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EL DESAFÍO DE RUBÉN OLMO

¿Qué plan tiene el célebre bailaor para el BNE que ahora dirige? Hablamos con él y esto nos ha contado…

 

Texto_OMAR KHAN 

Madrid, 26 de noviembre de 2019

Tenía 18 años Rubén Olmo (Sevilla, 1980) cuando asumió, nada menos, que el papel de Calisto en La Celestina que montó para el Ballet Nacional de España (BNE) Adolfo Marsillach con coreografía de Ramón Oller. Todo ocurría en un Teatro Real que le intimidaba, que se le hacía ajeno y gigante a este bailaor criado en las 3000 viviendas, el popular barrio de la capital andaluza. Aída Gómez, entonces directora artística del BNE, había apostado por él pese a su juventud. “Estaba asustado, me quería esconder por las esquinas, pero Aída confió en mí, en mi danza y mi trabajo. Pasé tres años y medio en el BNE que fueron muy ajetreados. Había mucho trabajo, hacíamos muchas giras, nos dejamos la juventud. Fue emocionante sí, pero muy intenso”.

Lo que entonces no imaginaba el bailaor era que antes de cumplir los 40 años estaría él mismo llevando la dirección artística de la más emblemática de las compañías españolas, la misma que supuso entonces un punto de inflexión en su trayectoria. Quizá sigue asustado pero ya no quiere esconderse por las esquinas. Da la cara. El aspecto de chico tímido con aires de inocencia permanece pero se sienta a conversar, notoriamente emocionado e ilusionado, de su proyecto para el Ballet Nacional de España, cargo en el que sucede a Antonio Najarro, quien supo dar empuje y visibilidad a una compañía que hace ocho años, cuando llegó, vivía impregnada de gris.

Hay mucho escenario y mucha experiencia y aplausos entre el chico que bailó Calisto aquella noche y el que hoy asume la dirección artística del ente público. Rubén Olmo lleva bailando toda la vida, se ha aventurado con éxito como coreógrafo, ha sido emprendedor, ha dirigido el Ballet Flamenco, ha bailado para otros y no ha parado nunca. En 2002, a los 23 años, fundó su propia agrupación. “Me removía el hecho de tener mi propia compañía pero no todo fue maravilloso”, confiesa apesadumbrado. “Empecé en Madrid y fue bien hasta que me di cuenta, tarde la verdad, de que no lo tenía todo tan controlado como creía. Coincidí con un hombre listo que se llevó todo. Perdí dinero, me arruiné y abandoné. Fue importante mi encuentro con Antonio Gades en aquel momento difícil. Bailaba yo en Fuenteovejuna y un día, frío como era, me dijo no llores más, tienes dos piernas, así que sigue adelante. Me pareció un poco bestia pero fue una lección de vida, me abrió los ojos. Así que regresé a Sevilla. Un año más tarde, volví a formar la compañía”.

Esta segunda etapa resultó fructífera. Con la agrupación que lleva su nombre ha desarrollado una línea de creación que hoy le define. Ahora, por segunda vez la ha cerrado pero ésta vez los motivos son festivos. La incompatibilidad con el cargo de director del BNE obliga. La despedida fue emocionante. El contexto del Teatro Romano del Festival Itálica, de Sevilla, le prestó su elegancia imperial el pasado verano para cerrar este relevante capítulo de su trayectoria. La muerte de un Minotauro, en homenaje a Salvador Távora, fue la obra con la que cerró capítulo y bien podría ser ilustrativa de lo que van a ser sus producciones para el BNE: un tema concreto, ésta vez mitológico con conexiones a nuestro tiempo y nuestra estética (la obra Picasso andaluz o la muerte del Minotauro, de Távora, es un referente), la emoción humana condensada en la tragedia griega y la participación de creadores flamencos rabiosamente contemporáneos como Rocío Molina, Eduardo Leal o él mismo.

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Planes para el BNE

¿Por qué cree que su proyecto para el BNE fue el seleccionado?

Soy bailarín de larga trayectoria. Tengo una variedad de estilos que abarcan la danza española, el flamenco y otras corrientes. A los 23 años tuve mi primera compañía, luego dirigí el Ballet Flamenco de Andalucía pero también estuve con Ullate y con Ramón Oller, que no vienen de este mundo. Yo creo que la diversidad del proyecto presentado es lo que les ha interesado.

¿Cómo será el BNE de Rubén Olmo?

