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Cunningham: 100 años

Tal día como hoy,hace un siglo, nacía  Merce Cunningham, el más destacado pionero de la danza posmoderna. El próximo 29 de julio harán diez años de su muerte. La danza, desde luego, no lo olvida. Tampoco nosotros. Gracias maestro...

 

Madrid, 16 de abril de 2019

Texto_CARLOS PAOLILLO Fotos_HERVÉ GLOAGUEN / CUNNINGHAM FOUNDATION

Tal día como hoy, Merce Cunningham cumpliría 100 años de vida. Y el próximo 26 de julio se cumplirán 10 años de su muerte. El mundo de la danza se vuelca pues en merecidas celebraciones alrededor de la figura de este gran innovador, el artista norteamericano que rompió moldes y abrió una nueva era para la danza, el hombre que fue más allá de la modernidad de Martha Graham, su maestra, y empezó la era posmoderna. Numerosas son las celebraciones. En distintas ciudades del mundo (Los Ángeles, Londres, Nueva York, entre ellas) 73 bailarines globales interpretarán hoy un total de 100 solos de Merce Cunningham, al tiempo que este verano festivales de gran relevancia como el de Montpellier, se volcarán en su figura. Por lo pronto, hemos creído conveniente revisar sus aportaciones el día que cumpliría un siglo de vida.

Inicios

Fue legendario el recital de la Brooklyn Academic of Music de New York el 5 de abril de 1944, que abrió la llamada Era Cunningham. Luego de este acontecimiento ya nada sería igual para la danza moderna norteamericana. La expresión corporal se despojaría de su teatralidad crispada y superflua y los conceptos de espacio y tiempo se harían ilimitados. Nueve años después, en diciembre de 1953, Merce Cunningham (Centralia, 16 de abril de 1919 – Nueva York, 26 de julio de 2009) presentaría en el Teatro Lys del circuito off-Broadway de Nueva York, su proyecto de compañía que se haría célebre y determinante en el mundo. Con la creación de la Merce Cunningham Dance Company se iniciaba la era posmoderna de la danza occidental.

Ajeno al mundo de las convenciones, Cunningham hizo de la danza un acto vital. Su concepción del movimiento, absolutamente innovadora y personal, cambió el sendero de la danza moderna de Martha Graham, convirtiéndola en un hecho calculadamente abstracto aunque íntimamente unido a la experiencia humana.

Audaz e inconforme, Cunningham revitalizó las posibilidades de la danza transformando el rol del bailarín, realizando aportaciones fundamentales a los conceptos de espacio y tiempo y llevándola hasta lugares insospechados convertidos por él en escenarios ideales. “Mi danza –sentenció- está fundada sobre el principio de individuos que se mueven y se reúnen. No se trata de héroes ni de emociones ni de estados de ánimo, sino más bien de entidades”.

Con este punto de partida, Cunningham marcaba definitiva distancia con Graham, su maestra y de cuya compañía fue bailarín fundamental a principios de los 40, separándose así del universo anecdótico y dramático de los principios técnicos rectores de la danza de esta artista esencial.

Una de las grandes aportaciones de Cunningham lo constituye su teoría sobre el espacio escénico, según la cual cada bailarín ocupa un lugar determinado del cual se convierte en su centro vital, desplazándose naturalmente en él, y tomando posesión del mismo. La conjunción de estos centros permite que el movimiento del intérprete sea visible desde multiplicidad de lugares en el escenario.

La noción espacial de Cunningham permite una amplia libertad de creación y la construcción de estructuras coreográficas impensables, dando como resultado un movimiento instantáneo y azaroso. A partir de sus convicciones, formula una técnica, hoy ampliamente difundida, que ofrece al bailarín un ámbito abierto para la investigación corporal y la libertad expresiva.

La utilización de la música en relación con la danza representa orto hallazgo significativo debido al singular coreógrafo. De acuerdo con Cunningham, la danza constituye una entidad autónoma, rechazando cualquier subordinación de esta al elemento sonoro. La música, en todo caso, resulta un acontecimiento simultáneo aunque separado de la acción del movimiento. Famosa es la colaboración artística de Cunningham con su pareja sentimental, el compositor John Cage y otros investigadores de la música electroacústica, en la búsqueda de nuevas experiencias dentro de la relación movimiento-sonido.

También es relevante la forma en que Cunningham vincula la danza con los elementos plásticos, propiciando una ruptura con la concepción tradicional de escenografía y vestuario, que se convierten en sugerentes entornos escénicos. El mismo coreógrafo ha destacado como particular diseñador de indumentarias, siendo igualmente resaltantes las cooperaciones de artistas célebres como Robert Rauschenberg, Jasper Johns o Andy Warhol en materia de decorados y diseños de iluminación. Difícil olvidar los plateados cojines flotantes diseñados por Warhol para su coreografía Rainforest, que flotando en el espacio escénico sorprendieron al público, pero también a los bailarines que no sabían de su existencia hasta el día del estreno. El azar fue un principio fundamental de su obra.

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Ascenso

La obra coreográfica de Cunningham es vasta y abarca más de sesenta años de historia de la danza contemporánea. Fue en la década de los 70 cuando fue verdaderamente aceptado como el investigador de una danza trascendente y un auténtico renovador del movimiento. Sus famosos events fueron acciones que alcanzaron alto impacto por su formato sin estructura rígida, susceptibles de ser representadas en espacios no convencionales: museos, campos deportivos o aparcamientos.

Por su ideal revolucionario, Cunningham es considerado el pionero de la danza posmoderna y el padre de una generación de artistas que desarrolló durante las últimas décadas del siglo XX el movimiento de la Nueva Danza, de gran influencia en los senderos que tanto en lo conceptual, lo formal y lo técnico, experimentó la danza mundialmente.

La historia reconoce en Merce Cunningham al creador inconforme que propulsó la revolución de la danza más allá de la modernidad en el mundo. Su obra sintetiza asombrosamente la condición alienada del hombre contemporáneo debido a los procesos sociales, económicos y políticos, incluida la desmedida presencia de la tecnología, de la que fue admirador, siendo uno de los pioneros de la videodanza y un innovador interesado por la informática como herramienta para la creación. Cunningham desveló al intérprete antihéroe. También creó al bailarín virtual.

A pesar de la enorme complejidad de sus obras y el impacto de sus aportaciones, Cunningham, en el día a día, era un hombre más bien sencillo. Así explicaba los orígenes de su enorme aportación: “Cuando llegué a Nueva York me uní a la compañía de Martha Graham. Ese trabajo dejó de interesarme y decidí trabajar para mí mismo, así que comencé a crear solos y ofrecer programas. Luego ya no quise trabajar más conmigo mismo y quería trabajar con otros bailarines, tener una compañía. Me interesaba crear piezas con otras personas que interviniesen junto a mí. Empecé a mirar alrededor y descubrí que no me gustaba como bailaban. No era un tipo de danza que me interesase. Fui un poco más lejos, imaginándome maneras de formarlos. Con el tiempo comencé a enseñar para tener unos bailarines interesantes. Básicamente así fue como comenzó todo”.

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