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PINA BAUSCH SIGUE VIVA

La reposición de Barbazul, estrenada anoche en Londres, y el reestreno de La consagración de la primavera con bailarines africanos, se cuentan entre los planes de la compañía de Wuppertal para este año. Te lo contamos en detalle…

 

Texto_OMAR KHAN Fotos_MAARTEN VANDEN ABEELE

Madrid, 13 de febrero de 2020

A más de una década de la muerte de la creadora alemana Pina Bausch (Solingen, 1940 - Wuppertal 2009), su compañía, la Tanztheater Wuppertal, tras un largo período de verdadera inestabilidad, parece decidida a intensificar la visibilidad de la obra de la célebre coreógrafa, y al mismo tiempo, reinventarse como colectivo del siglo XXI. En la presente temporada, la agrupación que fuera liderada por una de las coreógrafas más emblemáticas del siglo pasado, parece orientada a revisar un período específico y tremendamente importante de su vasto repertorio: el que marcó la transición que va de sus primeras obras de los años setenta, las llamadas óperas-ballet, hacia la consolidación del lenguaje y los códigos de la danza teatro, movimiento de los ochenta hoy perfectamente legitimado a nivel internacional, que la hicieron célebre.

El reestreno anoche, en Londres, de Barbazul (en la foto superior, 1977), una pieza clave; la reposición, en marzo, de Los siete pecados capitales (1976), en París, y la reinvención de La consagración de la primavera (1975, probablemente junto a Café Müller, su trabajo más conocido y reconocido) ahora en los cuerpos de bailarines africanos procedentes la École des Sables, de Senegal, conforman una suerte de tríptico fundamental para entender cómo fue que se originó la danza teatro pero también da pistas sobre cómo quiere redefinirse la compañía que, entre tumbos y decisiones equivocadas, no ha sabido encontrar el norte tras la sorpresiva muerte de Pina Bausch hace más de una década.

 

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El asesino Barbazul

Barbazul (en la foto sobre estas líneas, 1977), es pieza rara pero significativa del legado de Bausch, una obra bisagra que permite entender cómo la creadora se desprendía entonces de ese modo escénico que dominó sus trabajos tempranos en los que intentaba revertir la esencia de la ópera para reconvertirla en danza. Ifigenia en Tauris (1974) y Orfeo y Eurídice (1975) son las dos coreografías más emblemáticas de esta línea de investigación que ya había colocado a Bausch, en los setenta, como una de las más firmes promesas de la nueva danza alemana por venir. La dinámica de estas creaciones, ambas procedentes de la tragedia griega y las dos basadas en partituras de Gluck, consistía en una representación tradicional de la ópera -con sus cantantes, coros y orquesta- sobre la que literalmente se superponía una coreografía que, abruptamente, tomaba el control de la representación.

Cada personaje es presentado entonces como dualidad. Así, la soprano lírica que interpretaba a Eurídice aparecía cantando en escena vestida de gala para concierto y justo a su lado estaba la Eurídice bailarina, que “traducía” al lenguaje de la danza -una danza usualmente desgarrada y exaltada-, la tragedia terrible que la ópera, desde el libreto, nos iba contando.

Presta atención. Aquí hay dos posibilidades de lectura para la misma historia, parecía querer decirnos Bausch. Y ambas están a la misma altura y tienen igual relevancia. Una opta por presentarse en forma de música y la otra prefiere expresar el mismo relato en forma de danza. Pero en Barbazul, creada dos años después, a partir de la ópera de Béla Bartók, Bausch parecía confesarnos que estaba cambiando de opinión y que, por decisión propia, la danza y la ópera, al menos en su obra, ya no tenían igual relevancia. La coreografía gana, la ópera pierde.

El largo título original de la creación (Barbazul. Mientras escuchamos en cinta magnética la ópera El castillo del duque de Barbazul, de Béla Bartók) es en sí mismo una declaración de principios. Nos viene a decir que ahora la ópera pasa a un segundo plano. De orquesta, coro y solistas en directo en las primeras óperas-ballet, llegamos a esta síntesis, una sombría coreografía en la que un serial killer de la realeza colecciona en su castillo las cabezas de sus esposas, a las que en un acto de la más pura violencia machista ha decapitado. Ahora, la ópera se expresa casi exclusivamente desde una danza crispada, obstinada y pesimista, en la que la música queda encerrada (reducida, quizás) en un casete.

Abandonaba también, ya de manera definitiva, la narrativa convencional. Aunque la pieza sigue atada a una historia lineal -macabra y espeluznante-, es más una sucesión de imágenes horribles que un relato de horror. El reestreno internacional de Barbazul, por la Tanztheater Wuppertal, ha iniciado su gira internacional representándose desde anoche y hasta el próximo sábado 15 de febrero en Sadler’s Well, la casa de la danza de Londres.

 

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Consagración africana

Entre Orfeo y Eurídice y Barbazul, se ubican cronológicamente La consagración de la primavera (en la foto del fallecido fotógrafo catalán Josep Aznar, sobre estas líneas, 1975) y Los siete pecados capitales (1976), dos trabajos que de alguna manera nos explican hacia dónde era que Pina Bausch estaba intentando reconducir su trabajo. Y ambos forman parte de los rescates importantes que se verifican en la temporada actual de la compañía.

