ESTO NI ES FLAMENCO NI ES NÁ
Hace 20 años para los aficionados a la danza española lo que hacía Israel Galván era puro disparate y sacrilegio. Desde mañana, el Centro Danza Matadero le rinde homenaje, y en buena medida, con su triple programa, derrumba aquella teoría. Te lo contamos…
Texto_OMAR KHAN Fotos_NICOLAS SERVE / RUIZ CARO / marcosGpunto
Madrid, 04 de junio de 2026
Cuando estrenó La edad de Oro hace veinte años, sobre todo en España y especialmente en Andalucía, persistían serias y siempre muy argumentadas dudas entre la comunidad flamenca sobre qué es lo que hacía este flaco y, todavía hoy, tímido bailaor y creador que es Israel Galván (Sevilla, 1973). De que sabía flamenco como es debido daba cuenta su infancia y primera juventud cuando su padre, el bailaor y maestro José Galván, le enseñó lo que sabía y el hijo pródigo le superó triunfando como niño prodigio en escenarios de toda raigambre. De que desaprendió lo aprendido para hacerse más auténtico daba cuenta su primer espectáculo en solitario, Mira. Los zapatos rojos que, allá por 1998, fue tildado de sacrílego e inaceptable por los sectores más cerrados y ortodoxos del flamenco, incluidos sus padres, la prensa y la crítica.
En esa misma línea rupturista, un poco más tarde, en 2005, cuando ya había llamado la atención de los grandes teatros europeos de la danza contemporánea (hoy es artista asociado del reputado Théâtre de la Ville, de París), estrenó La edad de Oro, un clásico de su catálogo que es Galván en estado puro, fue ovacionado en Francia y en buena medida desdeñado en su momento aquí en España, donde regresa mañana (con funciones hasta el domingo) a Centro Danza Matadero, de Madrid, que se prosterna ante él organizándole un ciclo que incluye, además de talleres y encuentros con el público, dos obras recientes muy distintas entre sí: Sevillanas solteras (12 y 14 de junio), en la que desafía, al fin, un estilo flamenco que siempre se le resistió y Bailas baby? (día 12), su primera incursión en danza para bebés.
“Con las obras pasa que siempre las haces y se te van del cuerpo y de la mente”, decía Galván a los medios reunidos esta mañana en Matadero. “Pero cada vez que bailo La edad de Oro es como la primera vez, es una pieza que todavía disfruto. La edad de Oro es el apartamento donde vivo, le cambio de vez en cuando el sofá, pero sigue siendo la misma casa aunque no sea verdad porque ya no la puedo hacer como cuando la estrené. Pero yo soy de bailar lo que me pide el cuerpo y siempre me apetece esta pieza porque es baile nada más, no hay más, no tiene trampa”.

Galván solo. Sólo Galván
Bailar en solitario no es un capricho sino una necesidad para un artista tímido, que asegura no saber relacionarse con otros cuerpos en el escenario. En no pocas ocasiones ha escogido como pareja de baile los objetos. Se bamboleaba con una mecedora en su gran éxito Arena, la pieza sobre la tauromaquia con la que logró, al fin, tardíamente en 2018, conquistar a lo grande Sevilla, su ciudad, reuniendo a 14 mil espectadores en la Plaza de Toros de La Maestranza, todo un hito. Bailó con y dentro de un ataúd, en El final de este estado de cosas (Redux) a sabiendas que, con la manía que todavía le tenían en 2008, le iban a llamar cadáver y a tildar de zombi. Y en su reciente y muy espectacular versión de la ópera Carmen, de Bizet, hizo de Carmen, de Don José, del torero Escamillo y ya de paso, también del toro. Siempre solo y casi siempre bailando de perfil por el miedo a mirar de frente un público que le intimidaba.
A este temor de compartir con otros se debe su reticencia a las sevillanas, ese baile popular de pareja, con el que por fin, a su manera, ha saldado cuentas. “A Sevillanas solteras yo la llamaría baile documental personal”, relataba esta mañana. “Nace de recuerdos, de cuando mi padre me llevaba a los concursos de sevillanas y yo los perdía todos porque no sé bailar con otra persona, porque me daba timidez tocar a otro y lo pasaba mal. Es por eso que nunca he sabido bailarlas. Y eso que en la Feria [de Abril, en Sevilla], el que no sabe bailar, lo mejor que hace son las sevillanas. Pero todos estos recuerdos son un trauma. Mi padre se peleaba con los jurados porque creía que debía ganarlos y a mí lo que me gustaba era ver cómo la bailaban los demás. Ahora, lo que he hecho en Sevillanas solteras es bailarlas pero yo solo, que es como a mí me gusta”.
