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Frida sigue sufriendo

Hasta este jueves podrá verse en la Nave 73 de Madrid la reposición de ‘Frida, pies para que los quiero si tengo alas pa volar’, de Marcela Aguilar

 La danza contemporánea de América Latina aportó, en los años ochenta, un modo escénico que si bien no era del todo auténtico, en tanto que sorbía con avidez de la danza-teatro de Pina Bausch, se mostraba genuinamente latinoamericano. Fue una danza que sirvió a los artistas del continente para hablar de la emergencia de sus situaciones como países, como pueblos, como artistas y de presentar lo autóctono revestido de mainstream internacional. La estética y la puesta en escena quizá hoy hayan quedado obsoletas, acusando en exceso su pertenencia a un momento histórico de la danza continental pero algunas de estas creaciones seguirán vigentes por las emociones que supieron transmitir.

La creadora costarricense Marcela Aguilar es emblemática de este período y su obra Frida, pies para que los quiero si tengo alas pa volar, un fidedigno exponente. Tuvo su estreno –triunfal, hay que reconocer- en Madrid de la mano del coreógrafo mexicano Alberto García, mucho más joven pero heredero confeso de aquella danza y aquellos modos, que la montó para su agrupación El curro DT en 2001. Fue como un estreno, pues se trataba de una revisión del original de 1985 de 15 minutos, alargado ahora por la misma Aguilar a una hora. Hoy, la agrupación la ha retomado y este jueves 25 tendrá su última función en la Nave 73, de Madrid.

La terrible y angustiosa vida de la pintora mexicana Frida Kahlo se materializa en danza de dolor y sufrimiento en los cuerpos de El Curro DT. Muchas fridas en el escenario, casi que una para cada dolor: el dolor físico de la polio, de los accidentes, las operaciones y las amputaciones, y el dolor de un alma en la que no cabe ni un miligramo más de sufrimiento, especialmente por la imposibilidad de estar con el muralista Diego Rivera, al que reconoce como el accidente más catastrófico de su vida y al tiempo, el motivo que la despertaba cada mañana. Aguilar explora estos episodios a fondo, y lo hace a través de códigos culturales de la idiosincrasia mexicana, la disposición para el dolor de su cultura, el regodeo en las penas ahogadas en alcohol tan de allá, el despecho, la rabia, la impotencia, Chavela Vargas, los culebrones...

En la forma, la coreografía sigue atada a la estética de los ochenta. En el fondo no. Porque el dolor y el sufrimiento, que es la savia que le da vida escénica, tristemente nunca dejarán de ser parte de nosotros. En México y en cualquier rinconcito del mundo. Omar Khan

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