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NATALIA ÁLVAREZ SIMÓ - LO QUE VIENE A TEATROS DEL CANAL

El cese automático de Natalia Álvarez Simó al frente de los Teatros del Canal con el cambio de gobierno ha generado el apoyo masivo a su gestión y la petición de su reenganche por parte de más de mil firmantes, entre los que se encuentran importantes personalidades nacionales e internacionales. La relevancia de la transformación que ha hecho en Canal puede verse en este vídeo que realizamos antes de su cese, en el que explicaba a nuestros lectores la potente temporada 2019/20 que ha diseñado para este teatro, ahora sin director, que muchos esperamos siga dirigiendo.
  


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Nureyev (antes de la gloria)

El bailarín no es, en rigor, una película de danza, pero tampoco decepciona. Fuimos a verla y esto nos ha parecido…

 

Texto_OMAR KHAN

Madrid, 5 de mayo de 2019

Ralph Fiennes no ha querido contar la vida de Nureyev, al menos no la de excesos y genialidades que le conocimos después de instalarse en Occidente. Ha optado por centrar su película El bailarín, estrenada en cines de toda España esta semana, en un episodio concreto, breve pero intenso, quizá el más crucial: la gira del ballet Kirov de 1961 que llevó al joven y arrogante bailarín Rudolf Nureyev por vez primera a París y su espectacular deserción a Occidente en plena Guerra Fría, un acontecimiento que fue un golpe bajo para el Kremlin y un triunfo para su enemigo. Por este camino, se aleja el director del biopic de danza al uso (aunque echa mano a muchos de sus recursos) y se inclina más por el thriller político. Todo un acierto que le permite, además, aproximarse no al mito sino al hombre que era antes de serlo.

Esta astucia en el enfoque es la rendija por la que huye del lado más convencional y obvio de lo que pudo ser una película sobre la vida gloriosa de Nureyev. No lo enaltece ni lo venera. Se centra en episodios en los que la futura estrella no hacía nada enaltecedor ni venerable. Fiennes traza el dibujo de un joven arrogante y caprichoso, muy pagado de sí mismo. “¿Has bailado esta noche?”, le pregunta alguien la noche antes de su debut. “Si hubiese bailado, lo sabrías”, le responde con altanería. La película tampoco oculta que él sabía que la decisión de fugarse haría daño a muchos en Rusia, empezando por su profesor y siguiendo por su familia. Pero al mismo tiempo, desvela a ratos a un joven campesino ruso amante de la pintura y acomplejado de su condición, que cae fascinado por París, tanto por el Louvre como por el erótico Moulin Rouge, pero también por la vida animada de la ciudad, con sus bares gay y su mundillo esnob, en el que parecía encajar a la perfección.

Siempre concentrado en la tensa estancia en París, el cineasta se mueve con frecuencia a momentos del pasado: su nacimiento en un tren, su vida en la Escuela o su relación con Pushkin, ese maestro de ballet con aspecto pusilánime y parco de gestos, que da la clase con corbata y va a ser clave en su vida antes de París.

Los flashback a Rusia son principalmente en blanco y negro, negándole color a ese período de su vida al tiempo que otorga luz, color y calor al Palacio Garnier, la sede del Ballet la Ópera de París, que Nureyev va a llegar a dirigir.

 

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A ritmo de thriller

Fiennes centra el último tramo de la película en el tenso episodio del aeropuerto, con el que da el giro de timón definitivo hacia el thriller político, desde donde explora lo extraño que era el mundo bipolar en la era de la Guerra Fría. La larga secuencia está rodada con maestría, dosificando la tensión y generando auténtico suspense, muy a pesar de que todos sabemos cómo va a acabar. Por lo demás, la película está espléndidamente rodada y narrada. Sabe jugar a los contrastes entre los dos mundos, partiendo siempre de la perspectiva de que los rusos son los malos. Pero El bailarín no es una película de danza, hay que advertir. Es más bien una película de cómo se entrelazan en el mundo real (hasta el punto de crear un conflicto diplomático) la danza, la política y la vida. Esa es la lección para los que vayan esperando un filme edulcorado y feliz sobre la gloria de Nureyev.

Oleg Ivenko, un bailarín del Ballet Musa Jalil en la ciudad rusa de Kazán sin experiencia como actor, consigue un retrato veraz y creíble del joven Nureyev, al tiempo que el mismo Fiennes, con la solvencia acostumbrada, se reserva para sí el papel de Pushkin, su profesor. Sergei Polunin, el bailarín de la actualidad más parecido a una estrella gracias a sus comportamientos extravagantes, da vida a Yuri Soloviev, compañero de piso de Nureyev en París, y protagoniza un desnudo integral bastante gratuito, quizá colocado intencionadamente como un guiño y un gancho para atraer a las miles de admiradoras y admiradores que inexplicablemente deliran y desfallecen por el alocado bailarín ucraniano, ahora metido a actor de Hollywood sin mucho tino.

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