En 2012 estrenó en el Teatro Real madrileño Lo Real, una superproducción con muchas y grandes bailaoras que abordaba un tema terrible, el exterminio de gitanos por parte de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, pero se trataba de escenas corales intercaladas con solos suyos. No se relacionaba con el resto. Con el tiempo, lo que sí ha hecho es aventurarse con artistas singulares con los que se siente cómodo dentro y fuera del escenario. Es lo más lejos que ha llegado y de estas colaboraciones han salido piezas de mucho interés como RI-TE, con Marlene Monteiro, Mellizo doble, con Niño de Elche, Torobaka con Akram Khan o Israel y Mohamed, junto al exfutbolista del PSG y dramaturgo Mohamed El Khatib.

Bailante que anda
Ésta última, aún activa, tiene gran importancia en lo personal para él, no solamente porque tiene algo de confesional sino porque el fútbol ha sido una forma de vida. Seguidor entusiasta del Betis, llegó a pactar unas claves con el iluminador de uno de sus espectáculos para que le indicara con señas de luz durante la representación cómo iba el partido que se estaba perdiendo por andar bailando. Y es que, antes que bailaor, Israel Galván quería ser futbolista. Su padre lo sabía y ha confesado que cuando era chico le rajaba los balones para que se concentrara en lo que de verdad importaba, ser una estrella del flamenco.
Y lo ha logrado, pero no como los suyos querían. “Aquí se habla mucho de lo puro y yo tengo la sangre sucia”, declaraba en el capítulo que le dedica la estupenda serie Move, de Netflix. “La única forma de sobrevivir bailando era inventarme una manera de bailar en la que pudiera ser yo”. Pero ha sido más que la supervivencia de un artista. Israel Galván rompió las reglas del flamenco y los flamencos. Y abrió una puerta entonces sellada que ha sido cruzada por artistas que hoy son fenómenos de un Nuevo Flamenco, libre y sin condiciones, como el que practican Rocío Molina, Manuel Liñán o Andrés Marín, por citar tres.
Sus padres, avergonzados, casi se infartan cuando subió por primera vez al escenario vestido de mujer, hoy una constante. Los más flamencos insistieron en su máxima: “Lo que hace Galván ni es flamenco ni es ná”. Lo vieron como un gesto queer y no como lo que era, un intento de romper con las estrictas reglas de género en el flamenco. Introdujo los movimientos de cadera y pelvis vedados al hombre y fusionó en su cuerpo lo femenino y lo masculino del baile español. “No quiero ser mujer ni hombre, yo lo que quiero es ser un cuerpo”, dijo en su momento. Su valentía y convicción han hecho posible lo que se pensaba imposible.
Como tantas cosas en su vida, lo de crear obras de flamenco para niños fue casual. “Beatriz de Torres, que entonces dirigía aquí en Madrid La Quinta de los Molinos me invitó a hacer un espectáculo para niños. Yo le dije que no sabía hacer eso y ella me dijo que bailara, que con eso bastaba” relataba divertido esta mañana sobre su propuesta Bailas baby? que ahora regresa a Matadero. “Lo monté y me asusté mucho cuando en la primera función vi que el niño más grande tenía año y medio. Era para bebés… y he notado lo distinto que son como público, si no les gusta, te dan la espalda. A los adultos los puedes engañar pero a los bebés no, son muy libres. Y hay bebés de bebés. Lo he bailado en Ámsterdam y en París, y los bebés parisinos, sin duda, son más profesionales”.
Siendo tan peculiar y tan suyo, cada vez que Israel Galván se reúne con algún medio o periodista, surge la incontestable gran duda sobre qué es lo que hace y cómo se ve a sí mismo. Esta mañana no fue excepción. “Me preguntan si soy bailarín o bailaor, que si sé bailar flamenco… y a todos les digo siempre que yo lo que soy es un bailante que anda”, concluye.




