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Like a rolling stone

30 años en la carretera diría un rockero. Carmen Werner ha celebrado las tres décadas de su agrupación Provisional Danza, emblemática de la danza madrileña, bailando. No podía ser de otra manera.

Es difícil creerle cuando dice: “Si volviera a nacer, no lo haría, esto es una ruina”. En otra vida, pasada o futura, Carmen Werner (Madrid, 1953) también sería coreógrafa y bailarina. Está en su naturaleza, en su ADN. Por la danza y por su danza, ha enfrentado los más duros embates de la vida, sobreviviendo incluso los devastadores años de la crisis. Por mantener su compañía Provisional Danza, que después de 30 años ya no hace honor a ese nombre, ha hecho sacrificios personales. Lo ha dado todo. Siempre con visceralidad. Siempre con emoción y convicción. “En lo espiritual ha sido muy positivo”, subraya. La aventura de una compañía propia la inició con una creación de título premonitorio de su relación con la danza, Esto no tiene arreglo (1987), a la que siguieron Una cuestión en la que no reparamos o Del citoplasma y otros agentes reticulares. “Hoy no las haría así ni utilizaría esas músicas. Hoy me siento madura como creadora, soy más concreta, las cosas fluyen mejor aunque a veces se te atraque una pieza. Y es que tengo más recursos”.

Desde entonces y hasta ahora ha creado más de medio centenar de obras en una carrera compulsiva, marcada por una emergencia creativa y una necesidad imperiosa de estar en el escenario. “Me cuesta más trabajo reponer una obra antigua que montar una nueva”, asegura. De ese arsenal de piezas destaca títulos para ella emblemáticos como El fin del romance, Piel, La mujer invisible o Una mirada sutil.

Obras todas unidas por un mismo impulso, que parece en deuda con la danza teatro alemana en general y el modo escénico de Pina Bausch en particular. “El tema social y las relaciones humanas son motivaciones que se han quedado desde el principio. También esa idea de convivencia entre lo cómico y lo dramático”. Habría que añadir que no pocas veces se cuela su propia vida. Matar el 9 (2006) empezaba con un bailarín solemne que anunciaba su muerte y la pieza, entre delirante y sarcástica, discurría con su cadáver de cuerpo presente haciendo todo tipo de comentarios. De forma más sutil, en su nueva creación aniversario Tiempo de conversación, estrenada el pasado noviembre en la Sala Cuarta Pared de Madrid donde reside, aparece como un intento de mirar atrás. “Sobre la ganancia espiritual de todos estos años he recapacitado en esta pieza, donde está el poso de 30 años de actividad”.

Se manifiesta “muy orgullosa” de la generación de bailarines que han iniciado sus pasos con ella y desde allí han alzado vuelo. “En tercero de carrera me dijo mi profesora: ‘Tú vas a ser una gran maestra’. Y así ha sido. Soy paciente. Cuando un bailarín no entra en un tema determinado no me doy por vencida y busco otra vía, siempre como una colega. Nunca me impongo ni grito porque no todo el mundo aprende igual. Si yo veo la posibilidad en un bailarín puedo ser bastante pesada pero busco la vía porque la gente trae sus propias trabas a superar o asumen los procesos de manera distinta”.

Empujados desde Provisional Danza se han consolidado artistas como Daniel Abreu, que llegó a bailar con ella cuando tenía 22 años; Manuel Rodríguez, hoy destacado intérprete de La Veronal; Igor Calonge que, con su propia compañía en País Vasco, compartió este aniversario con ella programados ambos en Territorio Danza, festival de la Sala Cuarta Pared; Rafael Pardillo y Emilio Urbina, que volaron a Francia y se han convertido en la mano de derecha de la legendaria coreógrafa Jöelle Bouvier; Vicky Pérez, Ricardo Santana, Janet Novás… tantos otros.

A decir de un rockero, Carmen Werner lleva 30 años en la carretera. No para. No descansa. No sabe lo que es eso. Desde 1996 con su participación en el Festival de Manizales, en Colombia, se le abrieron las puertas de América Latina, donde cultiva adeptos. Inicia ahora la conquista de África, debutando este enero en Kinshasa, en el Congo. “Nunca he bailado en África. Creo que tiene que ver con que llevo fatal lo de los insectos y les tengo miedo”. Pero allá que va.

Al año son muchas las producciones que monta. Con los suyos y con otros. “Depende de la demanda. Con la compañía monto al menos una pieza gorda al año. Y luego están los encargos que son muchos, desde los encargos exprés [acaba de estrenar Small Time en Santo Domingo, una pieza que debía montar en apenas 10 días y que se redujo a seis debido a la debacle del huracán Irma] hasta los más largos, de un mes o más”. Y adicionalmente las colaboraciones, que le encantan. Con la compañía de Martin Inthamoussu de Uruguay ha vuelto a hacer alianza en Del amor, la locura y la muerte, un homenaje al escritor Horacio Quiroga, que se vio en Madrid y Montevideo, con un elenco mixto de ambas agrupaciones, y este mes de enero estará en Canarias montando un nuevo dueto con Roberto Torres, después de haber creado para él el solo Para regalo. Así es su vida. De aquí para allá. Like a rolling stone.

Texto_OMAR KHAN

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