FUEGO DE NEÓN
Llega este fin de semana al Centro Danza Matadero, de Madrid, el ‘Prometeo’ que Asún Noales estrenó con su compañía OtraDanza en el Festival Dansa València el año pasado. Retomamos las reflexiones que publicamos al momento de su estreno…
Texto_OMAR KHAN Fotos_GERMÁN ANTON
Madrid, 10 de marzo de 2026
El padre severo y el hijo díscolo cierran el espectáculo con un dueto largo y emocionado de amor y reproche, de rabia y perdón. Asun Noales, coreógrafa y directora de la compañía alicantina OtraDanza, coloca el acento en la tensa relación padre-hijo en su personal versión del mito griego de Prometeo, que se estrenó el año pasado en el Festival Dansa València y recala ahora, los días 14 y 15 de marzo, en el Centro Danza Matadero, de Madrid. Regalar a los hombres el fuego, hasta entonces exclusividad de los dioses, supuso el progreso de la humanidad y un cambio radical de los designios divinos, lo que coloca a Prometeo como héroe generoso, pero en esta propuesta importan mucho más que la épica del relato, las emociones y el ejercicio del poder hegemónico encarnado en Zeus, el único vestido de rojo en una puesta blanca y limpia.
Aunque incursionar en la narrativa es relativa novedad en el catálogo de creaciones de Noales para OtraDanza (viene de un reciente Romeo y Julieta), Prometeo no es ajena a la estética y modos cultivados largamente por esta agrupación veterana con casi veinte años de lucha y permanencia.
Su interés por la plástica –Sempere, obra reciente, hacía danza el universo del pintor cinético valenciano- queda evidenciado no solamente en ese inicio escultórico, que imagina la génesis de la humanidad en el taller de un artista plástico, sino en los numerosos referentes que van desde la escenografía con aires de templo griego, una vez más diseñada por Luis Crespo, cercano colaborador aquí también participando en la dramaturgia, hasta el cuidado cromático y la iluminación expresiva de la reconocida diseñadora Olga García, capaz de modificar el espacio escénico con su luz.

Deux-ex-machina
Con apenas siete bailarines, Asun Noales aborda la monumentalidad del relato, que fluye diáfano sin recurrir necesariamente a convencionalismos de la narrativa con soluciones muy ingeniosas. Su fuego hecho de tubos de neón dan aire futurista a la puesta en escena y la apertura de la caja de Pandora que desperdiga un polvo negro que invade y ensucia el impoluto y blanco espacio destacan como modernos deux-ex-machina.
No obstante, el foco está puesto en los personajes y la vigencia de lo que ellos representan. No pierde ocasión de destacar el ciertamente cuestionable hecho de que la mujer (aquí Pandora como la primera de todas) fuese creada como un instrumento de venganza y se le atribuyera la responsabilidad, nada menos, que de liberar con su imprudencia todos los males que aquejan al hombre.
El poder absoluto y vengativo concentrado en una sola persona es tema tristemente candente de nuestra actualidad, como lo es también el abismo que se abre entre padres analógicos e hijos digitales.




