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El Royal Ballet celebró por lo alto el 25 aniversario de la muerte de este lord del ballet neoclásico. Revisamos su legado.

La Royal Opera House londinense se entregó el pasado noviembre a rendir homenaje a uno de sus más emblemáticos creadores. Se cumplieron 25 años de la desaparición de Sir Kenneth McMillan (Inglaterra, 1929-1992) y en un gesto sin precedentes, la que fuera su casa, reunió en su escenario a las seis compañías británicas más relevantes interpretando obras de esta celebridad del neoclásico. Participaron el Birmingham Royal Ballet, el English National Ballet, el Scottish Ballet, Yorke Dance Project y por supuesto, el Royal Ballet. La ocasión parece propicia para revisar el legado de esta luminaria, que fuera autor de la muy conmovedora Manon.

La escuela inglesa de ballet, una de las primeras en configurarse en el siglo XX, se caracteriza por su corrección académica y su sobriedad expresiva. Los principios fundamentales, establecidos inicialmente por las visiones de Ninette de Valois y las concreciones de Frederick Ashton, fueron recibidos como valiosa herencia por Kenneth MacMillan elevado representante de una corriente de manifiesta fuerza alternativa, aunque sin contravenir los postulados tradicionales de la danza escénica establecida.

El bailarín británico aportó una fuerte teatralidad al panorama del ballet de su tiempo, sumándose a la vertiente europea del neoclásico que, antes que la abstracción, privilegiaba el sentido dramático del movimiento.

El ballet inglés encontró en MacMillan a un militante ferviente. Formado en la escuela del Sadler´s Wells Theatre e integrante de varios de sus elencos profesionales, arribó a su más alto momento creativo como director artístico y coreógrafo principal del Royal Ballet de Londres.  

Su repertorio coreográfico es vasto -alrededor de cincuenta títulos- en los que buscó abordar una concepción de la danza verídica, en plena sintonía con disimiles y complejas realidades. El mundo alegórico y fantástico de la tradición romántico académica del ballet, lo encaró con indagaciones de situaciones humanas límites.

Desde Sonambulismo (1953), perteneciente a su primera etapa como creador, obra en la que exploró un tema inusitado en el ballet hasta ese momento, y Romeo y Julieta (1965), uno de sus más notables emblemas, estrenado por Margot Fonteyn y Rudolph Nureyev, hasta La Historia de Manon (1974), su gran referente, portador de genuino espíritu romántico que también ofrece violentas connotaciones contemporáneas, el universo de MacMillan fue el de las emociones y los conflictos extremos.

Lynn Seymour y Alessandra Ferri fueron sus más celebradas musas. El Ballet de la Ópera de Berlín, el American Ballet Theatre de Nueva York y el Ballet de Houston lo tuvieron con su director artístico y director asociado. Sir Kenneth MacMillan conoció la plenitud escénica. Falleció tras bastidores de la Real Ópera House, en 1992.

Texto_Carlos Paolillo

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