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SIEMPRE PARECE MÁS VERDE EL PASTO DEL VECINO 

El Festival de Otoño de Madrid estrenó anoche The Door, que ha creado el sueco Jo Strømgren para el Teatro Nacional de Lituania. Allí estuvimos y esto nos ha perecido…

 

Texto_OMAR KHAN

Madrid, 23 de noviembre de 2019

De la danza nórdica poco conocemos pese a lo vibrante de su escena. En este contexto el coreógrafo y director escénico Jo Strømgren es una estrella del norte aunque sus incursiones por España sean más bien escasas. En 2010 trajo a Madrid a su compañía, la Jo Strømgren Kompani, de Oslo, con La sociedad, aquel montaje delirante de teatro físico, que es su especialidad, que giraba alrededor de una sociedad inventada que veneraba el café hasta que un día se descubre una bolsita de té en el cajón del despacho de su presidente. Ahora, el Festival de Otoño de la capital ha vuelto sobre este curioso, divertido y punzante creador, de quien ha estrenado anoche (con función adicional hoy) en el Teatro Pavón Kamikaze su no menos ingeniosa The Door.

Una vez más inventa un lenguaje hablado de la “familia de los idiomas del este europeo” para ponerlo en boca de los actores-bailarines del Teatro Nacional de Lituania, en un montaje en el que, obviamente, el texto pasa a tener una relevancia secundaria. The Door habla de fronteras, de muros y divisiones, y de la naturaleza humana tan inclinada a husmear en la vida de otros y tener la debilidad de ver siempre más verde el pasto del vecino, en eso que llamamos envidia. Con un puñado de personajes puestos en situaciones límite, crea diferentes gags a manera de viñetas que no siempre mantienen una narrativa lineal ni una lógica clara o comprensible, pero se cuida mucho de marcar diferencias entre lo que ocurre de un lado de la puerta y del otro. Hay en la pieza dos mundos que corren paralelos, un dentro-fuera constante que mantiene a estos seres, como de otro tiempo, ocupadísimos todo el tiempo y en verdadera emergencia, siempre queriendo estar y deseando poderosamente participar de lo que ocurre en el otro lado. Pero una vez cruzada la puerta-frontera, entones algo surge en el otro lado que les hace querer cruzar de nuevo.

Aunque la dinámica termina por hacer previsible la acción y la falta de claridad de algunas situaciones genere confusión y dudas, todo se sostiene desde una brillante puesta en escena, una iluminación muy acertada en sus golpes de efecto (ese incendio, esa ventana celestial del final), unos buenos toques de humor surrealista y un equipo de fantásticos intérpretes, de edades muy contrastadas, que actúan y bailan en un codificado lenguaje corporal que es sello de este coreógrafo noruego que ha sabido recrear un ambiente reconocible como Europa del Este sin aludir directamente a ningún país concreto. Hay mucha gracia y mucho ingenio en esta obra, de la que se pueden sacar muchas lecturas y paralelismos con el efervescente y candente escenario político de la Europa del momento.

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