BOLERO EXCESIVO
La pieza de Ravel es la base de ‘Cion: Requiem of Ravel’s Boléro’, la coreografía que el sudafricano Gregory Maqoma estrenó anoche con su compañía Vuyani, en Teatros del Canal. Por allí estuvimos y así lo vimos…
Texto_OMAR KHAN Fotos_JOHN HOGG
Madrid, 06 de febrero de 2026
En la oscuridad se escucha el llanto desconsolado de una mujer, que resulta estar en una de las tumbas del cementerio. La escena progresivamente se abre a la luz y convierte su llanto en canción desgarrada… lo que sigue es una mezcla de pesar y celebración, a un tiempo, de la muerte y nuestros muertos, en una ceremonia coreográfica de sentido evidentemente cristiano, en la que proliferan las cruces, pero perfectamente reconocible como un contexto africano.
Cion: Requiem of Ravel’s Boléro, que así se llama, es la aportación de Gregory Maqoma, reputado creador de Soweto y director de la compañía Vuyani Dance Theater, al ciclo Mirando a África que adelanta estos días Teatros del Canal, en cuya Sala Roja se vio anoche, con funciones hasta mañana, esta pieza híbrida, en la que convergen la danza con la música en directo, el teatro, y textos recitados y cantados de la novela Cion, de Zakes Mda, escritor que explora la Sudáfrica post-apartheid.
Las danzas, interpretadas por una decena de entregados bailarines, oscilan entre el contemporáneo, las tradicionales africanas, el hip hop y un final de ruidosos zapatos de claqué. Los momentos coreográficos y corales –lo mejor de la velada- se intercalan con secuencias más poéticas o teatrales, con textos recitados a viva voz o muchas veces cantados (merecidas ovaciones anoche al coro de cantantes).

Escenario ruidoso
Poner letra, rebanar e intervenir el Bolero, de Ravel, puede resultar sacrílego para melómanos ortodoxos. No es nuestro caso, pero lo cierto es que a Maqoma no le funciona del todo. Es eficaz al inicio cuando esa base rítmica de percusión incesante del Bolero acompaña las acciones de los bailarines entremezclada con otras músicas. Un poco menos, cuando más tarde las voces tararean a todo pulmón la conocida melodía y para nada, cuando aparece la letra sobre una música demasiado conocida, que no admite, pide ni necesita convertirse en canción. Eso en los aspectos formales. En cuanto a temática, le va mejor lo relacionado con la exploración del duelo (los muertos) y peor en sus intentos de protesta social y denuncia (los vivos).
Lo sonoro, muy relevante en la propuesta, no siempre acierta. Con el sonido tremendamente amplificado y superponiendo a la música y los cantos, constantes seseos, sonidos guturales, gritos, lamentaciones y suspiros por parte de todo el elenco, contribuye a crear un ambiente exacerbado, por momentos muy molesto.
No sabemos cómo fue la primera versión de esta creación de Maqoma, en 2017, cuando fue impulsada por el reputado creador William Kentridge, toda una personalidad en el nuevo teatro africano. Se llamaba entonces Requiem Request y estaba centrada en el cuestionamiento a la partitura de Ravel. La que nos ha llegado anoche, aparece quizá demasiado ampliada, amplificada y contaminada. Son demasiados elementos que alternan sin un orden ni una dramaturgia clara, a pesar de los esfuerzos del magnífico elenco por sostenerla. Resulta fácil perderse y distraerse. Difícil conmoverse. Cada uno de los elementos, visto fuera del contexto, tendría un pasar. Juntos, lanzados como dados de juego de azar sobre el escenario, terminan por aturdir.
A Gregory Maqoma, que se formó en P.A.R.T.S. en Bruselas, le conocíamos por habernos descubierto el pantsula, esa suerte de danza urbana delirante típica de Johannesburgo, cuando montó Via Kanana para el grupo especialista en pantsula Via Katlehong, espectáculo que se vio –y ovacionó- en Madrid, Barcelona y otras ciudades españolas. La energía explosiva, emergencia y virtuosismo de esta danza masculina y urbana le venía mucho mejor a su innegable creatividad que estas formas híbridas y un poco pretenciosas de Cion: Requiem of Ravel’s Boléro.