Yo seguiré la línea de Najarro, un concepto parecido en cuanto a los estilos de baile. Ya hay muy buenos bailarines y hay que ir a la busca y captura de los mejores. Se necesitan para la recuperación del repertorio y la creación de nuevas coreografías, que es la línea que siguió Najarro durante su gestión.

¿Y habrá algo diferente?

La propia danza. Bailamos los mismos estilos pero Antonio Najarro es muy diferente a mí. Yo uso una pulsación flamenca distinta y eso es un sello que inevitablemente dejaré en la compañía. Mi sello es muy concreto. Hago una danza muy humana y utilizo distintas especialidades. Así es mi lenguaje y es algo que se verá en las producciones pero creo que también hay que abrirse, invitar a artistas de fuera, que tengan ganas de hacer cosas diferentes. Traer nuevos coreógrafos enriquecerá mucho al ballet y al elenco artístico porque lo de fuera te enriquece. Y no estoy hablando necesariamente de coreógrafos que vengan propiamente de la danza española.

¿Cómo se define como coreógrafo?

No soy un coreógrafo dictador. Soy muy abierto a la creatividad y la participación. Me gusta que el intérprete haga sus aportaciones personales al trabajo y necesito un ambiente tranquilo para poder crear. Esto hace que la gente se sienta bien y esté a gusto, y por esa vía es cuando se consiguen las cosas más bonitas, las que nos llevan más lejos.

¿Desde dónde crea?

Para mí la música es un punto de partida fundamental. Supone el 40% del espectáculo pero lo de bailar por bailar no es lo mío. Puede ser muy literaria y narrativa o puede ser muy vanguardista, puede ser una pieza corta o una de una noche, pero nunca la danza por la danza misma.

El BNE tiene un repertorio que es patrimonio nacional. ¿Qué planes tiene en este sentido?

Muchos. Habría que recuperar el programa flamenco de Mario Maya, se me hace difícil que no tenga nada dentro del repertorio del BNE. Hay que remontar cosas que se hicieron y se han visto muy poco. Obras adelantadas a su época de José Antonio, piezas de María de Ávila, hay que volver sobre Danza y tronío, de Mariemma… hay que buscar, escarbar e indagar en el pasado, sin descuidar el presente

¿Y en cuanto a la nueva creación?

Poco a poco quiero ir fortaleciendo una plataforma de coreógrafos que puedan presentarnos un proyecto y que puedan contar con un espacio, una residencia, una posibilidad de crear con bailarines profesionales y que de allí salgan creaciones que podamos subir al repertorio del BNE. Los coreógrafos no tienen espacio ni infraestructura ni dinero y hay que buscar la manera de acabar con eso. Lo que nos falta ahora es un laboratorio.

¿Se siente preparado para asumir los riesgos de un cargo con matices políticos como la dirección del BNE?

Aunque era un proyecto más chico, me pasó cuando estuve tres años al frente del Ballet Flamenco de Andalucía. No siempre estás de acuerdo con las líneas y decisiones políticas pero yo soy poco de pelear y mucho de dialogar, más de aula que de despacho. Me puedo equivocar en mis argumentos pero en la práctica creo que a esas personas hay que explicarles las cosas muy lentamente, muy detalladas, decirles el porqué de todo.

¿Y qué recuerda de la experiencia artística con el Ballet Flamenco de Andalucía?

Con ellos hice tres creaciones. Empezaron con nosotros bailarines sin nombre que pasaron a tener su propia compañía. Salió una remesa de artistas hoy importantes como Eduardo Leal, Patricia Guerrero, Mónica Iglesias. Eso me gustaría que ocurriera en el BNE. No que digan que somos buenos sino que la gente recuerde a un bailarín por su nombre y apellido, que se reconozca su nombre.

¿Cómo ha visto el BNE desde fuera durante todos estos años?

He seguido al BNE y por años la vi como una compañía un poco perdida. Estaba allí, pero la gente no se acercaba a verla porque probablemente no estaba interesada, nada de lo que hacía tenía repercusión. Una parejita joven no se gastaba el dinero en venir a verla. Puede gustarte más o gustarte menos, pero con Antonio Najarro se hizo una labor muy importante de creación de nuevos públicos. Y yo estaré muy encima de eso. Esta compañía no tiene competencia, de verdad somos únicos y eso nos da acceso a una proyección internacional. Pero habría que simplificar en la forma. Hacer todo tipo de programas pero más ligeros, más fáciles de transportar y que sean más baratos, para poder llegar a ciudades y países que no pueden asumir los costes de una gira nuestra.

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