La consagración de la primavera (1975) tal vez sea la obra más recordada y emocionante de todas las que Pina Bausch creó para su colectivo. Se ha representado de manera continua desde su estreno y es emblema indiscutible de Tanztheater Wuppertal. Es obra emocionante, que corre galopante al ritmo in crescendo de la partitura de Stravinsky. Inspirada en el ballet homónimo que Nijinsky creó para Los Ballets Rusos de Diaghilev a inicios del siglo pasado, se distancia al convertir la anécdota en un verdadero combate entre hombres y mujeres, un tema que será explotado de manera recurrente en casi toda su obra posterior.

En Nijinsky hay una aldea rusa en la que cada año, el día del solsticio, se escoge a una doncella, La Elegida, para ser sacrificada a los dioses y así garantizar la cosecha. En Pina Bausch también, solo que, en su versión, las doncellas oponen resistencia. Y plantan cara a los perseguidores, todos hombres.

Si bien permanece intacta y fiel al original, la gran novedad de la nueva versión es que será íntegramente bailada por 32 bailarines africanos que aportarán la fuerza telúrica de su manera de bailar, abordando la coreografía desde sus cuerpos entrenados en las danzas populares africanas y la danza contemporánea occidental. La nueva producción es una alianza firmada entre la Fundación Bausch, que dirige Salomon Bausch, hijo único y heredero de todo el legado de la coreógrafa alemana, y la École des Sables, de Senegal, que dirige Germaine Acogny, la llamada madre de la danza contemporánea africana, quien ya había bailado My Black Chosen One. Sacre #2 (2015), un solo del contestatario coreógrafo francés Olivier Dubois, que rendía homenaje justamente a esta obra de Pina Bausch. Esta reinvención africana de La consgración… se estrenará en programa compartido con common ground[s], un dueto ideado y bailado a cuatro manos por Acogny y Malou Airaudo, la bailarina estrella de Pina Bausch, la misma que interpretó a La Elegida en la producción original y que hoy es directora de la Folgwang University, la escuela alemana de formación en el lenguaje de la legendaria coreógrafa.

El novedoso experimento tendrá su estreno internacional en el Sadler’s Well, de Londres (del 17 al 20 de mayo próximos) y el Teatro de la Ville de París (del 1 al 21 de junio), para luego visitar numerosos escenarios, entre los que se encuentra el Holland Festival, de Holanda, y el Teatro de la Ville de Luxemburgo.

 

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Siete pecados

Casi nunca después de su período temprano de las óperas-ballet, Pina Bausch volvió a montar coreografías narrativas sobre textos ya existentes. Una de las últimas ocasiones en que lo hizo fue con el estreno de una rara avis de su repertorio, Los siete pecados capitales (a partir de Kurt Weill & Bertold Brecht, 1976, en la foto sobre estas líneas), ahora en cartel para su reposición del 24 al 29 de marzo, en el Teatro Chatelet, de París, que contará con la participación en funciones selectas de las reputadas cantantes Ute Lemper y Meret Becker alternando el rol de Anna I. Se trata de una pieza festiva, como pocas hizo Bausch en sus inicios, que trae trasfondo moral, al vaticinar lo que le espera a la mujer que vende su cuerpo.

Los afortunados espectadores de todas estas reposiciones notarán sin duda los cambios en la plantilla de la compañía pues un buen número de los bailarines históricos de Pina Bausch ya no están. Con algunos jubilados, otros disgustados y varios reconstruyendo su carrera (incluso aventurándose como coreógrafos) fuera la Tanztheater Wuppertal, su ausencia es una de las señales más notorias de los cambios y vaivenes ocurrido de puertas adentro, donde se han vivido tiempos tórridos y turbulentos.

Varios han sido los directores artísticos de la compañía tras la muerte de Pina Bausch (Dominique Mercy, su bailarín fetiche, entre ellos). Y casi todos han fracasado, principalmente, porque la agrupación sin la que fuera su líder ha avanzado, diría Almodóvar (buen amigo de Pina), “como vaca sin cencerro”.

El dilema durante la última década se ha balanceado entre las dos posibilidades: proseguir como compañía-museo que mantiene vivo el repertorio o reinventarse y abrirse a nuevas creaciones para funcionar como un colectivo de coreógrafos invitados. Éste último fue el intento de Adolphe Binder, que invitó, con verdadero acierto, al coreógrafo griego de moda, Dimitris Papaioannou, que les montó la muy emocionada Since Her (aún en gira). Pero las diferencias del cómo hacer entre Binder y el cuadro directivo de la compañía propiciaron su despido fulminante. Ella les demandó y hace apenas unos días, una sentencia falló a su favor, por lo que la organización ahora debe indemnizarla y restituirle su cargo, algo que no ocurrirá, según ha declarado la beneficiada en un comunicado, porque ahora es ella la que no quiere volver.

La clave de esta nueva temporada, que parece optar por un mix entre repertorio y creación, se ha hecho bajo la óptica de Bettina Wagner-Bergelt, nueva directora artística de la compañía, que pone el acento en el legado de Pina Bausch pero no renuncia del todo a la nueva creación. La apuesta más potente en este sentido será el estreno, en junio de 2020, de Encounters, una obra colectiva que reunirá a un grupo de talentosos coreógrafos, bailarines, músicos y artistas visuales, entre los que destacan Sidi Larbi Cherkaoui, Richard Siegal, Helena Waldmann o Rainer Behr.

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