bne ritmos 02

40 años en 150 minutos

Un recorrido rápido pero vibrante por lo que ha dado de sí la danza española es lo que presenta Antonio Najarro en la celebración de los 40 años del BNE, en el Teatro La Zarzuela hasta el 23 de diciembre

 

Texto_OMAR KHAN Foto_JESÚS VALLINAS

Madrid, 9 de diciembre de 2018

Hace cuarenta años, cuando fue creado, el Ballet Nacional de España (BNE) tenía entre sus misiones preservar, conservar y difundir el patrimonio de la danza nacional autóctona. Ha cumplido su objetivo, a juzgar por la selección de piezas fundamentales que ha remontado y reunido Antonio Najarro, su actual director artístico, para el espectáculo que celebra las cuatro décadas de continua creación y evolución de la danza nacional en esta compañía única, que merecidamente fue ovacionada anoche en el madrileño Teatro de la Zarzuela.

Elegante y equilibrado, certero en la selección, el espectáculo supone un repaso rápido pero emocionante por el archivo del BNE. Se remonta a obras legendarias de los años cuarenta como ese sorprendentemente contemporáneo y tremendamente virtuoso Zapateao de Sarasate (1946), un solo que creó para sí mismo Antonio Ruiz Soler (conocido como Antonio el bailarín), y que permitió anoche el lucimiento de Francisco Velasco en una interpretación exaltada y precisa que removió la adrenalina en las butacas. Y se llegó hasta hoy, con un estreno absoluto, el solo de inspiración clásica Ìcaro, firmado por Najarro y bailado con una buena dosis de lirismo por Sergio Bernal. Entre medias, cuarenta años de historia que transcurrieron raudos y veloces en 150 minutos.

Presentes en el programa estuvieron los distintos directores artísticos del BNE que, aportando su propia sensibilidad y la de su tiempo, velaron por preservar las tradiciones y al unísono, modelaron nuevas formas y nuevas rutas para la danza española en todas sus vertientes. Antonio Gades, insoslayable, con su gran habilidad para lo dramático, propició la contaminación en la danza española y mirando los modos narrativos del ballet, trajo innovación y espectacularidad. El episodio de las lavanderas, de Fuenteovejuna (1994), la última creación de su corto pero definitivo catálogo, demostró anoche una vez más la fuerza telúrica y el huracán emocional que caracteriza toda su obra. Impecable ejecución por parte del elenco en el que fue, sin equívocos, uno de los momentos más emocionantes de la noche.

Aires nostálgicos

También se reactivó el lirismo bucólico de Pilar López, que supo conectar su danza, con preocupaciones muy marcadas por la estilización, con la emotividad de la música de Rodrigo, ya tremendamente conocido cuando se estrenó su versión bailada del Concierto de Aranjuez, en 1952. La innegable inspiración de Alberto Lorca en el ballet neoclásico de su momento y en la estética escénica de los años ochenta también trajo anoche evocaciones de otros tiempos en la representación de la elegante Ritmos (1984, en la foto), una obra muy colectiva de enorme precisión coral y calculada belleza formal, que acusa en su imponente música los orígenes cinematográficos de José Nieto, su compositor.

Lógicamente, el folclor nacional, tan diversificado, cobró protagonismo en algunos momentos puntuales de la noche. Romance (Galicia) (1996), de Juanjo Linares, un dueto acompañado por músicos autóctonos en directo más el cuerpo de baile, destacó las virtudes de la danza gallega y fue vehículo para el despliegue de la química entre María Fernández y Carlos Sánchez. Virtuosa y emotiva también la primera bailarina del BNE Inmaculada Sánchez, en su cuidada interpretación de Danza IX, un solo de Victoria Eugenia “Betty”, perteneciente al período en que fue codirectora de la agrupación. De José Antonio se seleccionó La leyenda (Soleá) (2002), una obra para varones de enorme fuerza y elegancia.

El espectáculo, que además mostró otras facetas de Antonio Ruiz Soler con sus creaciones Puerta de Tierra (1960), su homenaje a Cádiz, y Eritaña (1960), a partir de la Suite Iberia, de Albéniz, cerró con el brillante segmento final de Sorolla, quizá la obra más importante que ha legado Antonio Najarro al patrimonio del BNE durante su gestión al frente del ente público, en la que materializa su esfuerzo en conseguir llamar la atención y colocar el acento sobre las muchas virtudes de nuestro folclor.

Estrenada en 2013, Sorolla permitió a Najarro crear una producción que realza y pone en valor el folclor nacional, sin violentarlo en ninguno de sus aspectos originales, a través de una inteligente dramaturgia que tiene base sólida en Visión de España, el conjunto de retratos costumbristas de las regiones españolas pintado por Joaquín Sorolla, en 1911. Cada uno de los catorce cuadros da acceso, en el escenario, a una danza regional, en una simbiosis entre danza y pintura que, con dirección escénica de Franco Dragone, supo convertir lo que prometía ser un collage de danzas folclóricas en una propuesta compacta de aire monumental perfectamente en sintonía con el mainstream de la danza más innovadora que se hace y se ve en los escenarios internacionales. Todo un logro que queda ya registrado en los archivos del renovado BNE actual pero también en los pálpitos vanguardistas del incipiente Neofolk, destacada corriente de fusión en nuestros días.

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