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PODEROSA GISELLE

El English National Ballet que dirige Tamara Rojo se aventuró a pedirle una Giselle a Akram Khan. El resultado, del todo sorprendente, irrumpe este 10 de octubre en el Teatro Real. Hablamos largamente sobre esta Giselle de nuestro tiempo con el coreógrafo británico y esto es lo que nos ha contado…

 

Texto_BEGOÑA DONAT Fotos_LAURENT LIOTARDO

Madrid, 7 de octubre de 2019

A Akram Khan (Londres, 1974) le estimulan los retos, pero acometer una nueva versión de un puntal del ballet como Giselle ha superado sus propias expectativas. Esta cumbre del Romanticismo es lo más opuesto a un coreógrafo que hunde las raíces de su movimiento en la danza bengalí y en los estilos contemporáneos occidentales. Las divergencias no sólo residen en el etéreo vocabulario físico del ballet blanche, sino también en el carácter delicado, en ocasiones incluso abúlico, de su protagonista, que se da de bruces con la energía percutiva de la que el británico surte a sus bailarinas. Han sido esas contraposiciones, precisamente, las que han nutrido una propuesta oscura, por momentos siniestra, que, desde el respeto, transporta la obra cumbre del clásico a la actualidad con las estrellas del English National Ballet, bajo la dirección artística de Tamara Rojo (que alterna el papel principal con estrellas como Alina Cojocaru o Erina Takashashi) . Su estreno en Madrid, del 10 al 12 de octubre en el Teatro Real se espera con expectación. En abril del próximo año, el colectivo británico la llevará al Teatre El Liceu, de Barcelona. Hablamos con Akram Khan sobre esta creación y esto es lo que nos ha contado.

Cuando Tamara Rojo le propuso montar Giselle, nunca antes había trabajado en un ballet y sólo había visto un montaje de la obra. ¿Se ha sentido superado?

Hay algo en los retos que me hace centrarme. Lo impredecible saca a menudo lo mejor de mí. Y además, Giselle representa bien poco en mi propia historia personal y profesional. Así que no sitúo el ballet en un pedestal, no lo reverencio. Para mí, todos los estilos son igualmente relevantes. No trato la danza clásica de una manera diferente al hip hop, el kathak, el folk… Crecí con tantos referentes distintos, desde Bruce Lee hasta Charles Chaplin, que no he sentido presión, ni me ha generado unas expectativas.

¿Y qué hay de las expectativas del público?

En ese caso, sí, especialmente en Inglaterra, porque Giselle es el ballet más querido. Pero después de haber trabajado con un fenómeno como Sylvie Guillem, es difícil superar ese tope de presión.

¿Dónde reside la fuerza imperecedera de Giselle?

Es icónica porque captura un momento particular en la historia: el periodo romántico. Hay algo muy bello en esa época, pero también muy perturbador. Otra razón de peso es su segundo acto, que apuntaló el uso de las zapatillas de puntas. De hecho, las willis me maravillan, tanto porque flotan, como por su poso espiritual. Siempre me han fascinado los temas sobre la vida y la muerte en mi propio trabajo.

¿Ha tomado como referencia otras propuestas?

Siento un gran respeto por la versión clásica, pero la que me sorprendió y adoro es la de Mats Ek, porque fue muy revolucionaria. Es una obra de arte.

En su relectura la heroína va de pasiva a vigorosa. ¿En qué mujeres ha hallado inspiración?

La Giselle tradicional está marcada por la mirada masculina: las mujeres se muestran frágiles y tímidas. Pero las mujeres junto a las que me he criado no son así para nada. Mi madre es feminista; mi mujer es mi jefa; y mi hija, que sólo tiene seis años, es un volcán, en el buen sentido. Son las tres iguales, mujeres muy poderosas.

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¿Cuánto tiene que ver su Giselle con Tamara Rojo [en la foto]?

He tomado como referencia tanto a Tamara como a Alina (Cojocaru). Tamara es española, es un toro. Y Alina está muy vinculada a la visión clásica, en el sentido de que es muy espiritual, con un poder que emerge de su interior.

Durante un tiempo pensó en cambiar el título y junto al de Giselle, escribir tachado en sangre el nombre de Hilarion. ¿A qué respondió esa idea?

Me prendé de Hilarion porque es muy complejo, está dividido entre su amor por Giselle y su responsabilidad hacia la comunidad. Cuando alguien dice que un personaje es bueno, siempre lo cuestiono, porque son las contradicciones las que conforman la condición humana.

Cuando empezó a trabajar en este proyecto en 2015, las noticias sobre la crisis de los refugiados en Europa le sobrepasaron de tal manera, que decidió que fuera un elemento clave en su versión. ¿Qué siente cuatro años después frente al panorama social y político?

¿Cómo te sientes tú? Imagino que igual que yo: indefenso frente a nuestro destino. Nos estamos adentrando en un momento muy oscuro que entronca con el que vivimos hace, literalmente 100 años. Vivimos una gran crisis humanitaria. Es un momento triste e inquietante. Y me preocupa el futuro de nuestros hijos. Todos vamos a terminar siendo refugiados. Da mucho miedo.

En ese sentido, en la escenografía se ha servido de un gran muro simbólico…

Mi trabajo tiene una cualidad metafórica y ambigua. Odio las exactitudes, cuando la gente es súper clara y juega con el blanco y negro. A mí me gustan las áreas grises. Y busco que los espectadores tengan opiniones diferentes. En esta ocasión, el muro representa muchas cosas, es un símil de la división entre ricos y pobres, entre la vida y la muerte... Tenemos tantos muros hoy en día, tanta xenofobia, que la audiencia extrae diferentes significados.

¿Qué condiciones laborales intenta denunciar con la presencia de fábricas textiles en la trama?

El colapso del edificio Rana Plaza en Bangladesh me dejó muy conmocionado y afectado. Las imágenes me impactaron profundamente. Y no es la única tragedia de estas características en el mundo. Cuando compramos en tiendas como las de la cadena H&M, sólo pensamos en que la ropa sea barata, y no nos paramos a cuestionar el trabajo que subcontratan en fábricas textiles de otros países donde los trabajadores no son tratados con respeto y no reciben un sueldo justo.

Su nueva obra con su compañía, Out witting the Devil, aborda otra situación de inacción de la actualidad, el cambio climático. ¿Cómo ha reflejado su preocupación en la danza?

A través de la historia en sí, que es la de la epopeya de Gilgamesh, donde se cuenta cómo la humanidad destruyó la naturaleza.

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Casualmente, nuestra entrevista coincide con la huelga mundial por el clima. ¿Cree en este tipo de iniciativas?

¡Hay que continuar manifestándose! No debemos estar callados. La generación de mis padres eligió ignorar la realidad, y la nuestra, callar. A través de mi trabajo puedo contribuir, pero lo principal es que dejemos las palabras y pasemos a la acción. Les hemos jodido la vida a nuestros hijos. Y ellos son los que están luchando en las calles por su futuro, en lugar de hacerlo nosotros, que somos los que deberíamos cargar con la responsabilidad.

Declaró que que Xenos sería su último espectáculo en solitario. ¿Mantiene su retirada de los escenarios?

Estoy convencido. Estar solo en el escenario durante 105 minutos a los 45 años, resulta muy intenso. Físicamente es muy exigente.

¿Seguiremos viéndole bailar en piezas de medio o corto formato?

Imagino que en grupo y en piezas cortas. Y danzaré a través de otras personas.

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