzo de 2026
Anoche, Marcos Morau añadió fantasmas a la ópera en esa réplica personalizada de la Sala Garnier y el Ballet de la Ópera de París en Étude, la coreografía con la que debutó en la Sala Garnier con los cuerpos del Ballet de la Ópera de París. Y recibió una ovación entusiasmada del exigente público de esta casa. De alguna manera quiso mostrarnos cómo sería esta compañía y el mismísimo ballet si en vez de estar en el centro de la capital francesa estuviese ubicado en una avenida principal de su universo creativo, ese mundo ya reconocible en el que transcurren las obras que crea para su compañía de Barcelona, La Veronal, y para las numerosas agrupaciones internacionales que se pelean por tener una obra suya en repertorio.
Étude es un ballet distorsionado, el homenaje de un coreógrafo que no viene del mundo de la danza académica pero tiene curiosidad y respeto por esas formas. Si en Afanador, con el Ballet Nacional de España (obra que, por cierto se verá en el Teatro Chatelet, de París, desde el 27 de marzo) se interesaba por cómo sería el flamenco en su universo, aquí lo hace con el ballet. Y vuelve a ocurrir el fenómeno. Aunque, en rigor, no podría decirse que es un ballet (ni siquiera se atreve con las puntas), tampoco podría ponerse en escena con bailarines que no dominen esa técnica. Y en este caso se topó con la excelencia del insólito y versátil equipo de la compañía parisina que, con tan buen tino dirige el español José Carlos Martínez. No es la primera vez que colaboran juntos. En 2014, el murciano, entonces director de la Compañía Nacional de Danza española, le encargó cuando aún no era la celebridad que es hoy, Nippon Koku, una creación no del todo comprendida por el público, que tuvo un recorrido breve y no sería mala idea que la CND recuperase.

Clones mecánicos
Étude es una pieza extraña, fascinante y fantasmal, de fría belleza… una experiencia sensorial insólita. Arranca por el final, cuando en proscenio una primera bailarina -con tutú, diadema y bouquet-, avanza a saludar con esa sonrisa falsa de las divas de otro tiempo. A sus espaldas, tras un velo tupido, empezamos a distinguir, como clones mecánicos, al resto de bailarines y bailarinas de la compañía, todos por igual vestidos como la diva. Cuando sube el telón, hay una réplica del mismo telón que ha subido. Entendemos entonces que estamos en un ballet auténtico de la Ópera de París que en la ficción transcurre en esa misma sala, con esos mismos bailarines, tal y como si fuese un universo paralelo. Un recurso de ballet dentro del ballet que conecta con ese acto de amor al teatro y la caja teatral que, en su momento, fue Opening Night, de La Veronal.
No hay alegría, brillo ni exaltaciones. El ballet cruzado con el kova, esa técnica de cuerpos fragmentados que es seña de identidad de Morau y La Veronal (aquí le volvieron a asistir sus cercanos colaboradores Shay Partush y Lorena Nogal) otorga un aire más bien macabro a unos bailarines que, a veces dudamos que estén vivos o sean verdaderamente humanos. En su distorsión, rutinas como el ensayo, la repetición y el rigor de la danza académica (el étude propiamente dicho) se ejecutan con obstinación en una barra de ballet, símbolo totémico de la disciplina, reconvertido en un círculo a modo de altar, que permite al coreógrafo hacer alarde de sus capacidades en el manejo de la sincronización y el canon con grandes grupos, en uno de los momentos más coreográficos y emocionantes de la velada.
Después del ensayo extenuante, viene el estreno. Del cielo cae entonces, con ceremonial lentitud, una réplica de la famosa araña del monumental teatro parisino. Va bajando insegura, inestable, con las luces a veces parpadeando, de algún modo amenazante. Semeja al gran ovni del final de Encuentros en la tercera fase, de Spielberg, y es que algo de ciencia ficción tiene toda la escena, si no todo el espectáculo. Entonces bailan y bailan hasta que desde el fondo emerge un espejo, en el que nos vemos todos reflejados. Marcos Morau nos ha clonado a nosotros también y nos ha metido en ese escenario de ficción, como queriendo reafirmar que, en su universo, sin público tampoco hay función.

Realidad y ficción
Todos los elementos de la coreografía navegan en la misma dirección. Se mueven en una cuerda de equilibrista entre la realidad del ballet y la ficción macabra que aquí representan. La música, lírica e inquietante, de Gustave Rudman resuena melódica y bella entrecortada por momentos electrónicos siniestros, lo mismo la fantástica iluminación, realista y surrealista a un tiempo, de Andreu Fàbregas, que recurre a esos rojos absolutos que son tan de Marcos Morau, y no menos, los trajes de formas alegóricas al ballet pero de colores apagados, de Silvia Dalagneau.
Morau parece decirnos que si en sus obras materializa sus fantasías de creador, entonces es lícito que reinvente en Ètude a la mismísima Ópera Garnier, el sueño más caro a conquistar por cualquier coreógrafo de este planeta. Anoche, en medio del estruendo de los merecidos aplausos, el creador valenciano había ya subido otro peldaño hacia la gloria.

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